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Mayo 08, 2010
La (súbita) irrupción del objeto - José Sabater de Montfort
-o de cómo el hombre se encuentra –inesperado- un reflejo: su reflejo-
Podríamos, con Habermas, declarar que los frutos de la modernidad aún no han sido cumplidos. Desde luego, según aquí lo entenderemos, es del todo así. Bien, pues si así fuese –declarémoslo-, no tendríamos más opción que aliarnos con los postmodernos, y así con ellos, tendríamos que, finalmente, también darlos por imposibles (no muerta su dialéctica “infantil”, sino por ser en gran medida unos ingenuos agoreros, en el prístino sentido de la irresponsabilidad). Boicoteadores.
Así pues, o vamos a la contra o nos abrazamos a la esperanza, y a las pequeñas certezas (que parecen sernos útiles todavía).
El sueño, la capacidad del sujeto para proyectarse en el futuro como “ser mejorado”, es inviable a corto plazo. Al menos por sentirse amenazado por el otro, el otro que hay en sí. Y aún mejor dicho, a resultas del estado general de cosas, es imposible (pensemos en Bauman y la sociedad “orgánica”). Quizá en este aspecto, ambas posturas encuentren acuerdo. En el fondo, Lyotard, Derrida y Habbermas, no están tan lejos el uno de los otros, ni los otros del uno. Ambos implícitamente descubren que no se ha cumplido el sueño de la razón, que. aunque sea solamente un sueño del lenguaje, una paradoja lingüística, un guiño lúdico del sujeto, queda un hueco por el que colarse.
Pues sí, de suerte que, el método científico todavía nos asiste, y el rigor objetivo, por tanto, nos es suficiente –por ahora- para nuestro propósito. Contamos con la epistemología, el zeitgeist de Hegel.
De ese modo, además, lo único a lo que podríamos agarrarnos sería a una (re) creación del tiempo, del espacio. Mejor dicho, a recuperarlos. ¿Y quién es el único capacitado para tal cometido? El poeta, y utilizo el término poeta en el sentido de Aristóteles, el recreador del mundo. El visionario impredecible y contaminador, en palabras de Platón.
Queda dicho pues, que no podemos finalmente avenirnos ni con los primeros ni con los segundos. Pero que, de otro modo, estamos de acuerdo con los dos: queda un hueco todavía para reconstruir el sueño ilustrado, y, de otro lado, las estrategias nos son propicias. Es esta nuestra postura.
Indaguemos un poco más.
De un lado, no han sido cumplidos los sueños de un mundo mejor, la confianza en el sujeto ha sido resquebrajada, el discurso es intencionado ideológica y económicamente y la filosofía no está libre de sospecha ni de manipulación. Está bien, pero, según entendemos nosotros, la naturaleza sigue ahí. Puede que sea un constructo, pero acaso un noble constructo, necesario para armonizar los fragmentos, o acaso como criterio (bien, convengamos que no es, como ocurre con espacio y tiempo, un concepto a priori, sino una ineludible armonización organizativa, a resultas de la función modificadora del poeta).
Lucien Goldmann hablaba de la autonomía del objeto (devenido en paroxismo de la producción, donde más tarde se hipotetizaría la rebelión del objeto). Habría de venir después Perec y acabar con toda idea –posible- de dominación o subversión del objeto. Se destruye al objeto, la idea de producción como mejora. Es decir, tras ufanarse en taxonomías interminables, Perec se ciñe a Nietzsche y su paradoja: no se puede nombrar lo que no existe. Y entonces hemos de volver a Wittgenstein. Y, seguimos en el principio: todo es un constructo o, simplemente, nada es. O hay lenguaje o es todo silencio. Así, la competencia del lenguaje no es la del escritor (en el sentido bartheano de “impulsador del significante”), sino, como se dijo antes, la del poeta, la del visionario. Pronto devenido en sujeto “doliente”. Y sí, aniquilado. Igual que el objeto. Devenido en materia prima él mismo, llamado a armonizar los contrarios, y los iguales Así, estamos otra vez en el principio. Nada de un principio bíblico en el sentido de Milton, con una gracia que recobrar. No. Superada además la crisis de Dante, el hombre no es nada. Dígamoslo de nuevo: es lenguaje.
