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Julio 09, 2010

Dominó Caníbal - Jesús Andrés

Durham - Lucas - Bruce - Geers

Originalmente en Ceci n'est pas un cahier

domino-canibal-1.jpg Dominó Caníbal es un exhibición artística en la que los participantes no presentan su obra de modo simultáneo sino que lo hacen consecutivamente. En vez de ocupar varios espacios en un corto periodo de tiempo, el lugar es único y el tiempo dilatado. Otra condición de la muestra es que cada artista toma como objeto de trabajo la instalación del anterior. Como en el dominó, caja jugada se añade a la partida tratando de que el resultado global te favorezca. Cada exposición canibaliza la que le antecede.

Jimmie Durham fue el primer participante. Él eligió las fichas. El artista abrió con una jugada maestra. Hizo algo prácticamente imposible en la Sala Verónicas. El espacio dota de aura a todo lo que se inserta en él. La iglesia del antiguo Convento de Verónicas posee ese don. Sin embargo Durham consiguió, como era su intención, que los objetos, colocados como ready-mades, no fueran percibidos como arte, sino como elementos cotidianos. Desactivados. El resultado no fue el esperado. Frente a un objeto cotidiano el espectador de arte se mostró indiferente.

Además, según explicó Cuauhtémoc Medina pasada la primera ronda, Jimmie trató de sugerir el rito del nacimiento de las ciudades según la tradición romana. En torno al cruce de las dos principales vías crecía la ciudad. Durham quizás se excedió en sutileza pues esa referencia era difícil de visualizar y sin ninguna pista de conexión.

El empeño que puso Jimmie en la conversación de la presentación, en no comentar su abstracta construcción, se volvió en su contra. Tras las áridas críticas recibidas, Cuauhtémoc dio las claves de una exposición que era fantástica conceptualmente pero difícilmente comprensible sin la explicación que se negó en el momento oportuno.

Cristina Lucas interfirió el malestar y los prejuicios de la crítica con otra jugada magnífica. Dio de comer a la prensa. Literalmente. Los viejos barriles de petróleo de Durham, fueron recortados y transformados en barbacoas. El rito consistió en procesión, matanza y almuerzo. La prensa mordió el anzuelo. Acudió al ágape, se dejó agasajar. En la filmación y en las fotografías que expuso Lucas se hace evidente que los críticos cayeron en la cuenta de lo ocurrido cuando ya tenían la boca llena. Quizás la crítica institucionalice el arte, pero se alimentan de él. ¿Qué fue antes, la gallina o el huevo? Cristina les recordó que la simbiosis merece más respeto. Y mayor profesionalidad. Por ambas partes.

Cristina Lucas aludió a la mitología. Tras la performance, colocó las parrillas en forma cruz dentro de la sala, señalando su forma. Y los documentos que recogían la comilona fueron colocados como un via crucis. El camino del arte. O el camino de la crítica. Yo me desenvuelvo en ambos. Abran fuego.

El cristianismo es una religión ecléctica. El resurgir de las cenizas, los ciclos de la naturaleza, los mitos atávicos, despiertan de su estado latente bajo la investigación de Lucas.

En la tercera ronda Bruce High Quality Foundation, arrasó con todo. Lo convirtió en asfalto. Trató de borrar la memoria imponiendo un nuevo relato. La narración de un viaje a Murcia, haciendo acopio de material durante el trayecto, es un suceso bello pero ajeno a la partida. Un intertexto extraño. Su atractivo pertenece a otro lugar.

En palabras de Kendell Geers los más jóvenes no supieron entender los conceptos manejados por los dos primeros.

El artista sudafricano, al igual que Cristina Lucas también arranca con una performance.

Ya la hemos relatado aquí. [1]

Geers busca los elementos fundamentales de los ritos en un lugar de culto. Retoma el elemento fuego, pero no para cocinar. No lo usa para transformar la carne real, sino para transmutar el cuerpo en sombras. Su versión moderna es la luz eléctrica. Las luces de la muestra se apagan y encienden alternativamente sin cesar en una lenta cadencia. Ello permite hacerse una idea de cómo fue la performance. Geers amplia el registro de la exposición. Los barriles de petróleo contienen las fuerzas de la naturaleza pero utilizadas de un modo perverso. En un sondeo paralelo, abre la cripta para sentir que otras fuerzas están contenidas en el subsuelo. Esas bolsas de energía son las que le interesan. Allí reposan restos de las monjas. Geers dice que los extraños sucesos que se afirma suceden en la Verónicas, no son obra de ellas sino de algunos antecesores del lugar.

Bajo la mirada de Kendell la toma cenital de la performer en el columpio, proyectada sobre el suelo de la iglesia, profundiza en el espacio. Nos balanceamos con ella sobre siglos de espiritualidad.

Los barriles han sido reconstruidos. Sus partes soldadas de nuevo. Y dispuestos uno sobre otro en forma de columnas. Quizás las columnas romanas que sugería Jimmie.

Kendell, con generosidad, no ha hecho una jugada para sí mismo, sino para todo el proyecto artístico. Las obras de sus predecesores ganan en contenido con la lectura que se nos ofrece ahora. Él, en su singularidad de posiciones opuestas, un blanco en tierra negra, un africano en occidente, respeta los ritos, encuentra las similitudes, rechaza las incoherencias, busca la afirmación de la naturaleza. Explicó en la presentación con el curador Medina y Pedro Ortuño la diferencia entre una máscara en una vitrina en un museo parisino y la misma máscara en funcionamiento en su lugar natural. Kendell haya relaciones entre los clavos de la crucifixión y los que hay en algunas máscaras africanas. Conoce las contaminaciones de las religiones, como unas se mezclan con otras. Como se solapan, se nutren y se vampirizan. La naturaleza siempre como referente.

El asfalto triturado y empacado y los barriles convertidos en columnas, devuelven las cosas a un orden superior. A una mejor comprensión del espacio. A un modo de vivir acorde al entorno.

Los escudos pintados en las paredes, son mandorlas en posición vertical. Son negros. Podemos adorar al petróleo en su lugar natural, la caverna. Fuera de él, como señaló Thomas Pynchon en El arco iris de gravedad, es combustible para todas las guerras y nacionalidades. Los vendedores de oro negro no son racistas, no les importa la procedencia del dinero.

Los escudos están escritos. Para Kendell las palabras son una maldición divina. Para mí, en todo caso son una divina maldición. Seguramente él, amigo del calambur y los juegos léxicos, corrobore la extensión del significado.

Jimmie Durham, de ascendencia cherokee, pintó grafitis y atávicos gestos, conectando la ciudad contemporánea con el pasado colectivo y el suyo individual.

El hombre pintado por Geers con prehistórica intención en el ábside de la sala es una sombra del pasado. Las parrillas en forma de cruz, dispuestas sobre la pintura, nos recuerdan la necesidad del fuego en la creación. La sombra es un recuerdo fugaz. Kendell habla de la memoria.

[1] http://cecinestpasuncahier.blogspot.com/2010/07/domino-canibal-kendel-geers-preludio.html

* Proyectos de Arte Contemporáneo - Murcia
Sala Verónicas Enero-Diciembre 2010

Enviado el 09 de Julio. << Volver a la página principal << | delicious

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