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Enero 12, 2010
Lo más parecido al amor - Alessandro Piperno
Originalmente en adn*cultura
Corriere della Sera, 2010
¿Quién es el más rico de nuestros amigos? Ésa era la pregunta que mis padres debían oír una y otra vez de su antipático segundogénito. A pesar del dilapidado empeño en inculcarme la idea de que el dinero no lo era todo, no había para mí nada más emocionante que el espectáculo de la riqueza exhibida. Mi imaginación danzaba en un rosado vértigo de fantasías hollywoodenses. Claro, todo conspiraba contra este pequeño esnob. Época, medio, escuela, amigos...
Pero mírenlos, esos muchachitos que por la mañana desfilan a lo largo de los corredores del decrépito liceo romano, entre bustos neoclásicos y bajo grotescas pinturas hechas por Perin Del Vaga hace cinco siglos. Para vestirlos se han empleado medios superiores al sueldo mensual de nuestros docentes que, precisamente por eso, son despreciados sin piedad.
Quizá aun esta atmósfera viciada no baste para explicar por qué años después, al intentar demostrar como Scott Fitzgerald a su amigo Hemingway la diferencia antropológica de los ricos respecto a todos los demás, sentí el cuerpo invadido por el tierno rubor de la empatía.
Un día volví a casa desesperado y le revelé a mi padre que un amigo -cierto Gabriel T.- me había dicho que su padre (el de Gabriel) ganaba treinta y siete millones por mes (en esa época se hablaba en liras). "¿Por qué treinta y siete?", me preguntó riendo. "¿Cómo puede tu amigo ser tan preciso? ¿Por qué no puede redondear? Mi padre había puesto el dedo en la llaga. En ese circulito no había nadie que estuviese dispuesto a redondear en exceso o por defecto la importancia de las propias fortunas. Una precisión que testimonia hasta qué punto esos retoños se tomaban en serio el dinero, persuadidos de que nada como tener mucho podía servir la causa común, o bien inyectar en el corazón de los otros el veneno de la envidia.
Las muchachas de nuestros amigos
Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho , de Bret Easton Ellis, es un yuppie de Wall Street con la obsesión de las cosas de marca a quien, para desesperarse, le basta ver una tarjeta de visita más hermosa que la suya. Un rabioso espíritu competitivo hace de él uno de los más despiadados y absurdos asesinos seriales de la historia de la literatura. El rival de Bateman se llama Paul Owen. Él es el más envidiado y es también la única persona capaz de hacer que Patrick se sienta incómodo. ¿Hay algo más molesto que estar en el mismo cuarto con la persona que uno más envidia?
Owen pagará con la vida la envidia de Bateman. A mi Gabriele T., en su momento, le fue mucho mejor.
En realidad ni yo ni Gabriele T. ni Patrick Bateman ni el pobre Paul Owen habríamos imaginado nunca ser al mismo tiempo víctimas y carniceros del mecanismo que René Girard definió como el "deseo triangular". ¿Se acuerdan de esas muchachas que en el liceo eran amadas por todos a pesar de que no tenían cualidades muy extraordinarias? Esas criaturitas eran, según la teoría girardiana, beneficiarias del "deseo mimético". Nosotros las amábamos porque las amaba nuestro amigo. Así como nuestro amigo las amaba porque nosotros las amábamos y así sucesivamente. Esa dinámica vale en el amor, por cierto. Pero vale aún más en las relaciones fundadas sobre la envidia. ¿Quizá porque no hay sentimiento más contiguo al amor que la envidia?
Supongamos que envidie a un tipo por su Bentley. Y bien, es inevitable que el paso sucesivo será conferir al propietario del objeto envidiado un prestigio que él, por sí mismo, no se merece. Transfigurarlo hasta el punto de creer que su vida es mucho más feliz que la mía, aunque un análisis atento podría mostrarla tan complicada como la que yo vivo. Es cierto que, en poco tiempo, el envidiado será para mí no menos prestigioso que el coche fuera de serie con el que se pavonea. Ésa es la perversa triangulación del deseo de la que habla Girard: "Sólo el ser que nos impide satisfacer un deseo sugerido por él mismo es verdaderamente objeto de odio". Por eso nos gusta estar con una muchacha que les gusta a nuestros amigos. Pero sobre todo es por eso que nos gustan tanto (¡vamos, no lo nieguen!) las chicas de nuestros amigos.
