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Mayo 05, 2009
Preferiría que no. Una intervención política en torno a Bartleby, el escribiente - Antonio Jiménez Morato
Originalmente en Quimera. Visto en Vivir del cuento 2.0
UNO. ¿Qué importancia tiene el subtítulo de un libro? Cualquier lector podría afirmar sin dudar que mucha, porque se da por entendido que el autor desea entregar una información relevante en él. De no ser así no lo habría elegido e incluido en el libro. Y, sin embargo, en todas las ediciones de Bartleby, el escribiente que se han realizado en España se ha obviado el subtítulo que Melville quiso para su narración: A Story of Wall Street (Una historia de Wall Street). Melville nos entrega así tres datos relevantes: un nombre, un oficio y un lugar geográfico donde se desempeña dicha profesión. Un espacio con un contexto y una carga simbólica evidente. Ubicar una narración en la meca del capitalismo no es lo mismo que hacerlo en un pueblo perdido del Medio Oeste y Melville, un astuto escritor a la hora de trabajar con los símbolos, lo sabía perfectamente. Y, sin embargo, las traducciones al español han obviado el subtítulo, quizás siguiendo el ejemplo de la más exitosa, la de Jorge Luis Borges. De hecho, en esa traducción se obviaron algunas cosas más. Sin querer sospechar más allá de lo deseable, hay que recalcar que el texto de Melville cuenta con 14491 palabras, y que la traducción borgeana consta de 12541.(1) Conviene recordar al lector malicioso que la flexión verbal del español permite ahorrarse muchos pronombres imprescindibles en la lengua inglesa. Pero hay que indicar, también, que estamos hablando de casi dos mil palabras menos, aproximadamente un trece por ciento del texto. De todos modos, como ha demostrado Sergio Waisman(2), casi toda la labor como traductor de Borges pasa por reescribir la Historia de la literatura a través de sus traducciones, que consideraba textos más suyos que del autor original, y en buena medida reescrituras de sus temas obsesivos. Sirva como botón de muestra el lugar preeminente dentro del canon hispanoamericano en que ubicó una obra menor dentro de la novelística faulkneriana, Las palmeras salvajes, gracias al éxito de su versión.
DOS. De todos modos, la sombra de la mano borgeana no se limita a haber olvidado el subtítulo o a dejarse en el camino de una lengua a otra dos mil palabras. No, lo verdaderamente importante se centra en la traducción que hizo de lo que, atinadamente, Deleuze ha llamado la “fórmula” de Bartleby.(3) El original de Melville dice I would prefer not to. La traducción de la fórmula por parte de Borges, solución que se ha seguido respetando por parte de otros traductores, fue Preferiría no hacerlo. No deja de ser curioso, a los ojos de todo lector, que habiéndose dejado tantas palabras del original sin traducir, en la que quizás sea la frase más determinante del texto, aquella mediante la que Bartleby expresa su rechazo a lo que el narrador le solicita, Borges introdujera una palabra que no se encuentra en el original. La traducción, además, ignora un hecho relevante: lo extraño de la expresión de Bartleby no sólo para el lector, sino incluso para el resto de los personajes. Melville es muy cuidadoso a la hora de mostrar esa peculiaridad, ya que en todo momento señala las extrañas reacciones que ese lenguaje novedoso y extraño genera en el narrador y los compañeros del protagonista. Hay un pasaje, inclusive, en el que vemos tanto a Nippers y Turkey como el propio narrador ceden al uso de la fórmula. Han sido, por lo tanto, contagiados por el lenguaje novedoso, revolucionario, la nueva retórica que impone Bartleby como un correlato de su conducta. Y que ellos, por supuesto, rechazan de igual modo. No hay que olvidar nunca que la literatura está compuesta de textos construidos con