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Abril 30, 2010

La materia de los signos - Santiago Auserón

Sobre El árbol ausente, Catherine François. Ed. Demipage, Barcelona 2010.

palmer_rhizomes.jpgCatherine François no escribe para contar historias. Aunque se sirva de una forma fragmentaria de relato para describir situaciones cotidianas observadas desde un ángulo extraño, o para refundir leyendas tradicionales, su cometido es bien distinto. Generalmente se mantiene al margen de la necesidad de tramar un argumento, de dotar a un personaje de verosimilitud. Destituida en parte de sus funciones convencionales por los nuevos medios técnicos, la escritura es todavía imprescindible para describir sensaciones que se resisten a ser nombradas, captar ideas en germen que no es posible separar de la experiencia inmediata para establecer una lógica distante. En su nueva marginalidad específica, tiene ante sí el espacio de la conciencia común, un terreno despoblado en el corazón mismo de la ciudad, donde la identidad se sostiene apenas como lugar de paso, visitado por voces y señas de lo ajeno.

Desde La ciudad infinita, Catherine François explora los límites de posibilidad de una escritura y un pensamiento contemporáneos. Leyendo en lo cotidiano como en un libro, yuxtapone fragmentos cosechados al azar, aguardando que entre ellos se insinúe el trazo de una lógica inaudita, para mostrar lo que de otro modo no puede ser dicho. Observa signos mientras camina sin dirección precisa por las calles de una ciudad desconocida, hasta que el ritmo de sus pasos libera el fluir del pensamiento. Despojada de subiectum, u objeto propiamente narrativo, la escritura emerge como medio comparable al espacio urbano, los mecanismos del lenguaje se muestran al desnudo en sus balbuceos, a través de ellos la ciudad deja ver su rostro borroso. Escribir es para Catherine François prestarse al surgimiento de una necesidad irreductible a lo personal, hacer de medium para que la memoria de las palabras dialogue con las sensaciones en un espacio enajenado.

Opuesto en apariencia a lo contemporáneo, Caminos bajo el agua remonta el curso del tiempo, yendo al revés del sol hacia el origen de las leyendas de la antigua China, para demorarse en la contemplación de un discurso distinto al de Occidente. La civilización china, decía Foucault en Las palabras y las cosas, vive «apegada al puro desarrollo de la extensión», hecha de «diques y presas bajo la cara eterna del cielo.» Catherine François maneja en su segundo libro la materia prima de los relatos, que toman de las aguas del Río Amarillo su poder. Entre las primeras disposiciones imperiales sobre el territorio y el ímpetu de las aguas que periódicamente lo desbordan –igual que harán después las hordas nómadas–, se libra una noble e incesante batalla. Dividido el poder de las aguas por los ramales del Gran Canal, convertidos los propios nómadas en dinastía imperial, el caudal amenazador que surca el territorio inmenso de China parece resurgir en el verbo de sus antiguos sabios. Bajo la memoria civilizada hay un lecho turbio cuyo recuerdo se va hundiendo en el Vacío que el taoísta llama Origen y Camino. El pincel del poeta, también calígrafo y pintor, ensaya el trazo virtuoso sin dejar de estar sometido a la acción de impredecibles desvaríos. La tierra, el agua desbordante, la Historia y sus personajes son revividos en el libro como fabulación de signo enteramente opuesto a la lente reductora de lo subjetivo, sin otra intención que la del copista que deja prender en su ánimo el fuego de la tradición para mirarlo con ojos de extranjero. Los antiguos mitos chinos, guardianes de una poesía cruenta, no son rememorados para mostrar la distancia que nos separa de un origen bárbaro y remoto, sino para revivir su cercanía, experimentar la fuerza con que cautivan el pensamiento «desorientado», que se obstina en girar en torno a un hogar abandonado hace tiempo.

Después de ensayar el modo de incorporar la tradición lejana, Catherine François explora en El árbol ausente la memoria propia cual si fuese ajena, evocando escenas de la infancia sin someterlas a recuperación temporal en forma de historia personal. Muy al contrario, se sirve de algunos recuerdos para llevarnos de regreso a un lugar que hubiéramos atravesado con prisa. Sigue el hilo conductor del aprendizaje de los nombres, frente a los que renueva su primera desconfianza. Explorando de nuevo los territorios de la infancia, revela indicios que permanecen apegados a la extensión, a su materialidad sensible, en los aledaños aparentemente anodinos de la periferia urbana, donde el ordenamiento racional encubre, tras el fragor de la actividad motorizada, la experiencia cotidiana de los silencios.

En El árbol ausente los recuerdos de infancia no se recrean en la nostalgia debida al paso del tiempo. La nostalgia es un sentimiento sospechoso, provocado por la inestabilidad del presente que huye. Generalmente los recuerdos de infancia funcionan a la manera de la épica tradicional, aunque en escala subjetiva: remiten a una edad originaria, a un pasado artificialmente «remoto», para disimular inquietudes del presente irresuelto. A veces son recobrados bajo una nueva luz, transformados en obra artística encargada de redimir la inocencia de la edad perdida. El árbol ausente no se propone convertir el pasado en ganancia simbólica, ni pagar tributo a un linaje que pudiera legitimar su escritura, sino que reconstruye el vínculo con el extrañamiento primero, del que la conciencia fue surgiendo como aprendizaje de ausencias que, sin capitalizar certeza alguna, dibuja un arco iris de pensamiento distinto de la subjetividad nostálgica. La memoria personal, habitualmente sujeta al sentido de la flecha del tiempo, orientada (o más bien «occidentalizada», como dice Jean-Luc Nancy en Corpus) desde el punto de vista de su elaboración tardía, es explorada en este libro como espacio reversible, recorrido hacia atrás en busca del lugar donde el adulto que rememora vuelve a aprender de la niña que cuestiona el sentido de las palabras, sopesándolas cual si fuesen augurios a las puertas del porvenir. ¿Cuál es entonces la misión propia de este libro, si en lugar de pretender ensanchar el cauce de la voz propia hasta convertirla en monumento, asiste al alumbramiento en la memoria de los espacios neutros, de las huellas ambiguas y los silencios en suspenso?

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Este texto recoge el segundo capítulo -titulado "Escritura en el límite"- del ensayo La materia de los signos de Santiago Auserón. El ensayo puede descargarse completo aquí.

Enviado el 30 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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