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Marzo 18, 2010
(El desierto periférico). Epigenética de la isla - Roc Laseca
“Es el origen, pero el origen segundo. La isla es el mínimo necesario para este nuevo comienzo” G. Deleuze
De la isla recuerdo su rostro ayer en la terraza y su resistencia a ser registrada hasta que cede y reconoce lo inconfesable: “ser desierto en el desierto, y beber de la sed” (H. Mújica, 2002). Y recuerdo también el asombro, ya hace años, que me causaron sus letimes [1]. Tan atónito me sentí al terminar sus abismos que volví a empezarlos para estudiar con supremo detenimiento cómo lo había hecho la isla para construir con tanta ambigüedad y talento su relato de despedidas. En los tiempos que siguieron, fui un lento analista de su temperamento, como años después lo fui del resto de los archipiélagos [2].
Pero quizá ahora –que sigo sin vivir en terra ferma- haya advertido la complejidad de la isla y su hábil –y justamente inquietante- campo intrínseco de narrativas que critican, en sus flujos públicos, las presuposiciones del valor mesiánico de sus protagonistas, de los discursos abiertamente genuinos de sus artistas y de las herramientas que emplean para pujar por una bandera cultural que “legitime” la argumentística que continuamente profieren. Hacer crítica en periferia, he ahí el reto. Decir crítica en periferia, he ahí la constante.
Pero la existencia o no de aparato crítico cultural en la isla (léase las islas y extiéndase por los mares y las periferias) queda inexorablemente trabada con la práctica criticable que acontece en ella. Desde siempre –cuando la modernidad inventó el tiempo ideal y común- los ejercicios artísticos insulares han mantenido una doble resistencia al anhelar una equiparación con los regímenes continentales (aquellos discursos hegemónicos y centristas que anunciaba la Ilustración), toda vez que reclamaban una originalidad practicada por el autoexotismo y el contratiempo acordados por una teleología pactada tácitamente. Con todo, al margen de cualquier exégesis que viniera a plantear el éxito o fracaso de ese contrato transoceánico –que simulaba otorgar un orden de supervivencia compartido entre las partes implicadas-, parece que se obvió la conjugación y capacidad poéticas propia de la isla. Aquí nadie se planteó en ningún momento si, efectivamente, la finalidad de la isla era ésa. De hecho, en última instancia, el destino de la isla parece no consistir en generar y fijar imágenes (códigos certeros de discurso, gesto y visualidad), sino en producir síntomas, fantasmas de posibilidad; en abarcar la latencia irresuelta de la dinámica de las polaridades que la atraviesan.
Algo de ello hemos tenido esta misma semana con la inauguración de la muestra de Juan José Gil en la sala del Cabrera Pinto de La Laguna, cuya pintura se afinca en los volcanes y las carreteras que perfilan el paisaje de las cumbres, orientando espectros insulares que nos persiguen en nuestras pesadillas, y convocando a los fantasmas que le atormentan de la transvanguardia italiana o del neorromanticismo; o en la colectiva curada por Beatriz Lecuona y Óscar Hernández en el Circulo de Bellas Artes de Tenerife, en la que se custodia, entre otros, el registro del “decaimiento” del lienzo Caín y Abel de Tiziano, firmado por la virtualidad de Drago Díaz, formidable ejemplo de esa inhabilidad insular por solidificar y fijar la hermenéutica visual. Sin embargo, que la isla sea incapaz de producir imágenes no debe conducirnos a pensar que carece de imaginario. El imaginario se posee -y esto es extensible a cualquier otro territorio planetario- ordenando los síntomas y administrando los fantasmas.
En contra de lo que pudiera parecer en un primer vistazo, concluir que las fuerzas insulares son bucéfalas para generar imágenes no es para nada un proferimiento radical (y mucho menos moral), sino una sentencia del diagnóstico que atiende no tanto a los modos poéticos del territorio como a sus formas de habitancia. La isla no es el lugar, sino la posibilidad; y en esa desviación virtual que desplaza la tierra y su descreación, los horizontes –sus líneas de luz, su inversión, su “lo que miro nunca es lo que quiero ver” (Lacan, 1964)- dejan de ser el recuerdo para los que olvidan y se tornan en la habitación permanente de los que viven insularmente. Una suerte de desierto periférico –acaso extremo expresivo de la precariedad.
No existe por tanto ni un solo residente que habite en la isla; sólo se puede habitar desde ella, proyectado –y arrojado- continuamente a un juego especular que problematiza el lenguaje y discute las determinaciones genealógicas al extremo de forzar el riesgo de perder los orígenes, atravesándose en las filiaciones y apuntando las singularidades del devenir en esta vida insular que no esencializa y todo lo desemboca –matema del eterno retorno.