palabras, discursos, además de las ideas que puedan transmitir. Uno de los elementos novedosos de Bartleby es su discurso, y dicho discurso plantea la oposición al discurso dominante, pero no una negativa a la acción, como quiere Borges. Incluso resultando incómoda, por ser casi agramatical, la traducción honesta debería transitar por “preferiría que no”, “mejor que no” o soluciones similares. Porque estarían más cercanas a la intención de Melville y a la función de la fórmula en el texto, tal y como ha observado Deleuze y Zizek. Hay que tener en cuenta la aparición del condicional, ese would que modifica de manera radical el verbo principal, prefer, porque establece una negación del predicado. O sea, distorsiona el lenguaje –otra herramienta de dominación- para expresar su renuencia ante las órdenes del amo, del patrón. No dice “No quiero hacerlo”, sino que dice “Preferiría”, que debe ser entendido de modo literal –en ese punto incide especialmente Deleuze, tirando del hilo de la mirada humorística que despliega sobre la realidad el texto-, y que podría ser traducido, quizás, por “querría”. Eso establece una nueva línea de oposición, que no es frontal, sino que establece un nuevo marco de acción, fuera de la confrontación directa. Un lenguaje nuevo, que muestra realidades nuevas y ofrece nuevos espacios para del debate. Un discurso revolucionario que se filtra en los enunciados de los representantes del discurso hegemónico y que debe ser leído por parte del lector. Y eso pasa por una traducción consciente de esa dislocación de la lengua, que está descoyuntada para señalar un nuevo significado. Conviene recordar que muchos analistas han estudiado en este texto las huellas de Emerson, en particular del trascendentalismo –un pensamiento que hunde sus raíces en ciertos aspectos de los textos de Kant y que fusiona la mística cristiana con la cosmovisión hinduista-, que se dejó sentir también en Withman y en Thoreau –el Tratado sobre desobediencia civil se editó cuatro años antes de la publicación del Bartleby y Walden uno después-. Estableciendo unos trazos evidentes se puede comprender el contexto histórico y filosófico bajo el que Melville escribió su texto.
Por eso, ese “hacerlo” que introduce Borges resulta determinante, por cuanto que sitúa a Bartleby en la esfera del que se niega a la acción. Se produce, una vez más, esa manipulación del original mediante la traducción que ha estudiado Waisman. A Borges le interesa esa manipulación porque justifica la lectura que hace del libro:
“Bartleby, que data de 1856, prefigura a Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. (…) En realidad son dos los protagonistas; el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.”(4)
Como se ve, la lectura de Borges es abiertamente manipuladora. Por un lado habla del protagonista como alguien que se niega a la acción, destacando que lo hace sin motivo alguno. Por otro lado menciona al narrador que “se resigna” a esa obstinación. ¿Por qué es manipuladora? Porque obvia un hecho fundamental y determinante: el narrador es el patrón de Bartleby.
TRES. Pasar por encima del hecho de que el narrador de Bartleby es su patrón es síntoma de, en el mejor de los casos, una lectura superficial, y en el peor, de una clara complicidad con el poder. Lo más irritante a los ojos de cualquier lector atento es el hecho de que el patrón retiene bajo su posesión, su mirada, la historia de Bartleby. No le deja expresarse por sí mismo, le excluye, por lo tanto, de la esfera de lo político. Bartleby no tiene voz, o al menos no la escuchamos más que como su recurrente fórmula, y, por el contrario, tenemos todos y cada uno de los juicios de valor que realiza el narrador, su patrón, respecto al trabajador. Conocemos la historia a través de una parte interesada y, en cierta medida, enfrentada al protagonista.