La envidia explica muchas cosas. Está en el origen de la mayor parte de nuestros comportamientos. En cierto sentido, los plasma. Y si hay algo que no funciona en una sociedad liberal como la nuestra es que ha autorizado en cada uno de sus integrantes la esperanza de mejorar la propia condición, creando una masa de potenciales envidiosos. La razón por la cual la gran novela del siglo XIX está poblada por muchas figuras emblemáticas de arribistas (Julien Sorel, Rastignac, Emma Bovary, Bel Ami) es que se trata del siglo de la burguesía triunfante, de los albores del gran sueño interclasista que producirá un exorbitante número de víctimas.
Para nuestro organismo no hay experiencia más violenta y vertiginosa que la envidia. Denle una ojeada en YouTube al célebre encuentro televisivo entre John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon. Para quien es proclive a la piedad, es un espectáculo penoso. Los rasgos tensos de Nixon. Sus palabras titubeantes. El mentón viscoso de sudor. Está descompuesto por la incomodidad. Todo conspira en contra de él. Ese joven bellísimo, naturalmente elegante, con una fascinación asesina, producto de la mejor burguesía estadounidense es su pesadilla encarnada. Nixon no podía hacer nada. Lo sabe, sufre y no logra esconder el sufrimiento. Pobre Nixon, ¿qué culpa tiene de ser tan torpe y desagradable?
La envidia es un grito de indignación nacido de nuestras vísceras hacia Dios para protestar por la injusticia de la que somos objeto. La forma penosa que toma el deseo frustrado. El emblema de una reiterada impotencia.
Por eso es un impulso tan deshonroso. Porque ninguno de nosotros está dispuesto a admitir que es impotente, que no puede bastarse a sí mismo. Hemos sido educados en la idea de que la virtud consiste en ser felices por aquello que se es y que se tiene (¿cómo dicen los psicólogos de los talk show ? "Sentirse bien consigo mismo").
Sentirse mal consigo mismo
Hace unos años tenía un amigo más bien irónico que cada tanto me pedía: "Por favor, contame una de tus últimas desgracias". Cuando le preguntaba por qué me hacía un pedido tan inoportuno, me respondía: "Me hace bien saber que estás en dificultades". ¿Bromeaba? ¿Lo decía en serio? La Rochefoucauld sostenía que en la fortuna adversa de nuestros mejores amigos hay siempre algo que no nos disgusta. Voy más allá: sucede a menudo que la felicidad de las personas que amamos resulta para nosotros insoportable, insultante. No lo digo sólo yo. La Fedra de Racine grita con toda la fuerza de su garganta cuando descubre que su Hipólito está enamorado de otra (más joven). "No, no soporto una felicidad que me ultraja", grita Fedra, inconsolable. Y es así como funciona. A veces la felicidad de los otros nos resulta tan intolerable que llegamos a desear que sea interrumpida por una desgracia. Es cierto que no todos tienen el carácter fuerte de Fedra. Ni todos están tan desesperados como ella. Sin embargo, la literatura desborda de personajes cuyos destinos están inextricablemente vinculados con la envidia. La primera vez que Emma Bovary comprende hasta qué punto la vida que su marido, Charles Bovary, le ha prometido no está a la altura de sus bovarísticas expectativas, es durante el baile en el castillo de Vaubyessard, cuando entra en contacto con el mundo fabuloso al que querría pertenecer (ese deseo se convertirá en una enfermedad). Pero piensen en la envidia del conde Mosca por la belleza de Fabrizio Del Dongo en La cartuja de Parma . ¿Y qué decir del llameante esnobismo proustiano si no que es la cara presentable y consoladora de la envidia de clase? ¿Y el Gran Gatsby? ¿Y Humboldt? ¿Es la infinita pandilla de los envidiosos?
La información
Alguien podría insinuar que el frenesí del redactor de este texto en exponer a la intemperie a los envidiosos deriva del recuerdo humillante de su adolescencia a la Bret Easton Ellis. Lo que probablemente sea cierto. Por cierto no ha ayudado a su humor el hecho de haber pasado el resto de su vida -o sea la juventud que, por otra parte, está llegando a su fin- en un medio artístico literario. Un ambiente en el que ciertos sentimientos están tan al orden del día que todos pasan el tiempo acusándose recíprocamente de envidiarse los unos a los otros.
