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Noviembre 11, 2009
La obscenidad de la opulencia - Juan Antonio Álvarez Reyes
Originalmente en | abc.es | ABCD
Con la que está cayendo, éste no parece ser el momento más apropiado para lanzarse a reivindicaciones forzadas de consumismo o para cualquier tipo de celebración respecto al capitalismo. Es como si a la exposición Pop Life, la única de las tres que realmente se propone tal cosa, le hubiese pillado la crisis no sólo con el pie cambiado, sino con toda la artillería apuntando hacia el lugar equivocado, lo que provoca fuego amigo. De hecho, puede llegar a ser una muestra irritante, no tanto por su inconsistencia política y artística fácilmente asumible por el neoconservadurismo, sino por ser completamente errónea en sus planteamientos y en el momento escogido para escenificarlos.
La culpa es de la Tate.
De esto último, la culpa no es sólo de los comisarios -que explican empezaron el proyecto hace unos cinco años, momento álgido del capitalismo-, sino del museo y su dirección, lanzados a una loca política de atracción de visitantes a cualquier precio y a otra de contención del gasto, que ha empezado por suprimir los folletos para el público, avocado a carecer de la más mínima información, o bien a consumir audioguías o un libro con lo que antes contenían esos folletos.
La Tate está tratando al público como consumidor, algo en consonancia con lo que plantea Pop Life. De hecho, si anteriormente había cierta confusión sobre dónde terminaban las exposiciones y dónde comenzaban la tienda y la cafetería, ahora, con esta muestra, la tienda ha entrado literalmente en los espacios expositivos con la reconstrucción de la boutique de Keith Haring en Nueva York, en la que se pueden comprar diversos objetos de merchandising.
Sin embargo, ésta es sobre todo una exposición que busca causar impacto para atraer a más consumidores. Y para ello recurre a los elementos más burdos y con los que -sobre todo con el público británico- no se suele fallar: una generosa combinación de sexo, fama y escándalo de cualquier tipo, por nimio que sea. El interés final no será otro que saber cuánto se ha consumido en la muestra y el número de visitas logrado.
Un error de base.
Hay, además, un asunto de análisis completamente erróneo referido al capitalismo y la revolución de la nueva economía, aquélla que ha llevado a Jeremy Rifkin a señalar un nuevo tiempo que él denomina como «la era del acceso». Así, el énfasis en el consumismo casi objetual que se realiza en la muestra parece que poco tiene que ver con una prospección de presente y futuro que tiende al consumo de lo inmaterial y a la mercantilización de las relaciones humanas. Aunque, en referencia a esto último -por lo escabroso y llamativo-, sí se hace hincapié en las relaciones sexuales. Pero, al respecto, no es sólo que se banalice con ello, sino que se desvirtúa, por ejemplo, una obra tan demoledora como la de Andrea Fraser, con toda su potencia enfocada aquí sólo hacia lo escandaloso.
Por suerte, justo enfrente de esta exposición, se encuentra otra de naturaleza completamente distinta, aunque con posibles nexos, que no sólo rebaja la irritante obscenidad de la opulencia, sino que también reconcilia al público con el trabajo curatorial y museístico bien hecho. La retrospectiva dedicada a Baldessari no sólo está seriamente concebida, bien seleccionadas las obras y muy correctamente montada, sino que, comparativamente, nos propone el criticismo frente a la seducción.
Con sus pasos bien medidos, la muestra basa su éxito en una correcta proporción de épocas que se materializa casi en una equidad entre el periodo más conocido de Baldessari, el más reciente de las últimas décadas -y que es el que enlazaría con la cultura popular, sobre todo a partir del análisis icónico del cine-, con otras épocas en las que se investiga desde una postura crítica e irónica la propia tradición artística y se adentra en terrenos más o menos clásicos del arte conceptual. También en la exposición se explica muy clarificadoramente mediante las obras esos pasos y transiciones.
El apartado más decisivo. Por su parte, la retrospectiva dedicada a Ed Ruscha en la Hayward Gallery se centra sólo en su apartado pictórico, el más decisivo de su trayectoria. Sin embargo, pese a ser un paseo por toda su producción de cuadros, la selección se ha realizado de una manera un tanto acartonada, lo que hace que el resultado de la muestra no esté bien logrado y resulte repetitivo y falto de interés, lo que repercute negativamente en la apreciación crítica del artista.
Comparativamente, las tres exposiciones londinenses, que giran alrededor de la cultura pop, señalan más el fin de una época que un revival. La obscenidad de Pop Life aquí y ahora no está, por supuesto, en el sexo explícito que hay en ella -frente a otros museos madrileños, tan pacatos ellos-. Su obscenidad está más bien en su inconveniencia, en la opulencia agresiva que exhibe en estos tiempos tan duros o, por ejemplo, en el desparpajo de una de sus comisarias que considera que Murakami es «un artista político» -lo es, pero de un signo radicalmente opuesto al que señala-. Menos mal que el antídoto está justo en frente, en la seria y bien lograda retrospectiva de Baldessari. El museo, la Tate Modern, en su loca carrera por convertirnos a todos en consumidores, nos propone, una cosa y la contraria sin rubor.
Enviado el 11 de Noviembre. << Volver a la página principal << |