Es decir, el lenguaje, que nació para superar la ineficiencia del hombre, nos ha devorado. Todo –parece ser- lenguaje, cultura, por tanto. Todo es, era mejor dicho, un homo significans. Pero ya no.
La duda del referente: infatuación del objeto
La naturaleza, pero no entendida como ese magma positivo de ciencias ciertas, no. La irrupción de una nueva naturaleza no dominada, en letargo. Eso es de lo que vamos a hablar. Cuando se rompe la tensión que designa la metáfora, y no queda más que un objeto al que mirar, cómo, vanidoso, se hace eco de nuestras miradas. De cómo se transforma en un logos estático, en logotipo.
Una grieta en la tierra que aparece y regurgita los materiales puros de su seno. Sí, tal vez lo venga haciendo con menor espectacularidad, pero con firme convicción de sorprendernos, de alertar a nuestra mirada dormida, porque, ¿no será el problema de la mirada, únicamente de la mirada? La misma mirada devenida casi ya en signo social (y ahí la semiología tendría unas cuantas cosas que decir), incapaz de ser sorprendida: pseduoobjetualizada. Nuestra mirada orgullosa ha devenido en vanidad para el objeto, abstruso, ensimismado, en constante afrenta. Constituyéndonos –a fuer de ser mero reflejo- en parte integrante de ese mundo conceptualizado en signos, que ya son formas, llamémosles estándares: y que se han habituado a correlacionarse con funciones específicas. Por tanto, somos precisos espejos (constituidos por el reflejo ajeno) frente a un mundo en constante interacción, pero insorpresivo (al menos signiticativamente). Ya no contemplamos: usamos. Nos vinculamos a base de reflejos interconectados en redes efímeras (por su imperceptible duración) e interesadas (por su propósito mínimo). Y a su vez, somos parte y no parte de ese juego de reflejos. Estamos y no estamos. Es decir, no hay permanencia, el tiempo se repliega y se anula. Del mismo modo a cómo ocurrió atrás con el objeto huido.
Nos hemos acostumbrado a las ciudades de un modo bastante natural. Contra la imagen de correlación que los primeros románticos encontraban en los hechos naturales nosotros hallamos del todo habitual encontrarnos con objetos replicados, copiados, incluso con las copias de nosotros mismos.
Lenguaje reificado (no es esto, en verdad, una vuelta hacia atrás). Qué es entonces la virtualidad sino un lenguaje de segunda mano (un sublenguaje, un lenguaje que, a fin de cuentas necesita de otros lenguajes, y pensamos en lo audiovisual, preferentemente). No es pues, un lenguaje autónomo, arbitrario: puro. No es nada, por tanto, uno más de los reflejos interconectados. O mejor, lo que permite la existencia aparente de esos momentos de realidad.
Lo que parece pues, es que hemos perdido la designación (Benveniste). Es decir la realidad extralinüística. Esa que aquí habremos de defender como “aparición súbita” Y es súbita porque la dábamos por muerta . Siguiendo a Montaigne podemos decir que “sé de lo que huyo pero no sé lo que busco”. Nosotros proponemos huir de ese sublenguaje metonínico y volver a la parte ínfima: a la esencia.
