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Octubre 22, 2009

CRUCES HISTÉRICOS - Jorge Carrión

Rodrigo Fresán, Historia argentina. Edición corregida y aumentada, Anagrama, Barcelona, 2009.

Rodrigo Fresán, El fondo del cielo, Mondadori, Barcelona, 2009.

fresan-h-a.jpg Tres detalles paratextuales. La nueva edición de Historia argentina, de Rodrigo Fresán, aparece en la colección “Otra vuelta de tuerca” de Anagrama (la de los “tesoros escondidos” del catálogo). Y con estudio introductorio –excelente, por cierto– de Ignacio Echevarría. Además, su última novela, El fondo del cielo, ha sido editada por Mondadori en tapa dura. Los tres datos apuntan hacia un cambio en el estatus del autor hispano-argentino, que tras ocho títulos y traducciones a quince idiomas, se ha convertido en un autor consolidado.

La suya es una forma de narrar propia del siglo XXI (la novela, de hecho, tiene como epicentro el 11/S). La asociación de ideas e historias, su motor, no proviene del simbolismo, sino del azar del zápping y del hipervínculo. Cada variación, cada digresión apunta hacia la relación freudiana de la histeria con las ideas parásitas. Siguiendo a Deleuze, se podría incluso decir que la obra de Fresán no sólo se entiende a sí misma –en su altísimo nivel de autoconciencia– como la exploración de la lengua propia como si fuera una lengua extranjera, a través de una traducción que cruza (sub)géneros, sino que histeriza los discursos heredados para sonsacarles lo que hasta ahora no habían dicho. “Histeria argentina II”, justamente, se titula uno de los cuentos de Historia argentina.

El primero del volumen, el que leemos como el primer cuento de Rodrigo Fresán, “Los padres de la patria”, empieza en la gauchesca y finaliza así: “Sólo yo, un humilde grumete cuyo nombre no es digno de figurar en página alguna, sobrevivió para contar esta y tantas otras historias”. Si en el espíritu de nuestra época está Bartleby, Fresán apuesta por Moby Dick a través de Sherezade. Si el Tema parece ser el Futuro, en verdad es –proustianamente– la articulación del Pasado. Si aparentemente estamos ante una historia sobre ciencia-ficción, en realidad leemos un ensayo sobre el binomio escritor/lector. Como Borges, se trata de ser punk y clásico al mismo tiempo. Los cruces constantes de todo tipo son la dinámica de esa escritura.

Fresán ha impuesto, como marca de autoría, notas finales que siempre revelan sus modelos. En el caso de El fondo del cielo, todos los nombres son anglosajones (Vonnegut, Cheever, Ballard, P.K. Dick y Foster Wallace). En vez de ocultar sus cartas, el autor de Mantra parece mostrarlas. Precisamente por eso quizá sea pertinente intentar aquí una lectura hispánica (e histérica) de la novela. Porque desde su arquitectura (“Este planeta”/”Otro planeta”), que podría reactualizar la de Rayuela, hasta sus temas (el amor y la distancia: de nuevo Cortázar, el tiempo y lo fantástico: Bioy Casares), pasando por el salto narrativo (Macedonio Fernández) y una atmósfera apocalíptica que recuerda a El eternauta, nos hallamos ante la sospecha de un conflicto entre dos tradiciones literarias finalmente convergentes.

Como señala Echevarría, la gran aportación de Fresán a la literatura hispánica de estas dos últimas décadas ha sido lo mutante. Mutación doble: sus relatos tratan el tema de la metamorfosis, de la variante, del multiverso que es nuestro universo; y sus relatos se metamorfosean, varían, se tornan múltiples. En el primer aspecto, su poética conecta con la –pionera– de César Aira y con la –paralela– la Mario Bellatin; y antecede, entre otros autores que también trabajan en la frontera entre el libro de relatos y la novela, a la de Manuel Vilas (la dimensión televisiva de Aire Nuestro sintoniza sin duda con la idea fresaniana de la literatura como transmisión multicanal). En el segundo aspecto, en cambio, Fresán continúa en solitario. Añade cuentos, corrige inexactitudes, suma páginas, altera las notas de agradecimiento. Cada edición es diferente. Eso crea una suerte de efecto Peter Pan en el lector: no se percibe el crecimiento o el envejecimiento de la voz. Como si no hubiera evolución. Porque, además, las obsesiones y sus figuras son las mismas en todos los libros. En El fondo del cielo encontramos una vez más el mundo de Canciones Tristes, la chica que cayó en la piscina aquella noche, la ballena y hasta a Mantra (en una aparición inicial, por cierto, un tanto forzada). De manera que cada libro resume sus obras completas y el conjunto de su obra reclama una lectura similar a la que Borges impuso en las suyas. No en vano, un epígrafe de Borges encabeza su cuento primero. Y, por extensión, toda la narrativa de Fresán.

Enviado el 22 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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