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Mayo 16, 2010
El andamiaje y el privilegiado - Fernando Castro Flórez
Caía la tarde y, cansado tras una reunión de casi diez horas revisando dossiers de toda clase y condición, recibí una llamada de mi mujer que, con un tono de cachondeo inequívoco, me dijo algo lapidario: “Es algo público que tienes muy mal gusto innato. Lo dice Verdú”. La verdad es que acababa de ojear, con inmenso aburrimiento, las páginas de EL PAÍS, y que al ver una fotografía de Richard Serra, flamante premio Príncipe de Asturias, junto a una declaración “cuasi-patriótica” (vale decir un reconocimiento de su “vínculo” español) de este exponente del peso (del poder), renuncié a leer ni una sola línea. Sin embargo, la observación de Manuela me obligó a volver sobre mis pasos para comprobar que, efectivamente, Vicente Verdú escribía mi nombre y apellidos, casi de forma obsesiva, en siete ocasiones en un artículo a cinco columnas. Me hizo mucha gracia, lo confieso, esa comparación en la que mi “antagonista” no sería otro que Francisco Calvo Serraller al que el mediólogo llama, directamente en plan compadre, “Paco”. La cuestión de fondo, transformada en algo absolutamente superficial, es la de una presunta “polémica” en torno a Miquel Barceló, concretamente sobre su exposición en el CaixaForum de Madrid; el detonante es mi artículo sobre esa muestra publicado el 27 de marzo de este mismo año que, según parece, ha tenido una “tácita réplica” de Francisco Calvo Serraller publicada en Babelia el 8 de mayo. Tengo que confesar (me creerá, evidentemente, quien quiera) que desconocía el texto Calvo Serraller cuando leí el de Verdú titulado “Entre el vómito y el voto” (bajo un título que supongo es el de la serie de columnas que hace en el diario de toda su vida: “Corrientes y desahogos”).
En mi casa reinaba un tono de juerga gracias al “desahogo” de Verdú y la observación crucial de que yo “carezco de gusto” o, para simplificar soy el ejemplo perfecto del mal gusto, era asumida en aquel modo althusseriano de la “interpelación ideológica”. Aunque mi hija me pedía que no fuera “un crío” y que no contestara de inmediato, el cuerpo me pedía marcha y así, a pesar de conocer el mecanismo dogmático y endogámico de los periódicos, mandé una notita a la sección de cartas al director en la que comencé agradeciendo a Vicente que me hubiera “alegrado el día”. En última instancia, la única forma razonable de asumir el despropósito irreflexivo e incluso naif de Verdú es el de considerarlo como un chiste patético y no darle ninguna importancia porque, en el plano teórico o de la crítica, no la tiene. Con todo, no me gustaría dejar pasar la ocasión para puntualizar algunas cosas. El texto de este juez que viene a mediar una disputa de críticos comienza con una rudimentaria tonalidad “informativa” (“Hasta el próximo 13 de junio se expone…”) para luego recordarnos que con apenas 25 años fue “el único representante español en la VII Documenta de Kassel (1982) y el único representante español en la LIII Bienal de Venecia (2009)”. Se trata de una incorrección y de un error garrafal (en Kassel no van, afortunadamente, “representantes” de estados ni de comunidades autónomas y en la última Bienal estaban, en la sección general, entre otros, Bestue y Vives mientras Barceló ocupaba el Pabellón Español) pero, sobre todo, son “datos” que solo sirven para amplificar el mito del “artista más importante” del país (sería mejor decir de EL PAÍS) que, como el propio Verdú reconoce, es también el más “mimado”. Una vez establecidas las verdades del barquero se da por sentado que el pintor balear es motivo de envidias tanto por parte de otros artistas cuanto de la crítica que le impide ser “profeta en su tierra”.
