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Diciembre 09, 2004
Ignasi Aballí, Lo que queda del día
Reenviamos esta reseña de Mariano NAVARRO de la exposición de Ignasi Aballí, Lo que queda del día en la Galería Elba Benítez de Madrid.
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Dos de diciembre: cuatrocientas noventa palabras, unos tres mil sesenta y ocho caracteres con espacios, treinta y nueve líneas y cinco párrafos. La medida de las cosas es, en cierto modo, una manera de acotar el tiempo. La extensión de este artículo, que habla de la obra reciente de Ignasi Aballí, delimita un período de ocupación: me invade en la misma dimensión en que me entretengo en ella. Procede de una experiencia fría: una detenida observación del transcurrir inmóvil, del soplo del instante sobre la estabilidad de la superficie fotográfica.
El artista escribía hace ahora doce años: “La representación del tiempo y su huella, la manipulación del rastro que éste va dejando sobre todo lo que nos rodea, la simulación del envejecimiento, la inseparable relación entre realidad y apariencia; la posibilidad de modelar el tiempo entendiéndolo como algo corpóreo, y la reconsideración de términos como pasado y futuro, son algunas constantes a partir de las cuales he desarrollado determinados trabajos.”
Tres variantes son las que ahora nos muestra en la exposición que ha titulado, descriptivamente, Un año. Un calendario de meses innominados, en el que los días sin guarismos son la imagen de un hecho sucedido “ayer”, cuya sucesión entremezcla lo banal o curioso con la tragedia humana; un registro del que se desprende –como las hojas que caen– una lectura política de lo cotidiano. La reseña cuantitativa de acontecimientos pasados, reducidos a meros parámetros sin sustancia específica, lo que no me atrevo a denominar como almanaque lingüístico, pero que algo tiene de esto. Y, por último, los restos de un taco, trescientas sesenta y cinco hojas arrugadas y tiradas al suelo, que conforman un bodegón privado de tiempo o una naturaleza muerta del tiempo privado, una vanitas cuyas efímeras riquezas son una fecha concreta, una frase ilegible o el rastro reconstruible de los pasatiempos impresos en sus páginas. “Podemos reconocer fácilmente –proseguía el texto antes citado– los signos del tiempo pasado, e intuir que esos mismos signos se repetirán de forma inalterable. Así pues, una misma imagen puede ser testimonio, a la vez, del pasado y anticipar un previsible futuro. Ningún síntoma, ninguna señal en el presente, que pueda hacernos dudar de lo inalterable de esta sucesión”. Cierra así Aballí una reflexión que suma a otras suyas precedentes que tienen como motivo el acontecer y sus verificaciones. Un suceder que en su propio hecho conoce su razón sustentante y que el artista –cuyo trabajo cuanto más simple y desprendido más inquietante intelectualmente resulta–, expande desde la temporalidad a cierta metafísica del hecho creativo, aquella que, lúcida al paso del tiempo, descree o desconfía de la entidad de sus resultados finales. No olvidemos que es el mismo que titulaba, a principios de este año, su retrospectiva del Museo de Bellas Artes de Santander con una declaración explícita: Nada–para–ver, completada por su introductor, David G. Torres, con otra semejante y hermana, De la importancia de hacer nada.
Enviado el 09 de Diciembre. << Volver a la página principal <<
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