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Diciembre 22, 2009
Gabriel Orozco o los cuerpos del rey - María Virginia Jaua
“Tout raisonement n’est que des-figure”
Anónimo del siglo XXI
Tras leer en fechas recientes los artículos que reproducimos aquí abajo, uno titulado “Orozco, el secreto de su éxito” por Sergio R. Blanco y el otro, “El milagro mexicano” por Estrella de Diego, y la carta que en consecuencia, el artista Gabriel Orozco publicó, hacemos una pequeña lectura y una reflexión acerca del conflicto que parece haberse hecho público.
No se trata aquí de hacer la revisión histórica ni la crítica a un importante conjunto de obra, de un artista que sin duda ha obtenido -y ese es en parte el detonador de la polémica- un reconocimiento que muy pocos artistas en vida, -y a edad tan temprana- han conseguido. Se trata más bien de hacer una pequeña lectura acerca de algunos elementos que se revelan en y con esta polémica.
Resulta un poco decepcionante que un artista con una obra tan contundente y con tantos aciertos en su búsqueda y trayectoria artística se deje arrasar por la pasión y escriba una carta, en la que su interlocutor no son los críticos -que han motivado su cólera- sino su galerista (como si no pudiera dirigir a quien se encarga de vender y colocar la obra en el mercado) sino que en su misiva el mismo artista se hace de vocero y defensor de su propio genio.
También sorprende que teniendo un reconocimiento indiscutible a nivel internacional, se deje llevar por lo que se dice en ambos textos -que quizás de una manera un tanto banal-, pero que en ningún momento ofenden o denigran ni la obra ni la persona de Gabriel Orozco. Y que tenga que ser él mismo quien salga a defender una obra reconocida y legitimada...
Sin duda hay un trabajo de investigación y hay talento en la obra de Orozco, eso no está a discusión pero también es cierto, (esto no lo dicen los autores, lo sugieren acaso) que “la institución arte” se ha vuelto una máquina de crear productos “artísticos” de consumo masivo y viajero, y esto algunas veces no tiene nada que ver con la calidad artística de la obra. Muchos artistas muy buenos se han convertido en “productos” que mueven toda una economía del Arte, al igual que otros mucho menos buenos o con una obra insustancial. En cualquier caso es un hecho evidente que somos testigos de mucho oportunismo y mucha especulación dentro del funcionamiento de los mecanismos de legitimación, economía y consumo del arte.
No se trata aquí tampoco de defender la calidad de los textos de ambos críticos. Sí les reprochamos el no hacer seriamente la crítica de la obra dentro de un contexto mucho más amplio, y a bordarla como un caso único y aislado. Sin embargo, aclaran desde el título que van a hablar acerca del logro del éxito del artista mexicano dentro de una industria cultural a la que da lo mismo exponer una caja de zapatos vacía o un bosque de cerezos en flor: una obra que cante la creación u otra que la deconstruya. Les reprochamos que centren sus textos únicamente en la astucia del artista, y no hagan la lectura de otros casos y de la industria misma en la que se produce el fenómeno.
Por otra parte, es una pena, y resulta muy curioso, que Orozco no haya visto la posibilidad servida en una bandeja para hablar de la obra, y para cuestionarse a sí mismo, desmontando las creencias sobre las que se basan actualmente los engranajes de la industria artística, y que de su reacción epistolar sólo se deduzca que de lo único que realmente puede y le interesa hablar es de la construcción del éxito, de cómo un artista improbable, proveniente de una ciudad costera y olvidada en un país de por sí ya en los márgenes entre la civilización y la barbarie tuvo el talento personal para lograr el éxito y no de la obra, y de lo que ésta habla y dice a su época.
La autodefenza que hace Orozco de su trayectoria lo deja un poco en evidencia, y creyendo que muestra su fuerza, revela su flaqueza. Lo más lamentable es que no parece darse cuenta, pues de lo contrario habría guardado silencio o habría dicho otra cosa: que el arte está en otra parte... y nos lo habría demostrado...