El tercer párrafo establece la escena del duelo (no en el sentido freudiano sino del Far West): a un lado de la calle Francisco Calvo Serraller, todo un modelo de reflexión y frialdad, y enfrente un servidor que es el autor de un artículo lacerante, venenoso y populista. Da la impresión que algo decisivo en nuestro antagonismo es la temperatura corporal porque el catedrático escribe “sin sudar” y yo soy un lamentable caso de sujeto acalorado. Es algo irrisorio o incluso ridículo porque podría dar la impresión de que Verdú emplea, como vara de medir y calibrar a los críticos, un termómetro y algún malvado hasta puede imaginar que entre sus múltiples saberes está el de palpar el sobaco de los profesionales en el arte de “hacer croquetas”con los artistas del “club de la ceja”. No puedo pasar por alto que una señal diferencial entre los críticos de la “polémica” es que el veterano “se vale de la mente y de su memoria” mientras que mi tendencia penosa es la de decir lo que me pide “el calor del cuerpo”. Habría sido mejor, para completar el tono escatológico del título de la diatriba, apostillar que lo mío es simplemente “hacer de cuerpo” como decía mi bisabuela o, para no caer en hermetismo, cagarme en lo más sublime. Mi maldad no es, para nada, el fruto razonable de la ignorancia porque también tengo que estar al corriente del “relevante itinerario de Barceló” en el que habría pasado por las mejores galerías y museos del mundo (no habría sido indeseable que se detallara ese currículo apoteósico para comprobar que algo ha sido “hinchado y bien hinchado”). El cerramiento de los méritos incontestables de Barceló, conocidos y asimilados por Calvo Serraller (entre otras cosas porque ha sido mediador nada evanescente de la trayectoria), sería “el privilegiado andamiaje que física y simbólicamente han supuesto sus obras en la catedral de Palma y en la cúpula para la ONU de Ginebra”. Esto ya es demasiado. ¿De qué está hablando Vicente Verdú?¿Delira o sencillamente está de coña y le da todo igual?¿Andamiaje? Privilegiado sin duda. Si desconoce la verdadera polémica de la cúpula de marras y el lodazal posterior en Venecia sería mejor que guardara silencio y no se hiciera el listillo.
La pregunta, a estas alturas, no es si Barceló es un mediocre (algo de lo que estoy convencido) o excelente artista (continuador, aunque solo sea cronológicamente hablando, de Tàpies, Gaudí, Miró, Ribera o hasta de las Cuevas de Altamira), sino tener un poco menos de cinismo de tertuliano para poder entender qué significa este artista en el contexto político contemporáneo. ¿Para qué sirve y a quién sirve Barceló? No he dicho nunca que sea un “sicario” a pesar de que Verdú, con una falta completa de vergüenza, me atribuya esa palabreja que tal vez sea común en su boca o en su comportamiento. Pero lo que si tengo clarísimo es que ha existido y aún se mantiene una “estrategia promocional Barcelo ©” que no he sido el único en describir. Otros teóricos han descrito el caso con mayor rigor y ante todo con la conciencia de que no se trata de que la política, como apunta Verdú (inspector, aparentemente, titulado de residuos nauseabundos, sudores y alcantarillas de la crítica ajena) “lo enmerde” casi todo sino de que aquellos que pretenden sustraer al arte de su dimensión crítica, ideológica o estratégica en realidad suelen ser profesionales conspicuos del pasillo, el vasallaje y el pesebre de la cultura oficial.
Verdú saca, en mitad del camino de su “imparcial” intervención en la “polémica”, una conclusión extraordinaria: la crítica es un don o incluso casi un gen y así “ni las escuelas, ni las clínicas, las drogas o la veteranía logran inculcar el buen gusto en quien no lo tiene”. Es una de las estupideces más grandes que he leído en mucho tiempo. Resulta que “se requiere buen paladar” y hay que tener el talento originario para apreciar los sabores. Ante tamaño desatino no tiene sentido ni recomendar bibliografía para salir de la profunda indocumentación. El guiño al juego de Barthes “sabor/saber” queda auto-ridiculizado aunque sea de forma inconsciente. Para los que piensan que la crítica y el arte es cosa de sabores, paladeos y degustaciones les recomendaría que pasen, cuanto antes mejor, a la sección de gastronomía donde podrán también, dada la incidencia actual de lo “deconstructivo”, quedar desconcertados. Verdú da por sentado que mi “mal humor” (supongo que no soy tan chistoso o raro como él y su amigo del alma) es fruto de mi falla originaria y orgánica. Si llego a saberlo habría renunciado antes de empezar para dejar campo libre a la aristocracia del espíritu. He creído siempre que el trabajo duro y el esfuerzo honesto son cruciales incluso en la cultura y el arte. Según Verdú (depositario del don o del gen de marras) me habría equivocado y, además, mi comportamiento desaforado tan sólo me reportaria penalidades y sudores como los de Adán y Eva tras la expulsión del Paraíso. Es lógico que Vicente Verdú no se guíe por mi escritura vomitiva y sobre todo tras haber disfrutado de la “memorable experiencia” de haber paseado con Calvo Serraller “ante numerosos cuadros”. Espero que no cejen en el empeño de guiarse el uno al otro por la maravillosa exposición de Barceló sin eludir lo que denomina el desahogado comentarista “astracanadas escultóricas”.
