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Abril 18, 2010
La voz del encefalograma - Eloy Fernández Porta
Las melodías, en sordina. Las alegrías, con mesura. La voz, más baja, un instrumento más, casi oculta entre la trama de guitarras. El estribillo, imprevisto, sin énfasis, ya no es la clave de vuelta de la canción, sino su centro desplazado: muy al principio, o a mitad de la prosodia, como si no fuera un estribillo, sino un momento de transición. El verdadero protagonista de la música es el bajo.
Ese estilo es mi código sentimental, o una parte de él: es la estructura emocional que reconozco, cada vez que la oigo, como la expresión veraz y original de la vida interior. No pensaría lo mismo -no sentiría la misma cosa- de haber nacido en otra época: cuando las melodías eran creíbles, cuando constituían la verdad de la música. Pero crecí en unos tiempos, que una vez se llamaron "posmodernos", en que los modos enfáticos y vehementes despertaban más suspicacia que entusiasmo: las melodías puras eran cosa de la Cadena Dial o del kitsch. Esa certidumbre se manifestó en formas musicales donde las melodías, sospechosas o vergonzantes, eran relegadas a un segundo plano: la única balada de un concierto metal, la versión distorsionada de un tema pop, la cara b de un disco experimental.
Esta constante estética, que recorre manifestaciones artísticas muy distintas, es parte del espíritu del cambio de siglo, pero también puede entenderse como la versión actual de un modo particular de manifestar los afectos que existía desde mucho antes. Yo lo llamo "el modo estoico", y consiste en un tono contenido, austero y un poco severo, en el cual, sólo muy de vez en cuando, irrumpe, de manera subrepticia, cuando ya no se lo espera, un signo profundo de exaltación o vehemencia. Como el encefalograma de un moribundo, el modo estoico, aplicado al sonido, es una línea continua de bajo, pautada, de manera ocasional, por picos de sentimiento: tímidas lomas en la meseta de la sobriedad.
El indie español ha producido numerosas voces de encefalograma. Ese recurso, y su credibilidad, es uno de los factores que explican el prestigio de aquellos vocalistas que parecen cantar por debajo del tono requerido, como si hicieran una parodia, más o menos voluntaria, de la sonoridad pop, desde David Rodríguez de Beef hasta Joe Crepúsculo. Y, sobre todo, la voz de Artur Estrada, que contiene todos esos rasgos y los expresa de manera tenue y conmovedora: con ronquera, con fragilidad, con un deje nasal y un lirismo espontáneo e indefinible. Me gusta que cante como si no acabara de sobreponerse a la canción; me gusta que no siempre llegue a la nota y que aparezca la melodía mascullada, entre dientes, como si esas palabras fueran el resultado de una resolución resignada y reciente. En los tiempos de Aina, cuando reinventaron el hardcore nacional, me gustaba la energía contenida y luminosa de canciones como "Two Questions". Hoy, ya en los días de Nueva Vulcano, me gusta la prosodia desmayada y cambiante de "Sagrada familia". Desde hace poco, desde que publicaron su canción "La Ley de Costas", y quizá durante, meses, al ver el mar vuelvo a escuchar el verso "la Ley que ordena las olas", y ese verso pone orden en las aguas y reúne en un instante el rumor de las espumas, y el tiralíneas azul del horizonte, con tajos de vela a lo lejos y, detrás del skyline, una loma discreta pone un acento en la playa.
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Enviado el 18 de Abril. << Volver a la página principal << |
