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Abril 30, 2010
La lógica de los números - Javier Montes
Originalmente en | abc.es |
Suele pasar: llega una estadística y su sentido común nos desconcierta. Los números son tan condenadamente sensatos que resultan enigmáticos. Se empeñan en no confirmar nuestros prejuicios y nos suelen pillar desprevenidos. The Art Newspaper acaba de publicar su lista de las exposiciones más visitadas el año pasado en todo el mundo. No se fija en el número total, sino en la media diaria de visitantes: así afina y compensa el juego con ventaja de exposiciones eternizadas en cartel durante meses y meses.
Incluye varias sorpresas para quien se interese por estos temas. Y un primer aviso: aquí se habla de mega-blockbusters de la industria cultural, servidas por museos que ni quieren, ni pueden dar el paso desde el «efecto Beaubourg» (arte=espectáculo=entretenimiento) a lo que José Luis Brea llama «efecto Tate», ése que buscan instituciones que hilan más fino y procuran el más difícil todavía: entretener y a la vez dar al espectador la coartada moral de estar participando en una experiencia crítica o incluso subversiva. La grieta de Doris Salcedo en el suelo de la Sala de Turbinas sería un buen ejemplo: fotogénica y pinturera y a la vez supuestamente «contracultural».
No todavía. Pero esos experimentos cool no atraen millones de visitantes (todavía). Y la lista del Art Newspaper no es teoría institucional hecha carne, sino práctica pura y dura: éste es el mapa de flujos de ese invento imprescindible para la economía mundial que es el turismo cultural.
Y en Japón, claro, entienden de esto más que nadie: allí se inauguraron las cuatro exposiciones más visitadas de 2009 (como el año pasado y el anterior, por cierto). Al eurocéntrico impenitente le sonará a chino, pero el Museo Nacional de Tokio vendió casi un millón de entradas al mostrar Ashura, la estatua medieval de Buda más famosa del país. Y en Nara 15.000 personas diarias visitaron el Museo Nacional durante la semana que duró la exposición anual de piezas del tesoro Shoso-in, normalmente guardadas bajo siete llaves. El tópico de la religión sustituida por el arte y de los museos como catedrales de nuestro tiempo se vuelve allá escalofriantemente literal: mucha gente rezaba delante de las piezas.
Todo ayuda. Pero la mezcla de turismo cultural y peregrinación espiritual en masa no es lo único que causa (o explica) el mareo de cifras. También rozó el millón la selección de pintura barroca del Louvre que se colgó en el Museo Nacional de Tokio. Las salas son enormes, la organización y el marketing impecable, el turismo local súper-potente, la demografía envejecida también ayuda. A los museos y los grandes maestros, como antes a las iglesias, parece que se vuelve con la edad. Y con la crisis muchos prefieren saltarse el viaje a París y esperar a que París viaje hasta ellos.
Los chinos van reemplazando en el extranjero a unos japoneses que recuperan las vacaciones de andar por casa (los americanos, siempre rápidos, ya tienen nombre para eso; el veraneo en el pueblo de la abuela o la piscina municipal, lo de ver musicales y museos en la capital más cercana se llama ahora staycation). Pero Japón, desde luego, todavía se puede permitir grandes presupuestos para sus exposiciones en casa.
Más desconciertos y acertijos (si no son profecías): la primera exposición en Occidente es la quinta en la lista mundial. Y se abrió en un museo dedicado a todo lo que no es Occidente, pero con un montaje a la occidental, dedicado a la fotografía contemporánea.
El Quai Branly de París, plan B de Chirac para su posteridad, intenta renovar la idea del viejo museo etnográfico lleno de polvo y efluvios de colonialismo. Lo consigue sólo a medias, a costa de volverse algo confuso. Pero, en cualquier caso, los 8.000 visitantes diarios de la Segunda Bienal Photoquai la han encontrado más interesante que a Picasso y a Kandinsky, los platos fuertes del Grand Palais y el Pompidou, que vienen inmediatamente después. París mismo, claro, sigue siendo el gran blockbuster mundial del turismo urbano. Y en este caso ha podido más la combinación de un medio cool y accesible como la fotografía, el formato bienal -por lo visto no tan manido para el gran público como para los teóricos que llevan ya años hablando del agotamiento del modelo- y el envoltorio resultón del edificio de Nouvel y sus relamidos jardines verticales, que en España se nos secan, pero allá no fallan.
Fuerte competencia. El MoMA se amplió hace cinco años para reconvertirse en receptáculo del turismo de masas. Sus dos millones y medio de visitantes en 2009 le consiguen un discreto undécimo lugar en la lista de centros más visitados, por detrás de los mega-museos enciclopédicos globales y de los competidores directos en su negociado, la Tate y el Pompidou. Sin embargo, su gran instalación de Pipilotti Rist casi rozó los 400.000 visitantes, que es la primera exposición de un artista contemporáneo en la lista del Art Newspaper. Aquí no hay tanta sorpresa, porque los trabajos de Rist son perfectos para atraer público y atención mediática: resultones, reconocibles y con espectáculo asegurado. Y también hay que decir que su montaje de megapantallas psicodélicas ocupaba todo el hall del MoMA, prácticamente todo el que pisaba el museo acababa viéndolo. El centro consigue además que sus retrospectivas de artistas contemporáneos -Ron Arad, Kippenberger, Marlene Dumas- y monográficas de «clásicos modernos» -Miró, Ensor, Van Gogh- sean las siguientes en la lista de las más visitadas.
¿Qué pasa con españa? España figura con El Prado y Sorolla. Con 450.000 visitantes (casi 5.000 diarios) rompe un récord de diez años gracias al valor infalible de un pintor narrativo, asequible y local. Demuestra (como en general el resto de la lista) que una vez se entra en la carrera por el pico de audiencia, la competencia es dura y no se puede uno desviar mucho de la fórmula magistral (ampliación de espacios + exposiciones/inversiones «seguras» + visión empresarial).
Los museos occidentales abren franquicias allá donde hay dinero nuevo, los países del Golfo se suman a la carrera a golpe de petrodólar, los préstamos de grandes hits de las colecciones públicas más famosas se transforman en alquileres a medida que los presupuestos estatales se recortan. La industria cultural remata su globalización, y la lista de Art Newspaper es útil como foto fija de un proceso cada vez más acelerado. A la crítica institucional no le van a sobrar herramientas como ésta.
Enviado el 30 de Abril. << Volver a la página principal << |
