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Julio 28, 2010
La luz inmortal - Pablo Gianera
Originalmente en lanacion.com
El cine nació con la luz. Viene entonces desde el pasado, pero también desde el futuro, y lleva en sí toda la historia. El cine es anterior a cualquier artefacto, anterior en consecuencia a sí mismo. El cosmos es un cine colosal en el que los hechos, los acontecimientos, viajan en la luz a la espera de que alguien los vea. La luz es la historia y la verdad. O, como escribe el alemán Alexander Kluge (Halberstadt, 1932), "la luz no miente".
Tal la pretensión de 120 historias del cine . Aquí, el cine es más y menos que un arte: es una idea, un inmortal "principio cine". Por eso el cine está hecho asimismo de lo que nunca se filmó. "Lo no filmado critica lo filmado", observa el autor en una paradójica y meridiana lección de estética. Un ejemplo son las películas que Fritz Lang, ya ciego, le contó a Jean-Luc Godard y que éste nunca rodó. Otro ejemplo, no menos persuasivo, es el hecho de que varios de los textos de 120 historias del cine suelen ser películas embrionarias y, en ocasiones, precipitados de películas ya existentes. En rigor, no podría imaginarse un libro que coincida tan puntualmente con la condición intelectual de Kluge, a quien podría definirse alternativamente como director de cine, narrador, pensador y productor, además de figura decisiva del llamado Nuevo Cine Alemán, una corriente cocinada al fuego de la nouvelle vague que se extendió hasta la muerte de Rainer Werner Fassbinder, en 1982.
120 historias... no es un libro de cuentos, aunque consta enteramente de relatos; no es un libro de cine, aunque el cine es siempre la excusa; no es un ensayo, aunque en cada texto alienta el capricho y la teoría. Se trata más bien de la obra de un tipo de figura cada vez menos frecuente, tal vez ya casi inexistente: la del artista intelectual o la del intelectual artista. Ambos términos son, en el caso de Kluge, intercambiables.
Pero hay, a pesar de todo, una cronología que va, con distintos grados de invención y de dato cierto, de la Cámara Solar Júpiter al DVD y a YouTube. En el medio, historias como la del primer gran primer plano: The Kiss , con el beso de dos estrellas de Broadway. Al igual que en la mayoría de los textos, Kluge construye un breve diálogo de entonación socrática, una especie de mayéutica defectiva: "-¿El director puede influir en los detalles? -Apenas, sobre todo porque al besar los labios se comportan de modo espontáneo. -¿Y cómo se arma la escena de un beso de Judas? -O ´íntima´ o ´fugaz´. El beso no es más que la señal para que los esbirros sepan a quién atrapar. Es lenguaje, no es un beso". Luego también la gloria y la caída del director Erich von Stroheim y sus películas carísimas, que los estudios pretendieron, ya sin él, abaratar, tentativa en la que consiguieron un fracaso clamoroso porque lo atractivo de ellas era justamente que el público estuviera al corriente del derroche. Sobre todo, "El ocaso de los dioses en Viena. De cómo una documentación fílmica enderezó a Richard Wagner", quizás el más extraordinario de todos los relatos: en mayo de 1945, con la ciudad de Viena virtualmente sitiada, el jefe de distrito y comisario de defensa del Reich ordena una última función de gala de El ocaso de los dioses . Sin embargo, el edificio de la Ópera había quedado calcinado. Se decide entonces hacer una registro que podría luego emitirse por radio; el inconveniente residía en que no había lugar suficiente para ensayar. La orquesta se reparte en varios refugios antiaéreos, por un lado en la Ringstrasse, por el otro en la Kärtnerstrasse. El director dirige los ensayos desde la bodega de una taberna con la ayuda de un teléfono de campaña. Entonces el teniente coronel Gerd Jänicke decide perpetuar la tragedia de la ciudad en un documental con la grabación del último acto de El ocaso de los dioses en semejantes condiciones. Usaron como iluminación los reflectores de la artillería antiaérea. Los tres mil metros de cinta se descubrieron hacia 1991. Se oyen las bombas, las órdenes del director en el teléfono, la música de Wagner y el ruido mismo del motor de la cámara. Anota el autor: "Se trata de una obra visual y sonora del siglo XX única en su género".
En la esclarecedora entrevista que se incluye como apéndice y que le realizó Carla Imbrogno, responsable además de esta impecable edición, Kluge no oculta su deuda con Jürgen Habermas y, en general, con la Escuela de Frankfurt, de cuyo Instituto de Investigación Social fue, en su condición de abogado, síndico: "Soy un seguidor de la teoría crítica y todo lo que hago, mis películas, mis libros, están marcados por ella". La declaración vale en todos los sentidos. De Theodor W. Adorno y de su volumen Minima moralia proviene la forma de 120 historias... , su organización fragmentaria y raramente unívoca. "El ensayo de describir momentos de nuestra común filosofía desde la experiencia subjetiva." Así definía el filósofo su renuncia a la contextura teórica explícita. "Las historias de este libro son subjetivas. En un asunto al que he dedicado gran parte de mi vida, soy parcial", anota Kluge en la nota preliminar. Indudablemente, cuando cuenta por ejemplo del proyecto de Serguéi Eisenstein de filmar El capital de Karl Marx está hablando también de Noticias de la Antigüedad ideológica. Marx-Eisenstein-El capital , su film monumental de casi diez horas. Lo mismo que cuando habla de Los nibelungos , de Lang, y de los problemas mecánicos implicados en la construcción de un dragón. Surge de allí toda una teoría de la verosimilitud: lo real debe preceder aquí a lo irreal. "-¿Es posible expresar eso en una película, expresar ´un peligro nunca visto´? -Fritz Lang dice que no. Que en una película sólo se puede contar acerca de eso. Lo que se vea debe haber sido real antes; de otro modo no llega a convertirse en película."
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Referencia: 120 HISTORIAS DEL CINE, Alexander Kluge, Caja Negra - Trad.: Nicolás Gelormini
Foto: Un cine gigantesco: La Globe Tower, en Coney Island
Enviado el 28 de Julio. << Volver a la página principal << |
