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Octubre 24, 2009

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche - Ignacio Castro Rey

Franz Overbeck, Errata naturae, 2009

overbfi_kl.jpg Si la tristeza es una enfermedad, la humanidad es una enfermedad. ¿Sabían esto los amigos de Nietzsche? En caso contrario, él estaba condenado de antemano, por mucho que se dijera a sí mismo “Debo ser un ángel si quiero vivir” (pág. 27). Aunque intentara compensar el crimen de pensar así con la beatitud de ser cualquiera, estaba destinado a ser elegido para ser ejecutado por la sociedad.

Confeccionado con el material que el discípulo del teólogo Overbeck, Carl A. Bernoulli, encuentra en los escritos póstumos de su maestro y publica en dos números de la revista Die Neue Rundschau, en 1906, este precioso libro de Errata naturae es una ocasión para volver al enigma de la persona y el pensamiento de Nietzsche. ¿Después de tanta literatura vertida sobre él, es posible que todavía nos siga esperando delante, a la vuelta del siglo XXI? Sí, nuestra cultura necesita todavía tiempo, y más sufrimiento, para entender a quien escribió: “Habrá guerras como jamás las ha habido en la tierra” (Ecce homo). Tanto para él como para Platón el hombre vive siempre en una caverna hecha de prejuicios, tejida por el miedo del rebaño, un miedo que en el mundo moderno ha desertizado nuestro mundo.

Es necesario así el martillo de la cólera para despertarnos, para que se abra un claro. Y sin embargo, al mismo tiempo podemos tomar en serio a Heidegger cuando dice de Nietzsche: "Un hombre tímido que se vio obligado a gritar". Esa patética seriedad del niño prematuramente huérfano de padre, ese envaramiento que era objeto de burla en la escuela, es el trasfondo del libro de Overbeck, atormentado a su vez por el destino de su amigo.

Compleja figura intelectual del siglo XIX que podríamos considerar cercana a la atmósfera de la "izquierda hegeliana", Overbeck es sin duda uno de los mejores amigos de Nietzsche, si no el único. Convivió con él en la misma casa durante años, mantiene con el reinventor de la figura de Zaratustra una intensa relación a lo largo de su calvario público y privado. Finalmente, es quien acude a Turín a recoger los despojos que han dejado años de padecimientos físicos y psíquicos que acaban en un colapso nervioso irreversible. El impresionante testimonio de Overbeck es un signo de la soledad por la que pasó el autor de las inolvidables Consideraciones Intempestivas. A la luz de este libro, por sus propias palabras, se puede juzgar que Overbeck no entiende nada crucial de la filosofía nietzscheana. No obstante, tal vez por eso mismo, el resultado de este texto, que acaso Overbeck nunca publicaría así, es bastante perturbador. La carne viva del doctor del Eterno Retorno palpita en el panóptico europeo de comienzos de siglo de una manera que difícilmente olvidaremos. Atendamos a una de las perlas de las que está cuajado este extraño texto: "Nietzsche no era capaz de nada sin su hermana y tampoco con ella. La relación entre ambos era, en efecto, la misma que mantenía con la soledad" (pág. 118).

Trabajando esta soledad, él había dicho: "Si se tiene carácter, se tiene también una vivencia típica y propia que retorna siempre" (Más allá del bien y del mal, & 70). El problema es cómo tener una sola idea y no ser un fanático. Este es el dilema de Nietzsche en sus momentos capitales y especialmente ante el Retorno. ¿Cómo sostener la certeza en la primacía del Enigma y que eso no acabe con el principio de variación del cual ha manado lo Mismo del enigma? ¿Cómo sostener una selección que no sea excluyente y conserve el ser de todo lo que ha ocurrido? ¿Cómo querer todo lo que ha ocurrido sin enloquecer, sin disolverse? La biografía de Nietzsche difícilmente podía acabar “bien”, y esto Overbeck reconoce que lo entrevió desde el principio. Volver a encontrar los límites “vulgares” de la individualidad permitiría la comunidad inconfesable de los amigos, el calor de una filía epicúrea desde la cual la historia pueda ser un juguete. Tal vez Nietzsche (y no Rilke) fue demasiado “alemán” para esto; acaso no fue lo suficientemente “polaco”. Sobre esto también reflexiona Overbeck, aunque no siempre con la debida mesura.