En su último libro, George Steiner cuenta la vida de Cecco d´Ascoli, el gran erudito del siglo XIV que, de acuerdo con el mito, estaba lívido de envidia respecto de Dante Alighieri. El comentario de Steiner es apropiado: "¿Qué quiere decir ser un poeta épico con aspiraciones filosóficas cuando se tiene, digamos, de vecino de casa, a alguien como Dante?". Un poco como la leyenda de Salieri y Mozart, que hizo memorable un texto de Pushkin y bastante popular un hermoso film de Milos Forman. No debe de ser agradable pasar a la historia como el emblema mismo de la envidia. Y sin embargo, desde que el mundo es mundo, no hay competición artística (aun las más titánicas) que no esté marcada por el fuego de la envidia. Desde aquella entre Leonardo y Miguel Ángel hasta la de Sartre y Camus.
(Y a propósito de esta última, nadie me quitará de la cabeza que el gran desafío que, a comienzos de la década de 1950, los enfrentó uno contra el otro, más allá de toda consideración ideológica, fue el resultado de una inevitable envidia recíproca, vieja de decenios. Una envidia, por otra parte, en ambos casos, del todo justificada.)
Un caso interesante es el de Kafka. En El otro proceso, Elias Canetti, analizando el espitolario entre Kafka y su prometida Felice Bauer, revela qué espantosa era la envidia que Franz sentía por todos los escritores amados por Felice. El hecho de que ese notorio santito segregase hectolitros de bilis sobre sus competidores más o menos ilustres es algo que da que pensar. Hace nacer la sospecha de que para un artista la envidia es un adminículo del oficio. Y no creo que lo mismo pueda decirse de los abogados o de los agentes de seguro.
Por esto, hoy las cosas son aún más complicadas. La paradoja es que en estos tiempos la crisis de la primacía humanista ha coincidido con una sólida popularidad regalada a algunos escritores. Una actitud historicista me obliga a pensar que hasta la gloria más efímera puede considerarse merecida. Y sin embargo, es difícil encontrar allí afuera a alguien dispuesto a reconocerlo. Es inevitable, por lo tanto, que los escritores famosos sean objeto de envidia, y a su vez sean envidiosos. Todo el sistema conspira para transfigurar sus éxitos no menos que sus fracasos. Los exalta y se burla de ellos. La caída puede ser no menos repentina que el ascenso. Por eso están tan nerviosos, son tan narcisistas, tan frágiles. La información global les tributa los honores que necesitan. El precio que pagan por ese maná es el "presencialismo", el exhibicionismo, un desmedido deseo de expresarse, una no pedida generosidad... Y al final del túnel se encuentran convertidos en víctimas de la envidia de los otros y de las mismas pulsiones envidiosas. El estrés es tal que uno llega a anhelar una retraite digna de Montaigne. Retirarse sí, siempre que uno no sea olvidado. ¡Miren a Salinger: un verdadero profesional de la desaparición!
No por casualidad el libro que, en los últimos años, habló mejor de la envidia se refiere a dos escritores, ni tampoco por casualidad tiene como título La información. La bellísima novela de Martin Amis cuenta la gesta de Richard Teull, fracasado escritor cuarentón que inventa de todo para vengarse del éxito planetario obtenido por su amigo Gwyn Berry. "Cuánto más hermoso era todo en los viejos tiempos, cuando Gwyn era pobre", es uno de los pensamientos más amables que Richard le dedica al amigo. La potencia satírica de Amis sólo secunda a la de Easton Ellis. Y el protagonista es siempre el mismo: la envidia, en su forma patológica.
¿Pero es posible que este sentimiento no tenga ningún aspecto positivo? ¿Que sea inútil como en una época se pensaba de las amígdalas y del apéndice? ¿Es posible que uno no pueda darle un uso constructivo?
Quizá, doy la idea, sería necesario partir de un coming out . ¡Sí, en suma, desahogarse! Está bien, sí, soy envidioso. ¿Qué puedo hacer? Quizá sea el primer paso para hacer de la envidia un instrumento válido de conocimiento.
¿Un ejemplo?
¿El comienzo de una novela abierta por casualidad en una librería te ha irritado? ¿Por tratarse de algo escrito por otro funciona hasta demasiado bien? ¿La envidia te macera? ¿Te maldices por no haber pensado algo semejante? ¿Le imploras a Dios que los lectores no se den cuenta? ¿Confías en el proverbial mal gusto del público? Dale..., al menos has dado con un buen libro. En medio de todo este asco, bueno, ya es algo.
© Corriere della Sera
[Traducción Hugo Beccacece]
Enviado el 12 de Enero. << Volver a la página principal << |