“Que una isla esté desierta ha de parecernos algo filosóficamente normal. El hombre no puede vivir, en condiciones de seguridad, más que si se supone acabado (o al menos dominado) el combate entre la tierra y el agua […] Las islas son de antes de los hombres, o para después de ellos”. (Deleuze, 1950s)
Vivir desde la isla, y no en ella, (el agua y la tierra no han llegado a un armisticio) no sólo permite desembocarlo todo, sino también, en su ejercicio de precipitación, permite conectarlo todo. Ya se nos advirtió en su día que la producción de modelos rizomáticos en red era posible sólo en la medida en que carecían de “base territorial estable que implicaría [ésta] un obstáculo que debería ser eliminado para la eficacia de cualquier trama densa de nexos, para que todo fluya” (Bauman, 2000). La isla –fórmula nómada arrojada y que arroja- deviene quizá la expresión más móvil y provisoria de cuantas aspiran a inscribirse en la modernidad. Pero a la isla pertenecen los estocomas y no las epistemologías lumínicas y monofocales que la cámara oscura patrocina bajo su economía ilustrada. Si ella –acaso un barroco despojo terrestre en el mar- es sólo capaz de plantear una morfología espectral (en el curso de la práctica artística), de explorar los entrelazamientos de las retóricas que otros continentales aplican para la generación de narraciones, su sino no parece ningún otro más que examinar la exterioridad de la cosa –exterioridad ella misma.
Adueñada de un lenguaje extrínseco que atiende la gramática circundante del relato –ya no su épica ni su resolución-, la isla está abocada a rastrear la periferia sintáctica tanto en la práctica cultural como en su crítica. Y tal vez ahí venga el movimiento contradictorio más común del archipiélago: abarcar en profundidad el análisis de un ejercicio artístico interesado en su corteza. Nada más ridículo que aplicar lecturas abisales y circunspectas a toda una fórmula de tensiones sintomáticas; absurdo e ineficaz como importar modelos críticos continentales (de coordenadas intensivas) a la isla, cuya voz reclama los vectores extensivos para su supervivencia. Hacer crítica en periferia, es pues, decirla y anunciarla, anteponerla al relato como un metalenguaje, invitarla al tropiezo y a la formulación de enunciados por metátesis. Definitivamente, la isla carece de profundidad e isorritmia. Cualquiera sabe que a poco que escarbe en la isla, sólo hallará agua, base líquida y exterior sobre las que se sustenta el territorio y su discurso. Conectar los exoesqueletos, hacer valer el potencial de la superficie, forzar la vida en la isla como aquello que es: la habitancia en el seno de la metáfora, puede conducirnos a reconocer la epigenética como la forma orgánica de crecimiento insular por vínculos de exterioridades. Ahí está todo, en la hendidura del pliegue del abismo –aquel que surca la orografía de las islas volcánicas-, en la falla del letime y en los límites superficiales. No se trata de banalizar el relato evidenciando su cosmética, sino de advertir el valor del campo de fuerzas exteriores, los fantasmas que atraviesan la cosa y la retórica que posibilita el engranaje perpetuo del anunciar sin decir. Y en su modelo crítico periférico, en el juego decursivo de la metonimia que no encierra imágenes ni relatos –en esa lógica de los significantes-, el síntoma lo es de otro síntoma, la exterioridad de otra exterioridad -y no así de ninguna supuesta cosa interior. Incardinar por cortezas ordena el destino de la isla al tiempo que expresa lo que jamás podrá narrar, perdida y enriquecida en un patíbulo gramatical que hechiza en el proceso continuo e impuro de la promesa.
“Es preciso empezar por la promesa. Ella es la que nos trae al espacio de la pintura, a su idioma. Hay una promesa -¿acaso una promesa de felicidad?- en el aire, y es preciso dar cuenta de ella, de su cumplimiento, de la fortuna de su posteridad –pero también del acto en que ella se hace, se entrega, se otorga.” (J.L. Brea, 2007)
R. (desde la isla)
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[1] Letime: vocablo herreño cuya etimología, se cree, enraíza con “límite”, refiriéndose al abismo del barranco, al propio filo de la nada con el que el insular debe aprender a habitar.
[2] La isla, que sintomatiza y no fija, se permite definirse plegándose en las palabras de Vila-Matas: http://www.elpais.com/articulo/cultura/Torre/Panoramas/elpepicul/20100309elpepicul_9/Tes
Enviado el 18 de Marzo. << Volver a la página principal << |