El narrador son los ojos y oídos del lector, su medio de conocer la historia. Y, lo que es más importante, alguien en quién, en principio, creemos, pero del que podemos sospechar. En el caso de Bartleby el narrador es un hombre del que tan sólo sabemos que es de avanzada edad y que es el Secretario del Tribunal de la Equidad de Nueva York, un abogado que se encarga de asuntos que no requieren litigio alguno, una labor muy cercana a la de un Notario dentro del contexto español. De hecho, la narración comienza describiendo su negocio y a sus empleados. Dos copistas y un botones, a los que designa por sus apodos. Los copistas son Turkey (Pavo) y Nippers (Pinzas), y el botones Ginger Nut (Galleta de jengibre). Para el patrón no tienen derecho a tener nombre, o, cuanto menos, no cree que sea importante referirlos. Y, por si ese hecho no nos dejase ya claro el desprecio que siente hacia ellos, los retrata destacando el hecho de que soporta a los dos copistas porque se complementan de modo idóneo. Turkey es algo borrachín, por lo que rinde en las mañanas y vaguea por las tardes, mientras que Nippers, del que le desagrada su ambición en el campo profesional, está de mal humor antes de las comidas y por las tardes está ya más relajado y es cuando rinde. O sea, que Melville explicita una valoración por parte del narrador que está restringida a su capacidad de producción, sin que haya ningún otro factor que sirva para caracterizarles. El autor acota, pues, el entorno de la historia: las relaciones laborales.
El aumento del volumen de trabajo es el que le lleva a poner un anuncio en el periódico al que responde Bartleby. Convencido de que su carácter tranquilo, léase en el lenguaje patronal como “dócil”, será beneficioso para su empresa, lo ubica junto a una ventana por la que apenas entra luz para que realice su labor de copista. Melville describe de modo detallado las condiciones de trabajo de Bartleby, el hecho de que apenas tenga luz, porque más tarde sabremos que el copista sufrirá de problemas oculares, seguramente debido al trabajo realizado en condiciones poco favorables. Comienza aquí el idilio laboral entre el narrador y su nuevo copista, que tan sólo comienza a resquebrajarse cuando el patrón le reclama para realizar una labor que no es, exactamente, para la que ha contratado a Bartleby. Es el momento en que conocemos el primero de los I would prefer not to que dirá Bartleby a lo largo del relato.
Hay que tener en cuenta el contexto en que aparece por primera vez la frase. El narrador pide a Bartleby que realice una revisión de una de las copias con él, y el nuevo copista rehúsa colaborar en ello. El narrador refiere que no comprendía esa actitud y que reitera su petición, obteniendo la misma respuesta del empleado. Finalmente recurre a Nippers para realizar dicha comprobación. Es evidente que Bartleby no deja de hacer su trabajo, que es el de copista, sino que rechaza una labor que, en principio, cree que no entra en sus funciones, la de revisar dichos textos. La diferencia es sutil pero relevante. No se niega a la acción, como lee Borges –y tras él un reguero de loros- sino a hacer nada más allá del trabajo para el que ha sido empleado.
El segundo roce aparece ya cuando, además del patrón, están presentes sus compañeros copistas. Lo que en un principio podía ser entendido como un enfrentamiento personal, se traslada de un modo explícito a la esfera laboral. Bartleby rehúsa de nuevo hacer la revisión de unos textos junto a Turkey, Nippers y Ginger Nut. Conviene recalcar el hecho de que Melville, muy sutilmente, hace ver al lector atento que la labor de revisión no requiere de un copista, ya que el botones participa también en ella. El narrador se acerca al lugar de trabajo de Bartleby, junto a esa ventana sin luz, separado de su mesa por una mampara que le entrega privacidad y al mismo tiempo cercanía –al patrón, que no a Bartleby, que tiene todavía menos luz para realizar su labor de copista- y le pregunta porque se niega: “Why do you refuse?” A lo que Bartleby contesta ambiguamente, porque comienza a sospechar del conflicto que se está produciendo por su inflexibilidad laboral: I would prefer not to. ¿A qué contesta así, a la orden de participar en la revisión o a pregunta de por qué se niega a hacerlo? La traducción de Borges deshace esa ambigüedad, no así el original, que al fin y al cabo es lo importante, de Melville.