Pareciera que en el fondo le complace que sólo se hable de éxito y de carrera ascendente (y que este es el tema que más le concierne) pero lo que le disgusta es que cuando hablan de ello no se afirme que sólo se lo debe a su talento, y no a un sistema que funciona igual de bien con otros artistas más y/o menos talentosos que él. Quizás por eso tras un arranque en el que sólo se traiciona a sí mismo con una reacción absolutamente desmedida en contra de los autores, asegura su independencia artística y la pureza de su trabajo. Pero sus palabras no convencen... en otro diario (La Jornada) habla acerca de la pieza de “Mobile matrix” (en la que se reconstruye el esqueleto de una ballena gris, especie endémica del Pacífico), hecha para la Biblioteca Vasconcelos (recordemos que esta pieza es la cereza que corona el pastel fracasado de los seis años de política cultural del gobierno de Vicente Fox, que de manera vergonzosa absorbió el presupuesto para la cultura y para las bibliotecas del país (y el artista se empeña en decir que él no ha recibido nada de México); sin embargo, se jacta sin pudor alguno de su pieza, y ostenta la incuestionable “visibilidad” que va a tener en el hall del MoMA, porque finalmente “la van a poder ver millones de personas”, pero no alude a los millones de mexicanos que pagaron por ella y que no van a la biblioteca por una sencilla razón: es una biblioteca sin libros.
Parece absolutamente increíble que Orozco mismo no se de cuenta de lo que se revela en sus palabras.
Los argumentos del artista, son los del publicista más agresivo: el que se vende a sí mismo y compite con otros en quién hace la mejor campaña. Porque vamos a decirlo claramente, en ningún momento se ve una intención de elevar el nivel de la crítica, que la reconduzca a un análisis sobre el trabajo del artista, el trabajo en y desde el arte, temas que asegura le importan. Sino que al contrario, con una arrogancia sin límites escribe esa carta para por un lado, mandar un mensaje a los galeristas que él mismo ha creado y por el otro, descalificar a los autores que han hecho una lectura de su trabajo, con todas las limitaciones faltas o fallos que puedan tener y hacerles a todos un escarnio público. Lo cual demuestra que sólo espera elogios y que no está preparado para recibir una pequeña crítica sin importar el nivel; él mismo se lamenta del estado actual de la crítica pero con su reacción no rinde tributo a otros artistas que han tenido acaloradas discusiones, y que han llevado el debate artístico al terreno de la creación de pensamiento.
Como en el ajedrez había muchas posibilidades de mover... porqué escoger la menos creativa, la más vulgar, la menos interesante.
Parafraseando a Pierre Michon, un rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno que la obra eleva al trono y es sagrado y que llamamos de manera arbitraria, Marcel Duchamp o Joseph Beuys, pero también, hay un cuerpo mortal que se desgasta, envejece, muere y se convierte en nada, que se llama simplemente Marcel Duchamp o Joseph Beuys; durante el tiempo en que ambos coinciden en vida pueden llevar o no un sombrero de fieltro o sentarse erguido como un rey y encarnar en el gesto al arte mismo: “son el arte encarnados”.
Creemos que Gabriel Orozco es un gran artista y no cuestionamos el reconocimiento a su obra que sin duda es una de las más potentes de Latinoamérica. Sin embargo, en este cuerpo todavía no parecen ponerse de acuerdo lo terreno y lo divino. Hasta ahora solo vemos un cuerpo arrastrado y arrasado por las pasiones y que parece haber olvidado la verdadera enseñanza de los “grandes maestros” a los que a menudo cita:
Saber de manera íntima y profunda que el trono y el palacio son de mentira, así como los súbditos... que nada de eso existe o que si existe, es irrelevante. El saber que el verdadero reino, en este caso el arte está en otro lugar, probablemente en una meseta desierta olvidada en medio del vacío: en cualquier silla que mire al mar o a una ventana que da a una pared blanca...
El rostro del verdadero rey (ese que esperamos ver emerger en Orozco) mueve una pieza de ajedrez con sabiduría, se ríe de todo (pero sobre todo de sí mismo) a solas, en secreto y sin testigos. El verdadero rey sabe que con cada obra, con cada gesto, con cada palabra cuestiona su propia legitimidad y su propia razón de ser, o más bien sabe de la inutilidad de Todo: de las palabras y de la obra. Sabe que el cuerpo inmanente del arte tampoco sobrevive, y si tiene alguna misión es la de desaparecer.
Enviado el 22 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
