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Enero 22, 2010

El duelo del tiempo - Jimena Canales

Originalmente en ABC.abcd

Einstein-Albert.jpg El físico alemán Albert Einstein y el filósofo francés Henri Bergson se reunieron el 6 de abril de 1922 para discutir la noción del tiempo. La visita de Einstein a París causó sensación. Su debate con Bergson fue legendario. Poco después del encuentro y, sobre todo, después de la publicación ese mismo año del libro de Bergson sobre la teoría de la relatividad, la mayoría del público ilustrado consideró que el físico había destronado al filósofo; que la física, por fin, había derrotado a la filosofía. Tras aquel día, la topografía intelectual sufrió un cambio brusco. Mientras a principios del siglo se adoraba a Bergson (los rizos de su pelo, guardados en la peluquería cercana a su casa de veraneo en Suiza, eran verdaderas reliquias, y el local, lugar de peregrinación), al final de la centuria este espacio fue ocupado por el cerebro de Einstein conservado en formol.

Las consecuencias inmediatas del debate fueron graves. Cuando la decisión de otorgar el Nobel a Einstein se hizo pública, el fallo admitía que «no era ningún secreto que Bergson había retado la teoría de la relatividad», razón por la cual se prefirió darle el premio sólo por logros que muchos considerarían menos espectaculares.

En directo y a viva voz, en esa primavera parisina, el físico alemán había tenido la osadía de decirle a la hasta entonces autoridad sobre el concepto del tiempo que, precisamente, «el tiempo de los filósofos no existe». Bergson y otras ilustres personalidades reunidas en la Sociedad de Filosofía francesa, que amablemente lo habían invitado, consideraron esta sentencia de Einstein como una ofensa personal.

LA REALIDAD, EN JUEGO
El debate entre ambos llegó a involucrar a grandes pensadores, que tomaron partido. Entre los que entraron en la discusión encontramos a Martin Heidegger, Bertrand Russell, A. N. Whitehead, Arthur Eddington, Jac- ques Maritain, Emile Meyerson, Karl Popper o Gaston Bachelard. En los años sesenta, a Gilles Deleuze. En los ochenta, el físico Alan Sokal y Jean Bricmont, que denunciaron las imposturas intelectuales de la izquierda académica, subieron al ring; todavía hoy, filósofos jóvenes como Frederic Worms y Elie During replantean el debate y sus consecuencias.

Einstein y Bergson pelearon duramente y durante muchos años a través de intermediarios que dedicaron gran parte de sus vidas a defender al uno o al otro. Algunos de los espectadores concluyeron que era una discusión singular y sin precedentes. En los debates científicos no se podía solucionar un problema a partir del conocimiento de los hechos o los resultados de un experimento. ¿Qué estaba en juego? La realidad misma, y también cómo llegar a un acuerdo sobre su naturaleza.

Lo primero que dijo Bergson durante el encuentro con Einstein fue que «había venido para escuchar». Sólo tras la insistencia de los organizadores decidió hablar. Einstein lo hizo en francés, y no muy bueno. En vez de relativité pronunciaba rélativité, y equationes sonaba ékations; una persona del público se burló. Cuando un experto le preguntó qué pensaba de la filosofía de Kant, contestó despectivo: «¿Cuál Kant? Si cada quién interpreta a Kant a su propia manera...».

En Duración y simultaneidad, Bergson delineó argumentos que eran «más einsteinianos que los de monsieur Einstein» y le acusó de disfrazar de física lo que era en verdad metafísica. En el meollo de sus diferencias se discutía la famosa «paradoja de los gemelos», que en su formulación más básica trata de un gemelo que deja a su hermano en tierra para volar por el espacio dentro de un proyectil muy rápido; cuando regresa, su hermano ha envejecido más que él. Sus respectivos relojes marcan diferentes horas y fechas. ¿Cuáles serían las correctas? Ambas, sostenía Einstein. No, diría Lorentz, para quien la cuestión sólo se podría solucionar epistemológicamente, con una buena dosis de filosofía.

WATERLOO CIENTÍFICO
Los debates sobre la unificación de la hora seguían candentes en 1922. Francia aceptó por primera vez en 1911 la referencia horaria del Observatorio Real de Greenwich, en Inglaterra, pero los astrónomos del Observatorio de París se opusieron a la decisión. Cuando Einstein y Bergson se reunieron, los relojes del Observatorio todavía diferían de los del resto de París en nueve minutos y veintiún segundos. Se consideraba que claudicar ante la hora de Greenwich representaba «un Waterloo científico».

Las cuestiones del tiempo se complican cuando se viaja. Los marineros del viaje de Magallanes-Elcano de 1519 a 1522 volvieron a Europa un miércoles, según sus cuidadosas cuentas, mientras para los locales era jueves. Francesco Carletti, un mercader florentino que dio la vuelta al mundo por entonces, imaginó maneras de usar estas distorsiones para pecar sin problemas; por ejemplo, para no tener que ayunar antes de Navidad. En la famosa novela de Julio Verne, citada en el primer trabajo a que dio lugar la «paradoja de los gemelos», Phileas Fogg ganó la apuesta de viajar alrededor del mundo en ochenta días porque viajó en la dirección contraria a la rotación de nuestro planeta, ahorrándose así una jornada entera. Pero estas distorsiones son más extremas si se viaja a velocidades cercanas a la de la luz.

LO MEJOR, SER BREVE
Bergson, en repetidas ocasiones, se negó a admitir que el tiempo se modificaba si se viaja a alta velocidad. Esta negación implicó que le acusaran de haber errado en la interpretación de la teoría de la relatividad. Muchos pensaron que la teoría, las matemáticas y la ciencia misma estaban fuera de su alcance y le sobrepasaban. Corrigió su error en varios apéndices para su libro y en escritos adicionales, pero insistió en que no cambiaba en nada el mensaje esencial de su intervención en el debate: que los relojes servían para llegar a citas importantes, poniendo en juego cosas muy humanas y mundanas; que era necesario ver qué parte de lo que decía Einstein nos afectaba de manera real e inmediata y qué parte no nos incumbía en lo mas mínimo.

Este argumento fue resumido de manera sumaria la tarde misma que lo conoció. Para probar que era más importante pensar el tiempo en relación con las personas conscientes que en relación con las frías y abstractas leyes de la física, Bergson proclamó que se estaba haciendo tarde y que lo mejor para todos era ser breves. No hubo más qué decir.

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