De hecho la escena continúa con el patrón esgrimiendo sus argumentos para que Bartleby realice una labor para la que en principio no está contratado y, ante la negativa del empleado a hablar, apela a que le conteste. Y una vez más escucha la fórmula I would prefer no to. Nuevamente hay que preguntarse si esa respuesta se refiere al primer requerimiento del patrón o a esta última pregunta. Melville insiste de un modo reiterado en el hecho de que el trabajador no busca el enfrentamiento, seguramente porque es consciente de que nada va a ganar con ello más allá de su despido. El conflicto está planteado de un modo claro cuando el narrador-patrón no apela a razones laborales para clarificar la posición de Bartleby, sino que apela al sentido común y la costumbre. El patrón, por lo tanto, pretende lograr sus objetivos por métodos externos al marco del conflicto: las relaciones laborales. De ese desajuste surge la mirada del narrador que considera a Bartleby un ser extraño.
Establecido el conflicto podemos ver que cómo el narrador ejerce su poder. Primero pide su opinión, por supuesto interesada, a sus otros empleados, que ya han cedido ante esas prácticas en muchas ocasiones. Y tanto Turkey como Nippers le dan la razón, como no podía ser de otro modo, al pagador. Ginger Nut, el botones, que es el último en ser preguntado, da el veredicto fácil, el lógico y común, pero también el que obvia el marco del enfrentamiento: Bartleby está chiflado. Ésa es la lectura de Borges, la del patrón, la de todo lector cómodo e ingenuo que no profundice en el texto. Aquel que ofrece otra interpretación de la realidad que no sea la del discurso hegemónico está loco.
Una vez que se ha descrito el estado del enfrentamiento, el patrón habla, por primera vez, de una resistencia pasiva. Bartleby se niega a colaborar en lo que cree injusto. El narrador-patrón se da cuenta de la miseria en la que vive su empleado, que se alimenta tan sólo de las tortas de jengibre que le trae el botones, y, tras meditar los pros y los contras, decide, como sucedió con Turkey y Nippers, que le es útil pese a lo que él denomina “su excentricidad”, y lo mantiene como empleado. Hay que detenerse para recalcar la visión estrictamente utilitarista del narrador-patrón, que no hace nada por comprender o ayudar a sus empleados, sino que los valora como productores sin darles más valor que el del dinero que puedan generar. Y Bartleby es, por descontado, el mejor copista del despacho.
Más adelante descubre y describe la miseria en la que vive y que le obliga a pernoctar en su lugar de trabajo. Y eso le conmueve, excita la compasión del buen patrón. Pero, al mismo tiempo, esa melancolía se torna miedo y la pena en repulsión (did that same melancholy merge into fear, that pity into repulsion). Lo que sucede es que el patrón no puede llegar a su alma, así lo dice, de modo explícito: and his soul I could not reach, y eso es lo que tan sólo un lector ingenuo prefiere ignorar. ¿Cómo podemos confiar en este narrador? A modo de ejemplo puede citarse a otro narrador incapaz de comprender al protagonista: el de El perseguidor, de Julio Cortázar, que en ningún momento llega a comprender a Johnny Carter y, desde esa incapacidad y la fascinación de lo que no se entiende, cuenta su historia.
CUATRO. Lo que sucede es que el narrador de Bartleby no es un amigo aunque él sí se piense amigo de su empleado y este rechace esa modificación de las relaciones. El narrador es el patrón y, en cierto modo, el antagonista que no tarda mucho en aparecer. Y eso sucede cuando Bartleby deja de copiar. El narrador nos habla de que sus ojos están apagados, como si el trabajo en condiciones inadecuadas le hubiera estragado la vista. Eso, en el lenguaje actual de las relaciones laborales, se llama baja. Pero el patrón le despide, le dice que se vaya y que le da una pequeña indemnización, pero tan sólo porque él es generoso. Se produce, por lo tanto, un incumplimiento de contrato. Hasta ese momento el trabajador ha estado cumpliendo con su parte del mismo y ha mostrado su poca o nula disposición a ceder al capricho del patrón. Pero éste, en tanto que ha continuado trabajando con eficacia, ha respetado el contrato que les unía aunque el trabajador no fuera permeable a sus deseos. Ahora no, ahora, pese a seguir siendo el mismo y mantener la misma actitud de siempre, ya no es bueno y por eso es despedido. Bartleby comienza entonces algo muy parecido a lo que, hoy, sería una huelga. Se queda en el lugar de trabajo sin hacer nada, salvo protestar con su presencia. Y aquí comienza una larga huida del narrador, que irá dejando de ocuparse de Bartleby como empleado, de modo unilateral deja de reconocerlo como tal, y comienza a considerarlo un mendigo o un loco, tal y como le había sugerido el recadero. Ya que el excéntrico personaje no abandona la oficina –salvando las distancias, por supuesto, se podría incluso entonar un análisis muy interesante sobre los puntos en común de la actitud de Bartleby y la doctrina de los movimientos de ocupación- y, ante el aumento de los rumores en el mundillo judicial por la “tolerancia” del patrón hacia lo que todos consideran un caso incomprensible, vemos que el narrador trasladará la oficina y querrá quitarse de encima toda responsabilidad respecto a su empleado. Una responsabilidad que, de todos modos, retorna de vez en cuando, pero que él se quita de encima mediante el sistema más eficaz: poniendo tierra de por medio. Primero empresarialmente y luego de modo personal vacaciones mediante.