¿Cómo podía ser la vida cotidiana de un hombre que quiere “partir en dos” la historia? (carta a P. Deussen, 1888). ¿Fue suficientemente niño Nietzsche, un hombre capaz de desdoblarse, de aceptar realmente que hay que jugar, también con lo más terrible? Es posible que Heidegger tenga razón cuando dice que fue víctima de una interpretación demasiado “occidental” de los presocráticos. ¿Aceptaría Nietzsche la definición que su hermano gemelo en el cristianismo hace del "caballero de la fe", esa versión teológica del superhombre? Kierkegaard llega a decir que la relación del caballero de la fe con la paradoja de existir debería llevarle a parecer "un dominguero cualquiera". Querer, dejarse querer significaría, más que pretender romper en dos la historia, aceptar que la historia es siempre algo que hay que partir en dos. Quebrantar lo general, dice Kierkegaard, para despertar de la pesadilla que siempre es la historia.

Suponemos que el traductor y prologuista, Iván de los Ríos, de acuerdo con la editorial, habrá querido concentrar en el título varios significados del calificativo "arrebatada". Cierto, la vida de Nietzsche, más aún que otras, nos fue arrebatada demasiado pronto. Relámpago intelectual entre dos orbes de una Europa cansada, apenas aparece en nuestro firmamento se oscurece repentinamente, dejando tras sí el temblor de una estela borrosa. De ahí el tejido de habladurías que le rodean, pues la cultura platónica (sea en versión nazi o anarquista), herida por la "aparición" nietzscheana, no soporta la penumbra en estado crudo. La vida de quien escribió Sobre verdad y mentira en sentido extramoral latió siempre con el ritmo enfermizo del arrebato, del impulso deslumbrante o fallido, de la discontinuidad. ¿No habla también de ese halo de la irregularidad el anhelo de "imprimirle al devenir el carácter del ser"? Si el nuevo dios ha de "bailar" con las cosas, careciendo de ninguna esencia que le libre de caer en la existencia, sus seguidores han de ser imprevisibles. En el lenguaje de la sociedad, han de estar preparados para la traición. Hasta sus amigos más íntimos, tal vez con la excepción de Köselitz ("Peter Gast"), sufrieron esa continua oscilación bipolar que debió de hacer la vida cercana muy difícil. Ahora bien, ¿de qué otra cosa podía hacer quien ha escrito: "En situaciones de paz el hombre belicoso se abalanza sobre sí mismo"?

Entre el amor y el odio, entre el júbilo y la decepción, ¿conoció algún reino intermedio Nietzsche? Los seres humanos que rodean a Nietzsche, la madre y la hermana, Rohde, Jakob Burkhardt, el mismísimo Wagner, Lou Andreas Salome y Paul Rée, hasta el venerable profesor Ritschl y el fiel Peter Gast, sufrieron sus ataques de cólera y entusiasmo, de celos, de susceptibilidad paranoica. ¿Cómo ha de vivir quien siente que en cada minuto está pasando la eternidad del mundo, quien ha de partir en dos la historia de los hombres y de sí mismo? La carga no es ligera. Para imaginar de lejos las sacudidas a las que Nietzsche sometía a su entorno, atendamos a los matices que puede encerrar esta misteriosa frase de Overbeck, anotada con el laconismo propio de un historiador desbordado: "Es como si la relación de Nietzsche con su hermana no encontrara cobijo en nuestro mundo germano-protestante" (pág. 113). Podemos deducir que los espasmos de esa relación no encontraban lugar en el puritanismo de la distancia, en la atomización industrial que ya estaba en curso. ¿No recuerda esta insinuación algo de la relación tempestuosa que describe una de las hermanas Brönte? Nadie, excepto quizás Overbeck y Gast, podrá imaginar jamás lo que sufrió, entre apacibles ciudadanos industriosos, quien amaba mirar de noche "el rostro de las cosas dormidas".

Nietzsche es recordado de cerca por uno de sus pocos amigos, un "extranjero" como lo es él mismo, alguien que no es adepto a su filosofía, “como no lo ha sido, por lo demás, ninguno de sus amigos" (pág. 89). Es más, Overbeck reconoce que Nietzsche no pretendió jamás perpetuarse a través de sus discípulos. Gracias a su extremada personalidad (al fin y al cabo, síntoma también de una época explosiva), gracias a ese desconocimiento de una filosofía que Overbeck tiene la honestidad de no ocultar, este libro no deja de ser una aproximación a lo que no sabemos de nosotros, tal vez bajo una luz en exceso cruda. La soledad de Nietzsche, sus amigos, su hermana, el antisemitismo y el nacionalismo de la época, la relación de Nietzsche con la religión. Stirner, Pascal, Herder, Rohde, Proudhon... media época pasa de soslayo ante nuestros ojos mientras intentamos enfocar la silueta borrosa del solitario de Sils-Maria.