En el interludio, pues, la naturaleza (y entendámosla como una nueva naturaleza) se nos ha aparecido distinta, refulgente y peligrosa. La esencia. A la que somos incapaces todavía de dotar de nombre, pues no es exactamente lo que ya conocemos sino, más bien, algo parecido a lo anterior, pero nuevo. Desmentimos así que el concepto de lo nuevo haya muerto, así como el concepto de historia, así como el concepto de “lo original”. Lo que ocurre es, simplemente que la realidad se ha tornado un signo envuelto en vanidosa inconsciencia (pensemos en Vattimo y su pensiero debole, por ejemplo). El objeto se pierde en la virtualidad de las relaciones sintagmáticas, donde no hay representación sino mera sumisión al dictado, o peor, interrelación (en el puro sentido estructuralista, de praxis, de combinación más o menos maniquista). Así, lo otro es ya parte del ser, lo conforma a fuer de reflejarlo. Pero si se desconecta uno de la red mayor, desaparece. Y es entonces, cuando súbito, aparece el objeto, la materia prima, el mundo, a la que el sujeto se ha desacostumbrado.
Igual que la literatura llama la atención sobre sí misma, es la virtualidad la que llama la atención sobre sí (sobre su propio reflejo de interconexión que toma como base: es una realidad ensimismada, igual que la antigua realidad –la llamamos así para referirnos a lo anterior, la realidad postmoderna).
Por tanto, habría dudas razonables como para decir que se trate de una realidad nueva, una consecuencia, una alternancia a lo sumo. Aquí la consideraremos así: una alternancia ineludible. Ojo, pero necesaria, a fin de cuentas. Pues, de algún modo aún no definido, todo apunta a que signifique una mejora.
Volviendo a Habermas y a los postmodernos, se halla en ambos la necesidad de dar credibilidad a un criterio, a una base. A la esencia última de las cosas. De lo natural. Ese será nuestro criterio.
La metáfora del Parhelio
La acendrada virtualidad no es otra cosa que un periplo que aún vivimos en pequeñas dosis, empero. Podríamos, como se ha sugerido, que se trataría de una posibilidad alternativa. Posibilidad cierta –demostrable-, pero ilusa. La virtualidad es una ilusión, una ilusión cierta, pero así también nos lo parece la realidad misma, un mero objeto de orden instrumental es la virtualidad, algo que usamos, según se ha dicho, que creemos vivir, pero después está –sigue- lo otro.
Utilicemos la metáfora del parhelio para explicarnos.
La tensión de la doble referencialidad de la metáfora ha acabado estallando, con la consecuente huida del objeto. Lo sagrado estaba convenido como directriz para lo cósmico, así lo onírico lo hacía en su telúrica disposición, también. Pero esto ha cambiado, o sea, el hombre se transformó en productor de lo sagrado, a través del signo onírico, o del símbolo, mejor dicho. Relacionando pragmáticamente ambos conceptos se trató de llegar a la imposición de la heurística. Pero, qué se puede hacer con un objeto ensimismado, no es ya objeto, es marca, autoreferencialidad. Se ha roto la doble referencialidad, queda de un lado el lenguaje, de otro lado el objeto. Un objeto sin poder. Y, lo peor, un lenguaje huero, de loca deíctica, caduco de experiencias.
parhelio.
1. m. Meteor. Fenómeno luminoso poco común, que consiste en la aparición simultánea de varias imágenes del Sol reflejadas en las nubes y por lo general dispuestas simétricamente sobre un halo.
Esas “imágenes del sol dispuestas simétricamente”, podrían corresponderse con la virtualidad, que ahora mismo engloba a lo sagrado y lo onírico, encorsetados en la mínima significación. Sólo significante, mejor dicho (el código sémico se ha convertido en un contenido a priori –con mínimas alteraciones que pronto vuelven de nuevo a ese “lenguaje colectivo”-). Y es así el contenido: un contenido seco, envanecido. Irrelevante y transitorio, del modo mismo en que el Sol desborda su reflejo en las nubes. Ese contenido es la prospección virtual del individuo: un amontonamiento convenido de grafías vinculadas y, de normal, superpuestas.