Cuando regresa, Bartleby ya ha sido puesto a buen recaudo, en la cárcel llamada Las tumbas, por parte de las fuerzas dedicadas a mantener el orden exigido por el poder. El poder de los que, como el narrador y el dueño del inmueble, tienen el dinero y dictan por lo tanto las normas. Bartleby es un loco y, pese a no ser peligroso, debe ser recluido en prisión. Allí morirá, renunciando ya a comer o a cualquier tipo de lucha. Será el propio narrador el que encuentre el cadáver y le cierre los ojos y, al hacerlo, citará el libro de Job. Una vez más, Melville demuestra hasta qué punto usa la simbología de un modo depuradísimo. La cita se refiere a los esclavos, habla de los que eran enterrados junto a los mandatarios a los que habían servido. El libro de Job ha sido leído, con acierto, como un libro sobre el esclavo, que es todo cuerpo y que sufre siempre de modo físico los embates de la existencia.(5) Es, en ese sentido, un texto de lectura revolucionaria evidente, ya que el esclavo es un medio de producción, pero nunca de decisión, y como tal es visto en una economía capitalista. Job nos habla de la explotación, es una fuerza liberadora. Y Bartleby es de esa misma estirpe. Tan sólo un ingenuo puede pensar que la esclavitud hoy no existe, ya que se he perpetuado pero de manera encubierta. Basta con pensar en el hecho de que el patrón decide quién trabaja y por cuánto. Hasta el último momento Melville expone tensiones sociales en su narración.
CINCO. Temática, estilística y simbólicamente el texto de Melville reflexiona sobre las condiciones en las que se desempeña una labor profesional dentro del contexto capitalista en el que él mismo vivió. Y, para cualquier lector medianamente atento, señala muchas de las contradicciones del sistema, sobre todo en lo que afecta a los trabajadores y el tipo de relación que ellos establecen con el sistema a través de sus máximos representantes del mismo: los que poseen los medios de producción. Sí, el patrón que nos cuenta la historia del trabajador. Y, como último aviso para navegantes, Melville cierra Bartleby contándonos que el protagonista, antes de trabajar con el narrador de su historia, desempeñó su labor en la sección de Cartas no reclamadas de correos. Melville nos ha mandado una carta llena de razones para la acción pero que a día de hoy seguimos empeñados en no recibir. Quizás va siendo ya hora de abrir el sobre.
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(1) Walter Carlos Costa, “Borges, traductor de Bartleby de Melville”. Universidade Federal de Santa Catarina
(2) Sergio Waisman. “Borges y la traducción”. Adriana Hidalgo editora.
(3) Gilles Deleuze. “Crítica y clínica”. Anagrama, Barcelona.
(4) Jorge Luis Borges. "Textos cautivos”. Alianza, Madrid, 1998.
(5) Antonio Negri. "Job: la fuerza del esclavo". Paidós, Buenos Aires, 2003
Enviado el 05 de Mayo. << Volver a la página principal << |