Se escribe para saber de sí mismo, como rodeo salvaje en torno a sí. También para liberarse de "la sociedad", para aliviar a una vida de las coagulaciones que la cercan. Ahora bien, cuando la sociedad rechaza esa obra que ha salido de su peso, ¿cómo se desenvuelve la vida del escritor, en qué estado queda? Tal vez lo que más daño hace a Nietzsche no es la hostilidad abierta desatada por alguno de sus escritos, como El origen de la tragedia, sino el silencio monstruosos que se teje en torno al resto, esa sorda hostilidad típicamente moderna. La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche es un libro que transita el reguero de una vida sin piel, que no deja de ser un adelanto de la nuestra. Todos nuestros síndromes actuales son esbozados por la carne del arrebatado en estas notas sobrias del teólogo e historiador. Para empezar, este trastorno bipolar nuestro, sus basculaciones sin término medio; esta incertidumbre en torno al efecto inmediato de nuestra huella en los otros; esta suicida rebelión de un cuerpo que está continuamente en la parrilla del dolor y que ya no sabe dónde tiene sus órganos; esta patética incapacidad para la estabilidad, para la fidelidad, para el amor de una vida “sencilla”.

Sobre todo, este libro adelanta la condena al bienestar obligatorio de una vida normal, frente a la que Nietzsche se rebela, y esta catatonia clínica final, como si (para nuestra íntima satisfacción) se hubiera rendido de alguna manera a la normalidad de nuestro estado comatoso. En fin, el librito no tiene desperdicio. Aunque no sea esa la intención de Overbeck, a veces parece estar describiendo a El Crucificado por la sociedad, tal como firmó el propio Nietzsche en sus últimas cartas y a semejanza de esa otra figura ensangrentada con la que mantiene una relación tan ambivalente.

¿Recuerdan que casi dos tercios de la traducción española de Así habló Zaratustra se dirigen al Antiguo o al Nuevo Testamento? Overbeck se equivoca al considerar a Nietzsche como un reformador de la cultura (pág. 58) a la manera de Rousseau. También se equivoca, creo, al considerar al autor de La Gaya Ciencia básicamente como un crítico (pág. 32). Lo peor de Nietzsche, como ocurre casi siempre con los pensadores y los poetas, es su serenidad, el vértigo de su vertiente afirmativa (ante la que retrocede el mismísimo Foucault, también él un poco “hegeliano”). Si atendemos a su “Canción de la noche”, a “La más silenciosa de todas las horas”, a “El Viajero” o “De la visión y del enigma” enseguida comprenderemos que su pensamiento abismal tiene mucho más que ver con la calma que no sigue ni precede a ninguna tormenta que con el estruendo del martillo. Aparte de Así habló Zaratustra es en los aforismos donde el sentido restalla. El aforismo como expresión de una serenidad que difícilmente podemos soportar, pues consigue hablar un lenguaje que, a diferencia de la lógica aristotélica, no se puede separar de la densidad momentánea del grito. "Siempre estoy a la altura del azar; para ser dueño de mí tengo que estar desprevenido" (Ecce homo). Nietzsche deletrea bien ese dictum lacaniano según el cual hombre no está loco si se cree Napoleón. Cualquier hombre, también Napoleón, está loco si se cree igual a sí mismo.

¿Este libro es una prueba, como sostiene Overbeck, de que Nietzsche se equivocaba en cuanto a su soledad? (pág. 43). ¿O es más bien lo contrario? "Mis obras comenzarán a servir de algo cuando yo también esté cubriéndome de moho", dice en una carta a su madre y su hermana de 1885. Pero quizás este "servir de algo", visto desde una perspectiva histórica grandiosa, es otra vez el problema. En este punto Overbeck puede tener razón: es imposible querer a un hombre y además su legado (pág. 102), sobre todo si ese legado quema como el de Nietzsche. Cuando además, él mismo había escrito en una carta de 1867: “Nuestro egoísmo no es bastante inteligente, nuestra razón no es bastante egoísta”.

Enviado el 24 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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