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Marzo 28, 2010
Historia de un desafuero - Fernando Castro Flórez
Heráclito, no tan oscuro como podría parecer, pensaba que solo sucedía lo peor. Hay, siglos después, razones para el pesimismo, la frustración e incluso tampoco carece de sentido la indignación. No pienso en la sombra alargada del nihilismo ni en la tonalidad apocalíptica que hace que todo esté finiquitado salvo las letanías del propio crepúsculo. Estoy pensando, con evidente pesar, en la nefasta transformación de los planes de estudios universitarios que ha recibido el calificativo de Bolonia. He vivido, como tantos otros, este “proceso” con una mezcla de estupefacción y decepción total. Daba por sentado que se producirían las típicas escenas de mezquindad académica (ese tesón por utilizar las aguas revueltas para pescar a saco o, sencillamente y por expresarme de la forma que me pide el cuerpo, para intentar joder a los demás) pero lo que no esperaba es que se consumaran atentados de carácter descomunal. Los profesionales de los “libros blancos”, los (neo)burócratas que consultan hasta la última coma del Boletín Oficial del Estado (en su versión digital por supuesto) y los politiquillos universitarios (tan nefastos como esos vecinos que buscan como locos la presidencia de la comunidad para tener el mando sobre los cubos de basura) han perpetrado auténticos desbarres y además ponen, a la postre, cara de no haber roto ni un plato. Todo venía de las “alturas” (como si la cosa fuera teológica o estricta verdad revelada), la interlocución (palabra vomitiva donde las haya) tendría que hacerse con agencias como la ANECA (cuya opacidad y tendencia al desafuero es conocida) o sencillamente atenerse a una dinámica que nos iba a “homologar” (vamos adelante con otro término-fetiche) con los europeos.
Poco importa que termináramos por saber que solamente los españolitos, con su habitual complejo de inferioridad, éramos de los pocos que nos apuntábamos al delirio pedagógico orquestado ni que, literalmente, todo se quisiera hacer sin un duro, esto es, cambiando, como manda la sacrosanta costumbre, las asignaturas de nombre para que todo fuera al final lo mismo. Lo malo es que ni siquiera hemos vuelta a estar como estábamos (a la manera de aquel ruego a la “virgencita”) sino que, como he apuntado, se aprovecho la ocasión para arrasar a las áreas de conocimiento minoritarias en ciertas titulaciones, se impuso una tendencia imparable a lo inespecífico y, sobre todo, el hurto adquirió dimensión académica. Todo este espectáculo lamentable fue ejecutado “democráticamente”, esto es, se votó y pasó sin conmiseración el rodillo para que los damnificados no tuvieran otro recurso que el pataleo. La opinión de los alumnos importó un bledo y además, en ciertos casos, los delegados que tenían que representarles tomaron la decisión de sumarse descaradamente a las facciones más reaccionarias con tal de seguir trabajando en ese tajo tan arduo que es el “peloteo”. Me gustaría tener, en esta columna caníbal, un tono mucho más sesudo y sereno pero escribo por la herida y no estoy dispuesto a enmascarar con la pose melancólica la rabia que he experimentado por culpa de estas cuestiones. Hasta llegué a pensar que era el momento de dejar esa Universidad que ya no sentía como la mía pero finalmente tomé en cuenta que en pocos sitios podría seguir disfrutando del placer de hablar de lo que me interesa y además hacerlo frente a gente joven y, en principio, vocacional (ojalá esto no fuera otra cosa que un deseo quimérico).
Cada uno cuenta la feria según le va. En mi caso no puedo sino dar cuenta del atropello. Resulta que en la Universidad Autónoma de Madrid ha desaparecido totalmente la Estética en la titulación de Historia del Arte y ha sufrido una reducción drástica también en Filosofía. ¿Qué sentido tiene, me pregunto sin retórica, que no exista el término “Estética” en una carrera que se ocupa de la historia y la interpretación del arte? ¿Consideran que los alumnos sufren algún perjuicio si estudian a Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Nietzsche o Adorno? Tal vez lo que tienen muchos claro, aunque no tengan el coraje de explicitarlo, es que cualquier hermeneútica o perspectiva crítica es esencialmente “mala” para un historiador del arte “a la antigua”. No se trata de interpretar nada sino de reconocer las imágenes, ni siquiera tiene sentido entregarse a la tarea de la ekfrasis porque la misma descripción requiere de una capacidad analítica que está casi “demonizada”. Se decía ya hace años, como una maldad simpática, que el “diapositivismo” era la enfermedad infantil del historicismo. Tendríamos que corregir esa fórmula porque, en realidad, es la dolencia crónica que además ni siquiera tiene tratamiento dado que los “enfermos” están convencidos de que gozan de una salud de hierro. Han contemplado siempre con desprecio y desazón a los “estetas” que finalmente eran considerados unos intrusos y no han dejado de hostigar, en distintas épocas, a esos frenéticos de la teoría.