Es el sol (el poeta en el amplio sentido) el que retoma esos reflejos en su seno y los dota de sentido al iluminar de nuevo la tierra, agujereando las nubes y dejando camino libre para la creación nueva de la metáfora. Y es por ello que la naturaleza refulge con el nuevo haz, y es posible la metáfora, pero el hombre no está preparado todavía para comprenderlo, es como ese Adán de J. Sabines que descubre con perplejidad el vientre de Eva. Que le aterra en un primer momento. Pero sobre el que se cuestiona. El vientre estaba ahí, pero es ahora cuando lo contempla, cuando atiende incrédulo a su crecimiento, a su desarrollo.
He ahí la cuestión: es necesaria la guía del poeta para alertar a la mirada dormida que descubre el crecer de la naturaleza. Debe de nuevo el poeta fecundar esa naturaleza envanecida: enfrentarla, como sólo los dioses pueden hacer.
Siguiendo a Humboldt (1991:63) diremos que “esas entidades en cierta modo autónomas” (la luz vibrante que destruye finalmente el parhelio: la idea del poeta) son los únicos resquicios que nos quedan. Las nubes serían el espejo del clasicismo, los rayos la lámpara del romanticismo (Abraham, 1953). Y lo único que devendrá visible y armónico: el desplazamiento metonímico causado por el poeta Esos rayos disímiles pero iguales serían las proyecciones virtuales de nosotros mismos, efímeras, que desaparecen de súbito ante la aparición del sentido y la “visión” que otorga el poeta.
Así, para resumir, y en palabras de Spitzer: “el método es un procedimiento de la mente”. Sin la mente del poeta pues, no queda orden posible. Tampoco cultura, y menos emancipación. En caso contrario, nos aguardan conocidas y vanidosas, las certezas.
Un caso particular: Roman Signer
Signer (Appenzell, Suiza, 1938) se define como “homo faber”, el hombre que crea y que, por tanto, cree poder conocer lo que crea. En su obra “Action with sheets of paper” (1987) rueda en vídeo la explosión de montones de blancas hojas de papel que, por escasos segundos forman una cortina ilusoria, múltiple pero de contornos diferenciables. Una cortina que cubre como un manto un castillo posterior en la imagen, rodeado por un bosque. Es algo parecido a lo que hablábamos del parhelio: un transitorio estado de ilusión perceptiva, virtual. Que parece un paralelo pero acaba convirtiéndose en una cortina de humo, de papel, en un recuerdo de algo incierto pero que, en su momento, nos pareció de incontrovertible realidad. Internet es exactamente eso: una red transparente, de parecer lúcido y claro que, de pronto, desaparece ante nuestros ojos, dejándonos en total desarme frente al mundo natural.
El problema es que, como se ha dicho y como demuestra el vídeo de Signer, cuando lo que se crea es efímero (virtualidad), no queda nada. Más que esa arcana materia de la realidad que habrá, solamente, de rescatar, no sin esfuerzo, el poeta.
Porque luego reaparece el discurso natural, esa construcción larga, trasera al virtualismo con bosque al fondo, que es la misma pero ya no es la misma. Es una nueva realidad confusa, pues aparece determinada por el disuasorio “motif” de esa pretendida realidad nueva, virtual. Y solo el poeta será capaz de alumbrar ese castillo, de dar sentido a ese bosque frondoso y salvaje, desentendiéndose de la ficticia e inmemorable cortina de papel.
La paradoja es que, como dice Kant “El sujeto no podrá ir más allá de sí mismo y encontrará en la naturaleza lo que el mismo ha puesto”. La pregunta es, cuando no hay nada, y algo, la otra desinencia de ese “objeto infatuado”, aparece de súbito, y el sujeto nota algo reflejado en él que le asusta, qué es eso entonces.
Para esto no tenemos respuesta, todavía.
Con Julian Marías (1957) diremos que: “Todo es problemático, y por consiguiente todo está por hacer; pero se sabe –quizá sólo eso-, cómo hay que hacerlo”.
Enviado el 08 de Mayo. << Volver a la página principal << |