Estos maestros del paladar crítico pueden solicitar todos los votos que quieran o también utilizar las páginas de su periódico para lanzarse guiños de complicidad, besitos de cariño y darse recios abrazos tras la comida sabrosa (una paellita de las de Barceló sería oportuna). Entiendo que quiera Verdú apuntalar el andamiaje de la crítica “originaria y orgánica” no vaya a ser que desaparezca eso que en el texto esta entretejido: el privilegio. Entre las dos palabras “vómito” y “voto” hay algo que no está de más: “mi”. Creía, en una primera lectura del exabrupto paladeado por Verdú que estaba hablando, entre otras cosas, de mí. Me equivocaba de plano, el autor de Yo y tú, objetos de lujo (un libro, en mi exaltada opinión, pésimo en el que, en la página 134, sostiene que los saberes han dejado de ser importantes: “el sabor es lo importante”), está preocupado por la decadencia de la crítica y escribe por la herida, reflejándose en el espejo. Hablan de ellos mismos o, mejor, entre ellos. Verdú y su “raro” amigo Paco: goodfellas. Que aproveche.
Posdata mezquina
Razones tendrá Calvo Serraller para andar “a vueltas con Barceló” (así titula su “tácita réplica” a mi comentario envenenado en el ABCD). En su artículo de encendida “defensa” no duda en presentar al pintor como una suerte de profeta injustamente tratado en su tierra. La comparación es facilona a más no poder: estaríamos ante otro “Picasso” al que trataríamos de la peor manera posible. Es fundamental volver a las palabras de Fuchs para aceptar, sin ningún tipo de duda, que Barceló tiene un “prestigio internacional” inmenso. Tan sólo los ignorantes y los mezquinos son incapaces de comprender a Barceló o, peor aún, esos tipejos no llegan a la altura de un creador “maniaco y torrencial”. No cabe duda de que soy uno de los malvados disparatados que han menospreciado a este genio del arte. Mi culpa tiene un castigo garantizado: me queda “mucho trecho de sufrimiento” porque hay Barceló, según apunta entusiasmado Paco (el amigo de Verdú), para rato. Ya pueden poner “peros” los maledicentes porque este maestro de 53 años ya está instalado en “la Historia del Arte”. Así con mayúsculas. Calvo Serraller se pone incluso un poco chulo porque dispone de mil datos objetivos con los que podría abrumarme a mí y mis colegas envidiosos. No es que esté muy dispuesto a recibir lecciones o sopas con onda de alguien que como crítico no me ha merecido nunca ningún respeto. Yo también tengo datos, subjetivos y de otra índole, para componer el retrato de cuerpo entero de uno de los más importantes medradores del arte español de las tres últimas décadas. Porque ni Barceló ni Calvo Serraller pueden, aunque lo pretendan, remedar a Calimero y protestar airadamente porque son “unos incomprendidos”. Han sido profetas y santones en su tierra. Su reino ha sido de este mundo o, por repetir un chiste facilón, esté PAÍS es el suyo. ¿Pretenderán que aceptemos que no pertenecen al clan de las prebendas? Hablo de un artista que no pinta nada de nada en el arte contemporáneo, un fósil de pose “picassiana” que se autorretrata (según parece) como un elefante haciendo el pino con la trompa. Y de un crítico que sabe lo que es asentarse en el Museo del Prado y en otras instituciones donde ha jugado a ser algo así como José Luis Moreno y sus muñecos. Puede tener todos los datos que le de la gana pero lo que no tendrá será aquellos que demuestren que Barceló no ha sido otra cosa que un “niño mimado”, algo que reconoce hasta su “defensor” (el sabrosón Vicente Verdú), que puede disponer de cantidades escandalosas para hacer una cúpula, bóveda o bodrio de tomo y lomo para unos meses después alicatar un Pabellón que no es otra cosa que “territorio español” y regresar “triunfalmente” a Madrid para que todos puedan aplaudir sin rechistar. Es lógico que sigas, con toda “facundia”, a vueltas con el tema porque sin una crítica que haga (empleo palabras tuyas) la justa “cubrición” no se podrá desenmascarar a los mezquinos.
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Referencias:
"El peligroso arte de hacer el pino", Fernando Castro Flórez, ABCD, 28/04/2010.
"A vueltas con Barceló", Francisco Calvo Serraller, Babelia - El País, 08/05/2010.
“Entre el vómito y el voto”, Vicente Verdú, El País, 13/05/2010.
Enviado el 16 de Mayo. << Volver a la página principal << |