He comprobado, durante años de docencia en la titulación de Historia del Arte, que los alumnos apenas leen nada, sin que la responsabilidad sea exclusivamente suya, especialmente cuando sus profesores no recomiendan otra cosa que manuales casposos o esperan que aprendan los apuntes como perfectos papagayos. Por supuesto, todos los debates en torno al final o las transformaciones de la historia del arte, todas las cuestiones relativas a los “estudios visuales” o a los campos más innovadores de investigación estética han sido sistemáticamente esquivadas. Ni siquiera tengo constancia de que conozcan lo que rechazan con tanta saña. Esa beligerancia contra, por emplear términos deleuzianos, “la máquina de interpretar” no impedirá, ciertamente, que los dientes sigan rechinando. Pueden tener embobados (sic) a los alumnos durante el ritual tiempo de la estabulación universitaria pero no pasará mucho tiempo para que, a la intemperie, comprueben que han sido estafados. ¿Qué cualificación tiene un historiador del arte formado o mutilado de semejante manera? Dudo que puedan escribir ni una nota de prensa o una crítica de arte al nivel más ramplón. Estamos en el siglo XXI pero los guardianes de las “esencias” de la Historia del Arte se niegan a salir de la trinchera. Además bastaría con que leyeran algo que les pilla cerca para que comprobaran que no están precisamente en posesión de la verdad absoluta. “No hay historia del arte –escribe Georges Didi-Huberman en La imagen superviviente- sin una filosofía de la historia –aunque sea espontánea, impensada- y sin una cierta elección de modelos temporales; no hay historia del arte sin una filosofía del arte y sin una cierta elección de modelos estéticos”. Es triste que esta declaración sea, para los guardianes de la cripta historiográfica, lo impensable o, para ser más preciso, algo inaceptable. Estamos obligados a tomar una actitud intempestiva, como la que Nietzsche propusiera al pensar el provecho e inconveniente de la historia para la vida. Es una tarea ardua que ahora imagino como si fuera una guerra de guerrillas. Tal vez exagero aunque cada vez que pienso en el programa ortopédico y mutilado que se ha implantado (por atenerme a la verborrea al uso) no dejo de sentir como la sombra de la depresión atenaza mi mente.
Enviado el 28 de Marzo. << Volver a la página principal << |

Comentarios
Quería comentar algo sobre este artículo que, habiendo sido escrito "desde la herida", ha tocado en la mía. Aunque comparto muchas de las apreciaciones del autor, en especial su opinión sobre la problemática de la Historia del Arte, su indignación con el "proceso Bolonia" me suena a consabida. Y es que, además de los alumnos, la oposición a Bolonia ha reunido a muchas voces prestigiosas escandalizadas por la "mutilación" de la formación universitaria, en la misma trinchera que ese otro grupo de profesores, más o menos numerosos, que desde la cómoda poltrona de su funcionariado, ejercen fiera resistencia a cualquier cosa que signifique reciclarse, trabajar, e incluso pensar. Curiosamente, a estos últimos se les oirá igualmente clamar indignados contra la mutilación de la formación académica, el cruel atentado contra la universidad.
Personalmente, me sentiría mucho mejor de saber que Fernando Castro participó activamente en el proceso de reforma de los planes de estudio, y no se limitó, como tantos otros, a observarlo, con "estupefacción y decepción", pero desde fuera. Porque lo que sí sé, por experiencia, es que todo el poder que en la universidad tienen los "neo-burócratas" y los "politiquillos universitarios" se lo han concedido los profesores que son buenos intelectuales y científicos, que van a lo suyo (sus investigaciones, libros, exposiciones, comisariados y demás actividades más o menos remuneradas) dimitiendo de sus otras responsabilidades universitarias para pasar por la facultad sólo para dar clase y, naturalmente, para indignarse por como va todo.
No digo que sea el caso, pero creo que el dibujo de la fauna que malogra la universidad no está completo sin la figura del "prestigiosillo" (por seguir el sarcasmo) que hace bueno el viejo chiste de que aquel indignado que se lamenta "aqui todo el mundo va a lo suyo menos yo, que voy a lo mio".
comentario de: Ramiro Carrillo Fernández enviado el Marzo 29, 2010 05:00 PM
Hace tiempo, al menos desde que el Pisuerga pasa por Bolonia, que todos los males de la universidad española (pasados, presentes o futuros), parecen consecuencia del "proceso". Pero, las cuestiones que afectan a la formación de historiadores del arte, cuya denuncia es a la postre la sustancia del artículo de Fernando Castro, pudiendo ser tremendamente importantes, vienen de más lejos. Si no se aprovechó el reciente cambio de planes de estudio para cambiar efectivamente las cosas, de lo que hay que lamentarse es de que se haya perdido una oportunidad. De eso son responsables quienes hicieron los nuevos planes y, apuntandome a la tesis de Ramiro Carrillo, también quienes dejaron hacer. Lo que más me llama la atención es que gran parte de los problemas que, según apunta Castro, aquejan a la formación de los historiadores del arte podrían solucionarse con Bolonia, al menos tal y como se está planteando aquí: importancia de la formación básica, atención a conocimientos y capacidades transversales, renovación de la metodología docente, posibilidad de evaluación y revisión de los planes de estudio implantados,...
Y recogiendo al tema de las capacidades de los historiadores del arte: ¿es que alguien se dejaría operar por un historiador de la cirugía por mucho que conozca a Hipócrates y a Barnard? Pues con el arte tres cuartos de lo mismo.
comentario de: Ignacio Barcia enviado el Abril 2, 2010 06:34 PM
Me gusta la ferocidad de tus artículos, joven airado. Sigue así, es estimulante.Carmen Cámara.
comentario de: Carmen Cámara enviado el Abril 3, 2010 10:27 PM