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Junio 11, 2009
Réquiem por un imperio difunto - Mercedes Monmany
Originalmente en abc.es ABCD
Una noche de 1928, en un café de artistas de Berlín, están reunidos dos ex soldados imperiales. Uno, el teniente, como se autodenomina a sí mismo, se llama Joseph Roth. El otro, el antiguo alférez de la Monarquía austrohúngara, que se convertiría con el tiempo en uno de sus más fieles amigos, es el húngaro Géza von Cziffra, más tarde conocido director de cine, guionista y dramaturgo; aunque, por encima de todo, pasaría a ser biógrafo atípico de su querido y terco teniente.
En algún momento, a altas horas de la noche, el teniente, que diez años después, en 1938, seguiría firmando sus cartas de ese modo y con ese grado imaginario, le pasó una nota a su subordinado: «La verdad es que a mí no se me podía ayudar en la Tierra». La frase era de Heinrich von Kleist, pero parecía hecha a la medida del atormentado poeta de patrias difuntas que ahogaba día tras día, de forma suicida, sus penas en alcohol.
Lugares míticos
Con los recuerdos de este personaje contradictorio, desconcertante, inasible y sentimental, Géza von Cziffra construiría, con el título de El santo bebedor, uno de los mejores, más honestos y auténticos homenajes posibles hacia el que es sin duda uno de los mejores escritores del siglo XX. Alguien cuyas metamorfosis, extravíos, cambiantes visiones del mundo, así como fantásticas imposturas sobre su vida, crearon un halo de leyenda y también de afecto vinculante entre los que le conocieron y, sobre todo, entre un nutrido grupo de amigos devotos de su talento que desfilan por esta biografía.
Por la Viena y el Berlín de entreguerras o por el París de los exiliados de Hitler, y en interminables tertulias de lugares míticos -el Café Central y el Herrenhof vieneses, el Romanische Café berlinés, también llamado «café de las posibilidades infinitas»-, desfilarán el magnífico microcuentista y periodista praguense Egon Erwin Kisch; una de sus últimas amantes, la escritora Irmgard Keun; Alfred Döblin, el húngaro Odön von Horváth, su adorado Alfred Polgar, Heinrich Mann, el siniestro jefe del agitprop soviético en la Europa occidental Willy Münzenberg -al que Roth odiaba profundamente- y su gran defensor y amigo, Stefan Zweig.
Infierno en la tierra
Sus maníacas fidelidades de cantor y legitimista de los Habsburgo, o esas narraciones coloristas e hipnóticas que cautivaban a entregados auditorios, produjeron siempre entre sus más antiguos conocidos una mezcla entrañable y protectora de complicidad. Aún así, no pudieron defenderle de una muerte anunciada. Alcoholizado sin remedio desde hacía años, murió prematuramente en París, huyendo del infierno en la tierra que habían traído los nazis, el 27 de mayo de 1939. Tenía 45 años.
Judío nacido en Galitzia, en Brody, más tarde pasó a declararse católico, aunque siempre llevó a los judíos del Este, entre los que había crecido, en su corazón, en su obra y en sus abundantes lágrimas de dolor y nostalgia. Errático incluso a la hora de crear sus más maravillosas obras maestras, era capaz de escribir con sólo dos años de diferencia libros tan total y aparentemente opuestos como su célebre Job, de 1930-«una de las obras más hermosas de la literatura judía», como dirá Von Cziffra-, y ese genial réquiem por el Imperio de los Habsburgo que es La marcha Radetzky.
Siempre anheló ser otro, mientras fantaseaba y se adornaba con mil mentiras sobres sus orígenes y su vida como «oficial» de su adorado Ejército Austrohúngaro. Un Imperio que se instaló en su mente como la mejor tierra de tolerancia y civilización que le fue dada conocer. Su entierro fue, para su puñado de perpetuos amigos y seguidores, un quebradero de cabeza. Reunidos en el cementerio dos curas católicos y un rabino dispuesto a pronunciar su kaddish, y sin poder afirmar a ciencia cierta lo que siempre dijo acerca de su conversión, al final se decidió enterrarlo «como había vivido»: en un cementerio mixto.
Enviado el 11 de Junio. << Volver a la página principal << |
