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Mayo 15, 2009

La solidez de la ausencia - Antonio Jiménez Morato

Originalmente en vivir del cuento

Sergio Chejfec, El aire, Alfaguara, Buenos Aires, 1992.

white.jpg UNO. El aire es una novela sobre la ausencia. Primero sobre la ausencia del ser amado, que desaparece de la vida de uno, pero, a medida que va avanzando la trama, uno descubre que, como fiel equivalencia, la ausencia se va apropiando de todo. Que, finalmente no hay sino el aire que ocupa todo ese espacio donde transcurre el presente perpetuo del abandonado.

Cuando yo leí la novela fui tomando notas, como acostumbro, pensando en un hipotético texto sobre la novela –este-. Suelo leer en bares y cafeterías, en autobuses y vagones de metro, en bancos en la calle cuando espero y en el resto de las esperas en cualquier otra parte. Lo mejor es llevar siempre encima una pequeña libreta donde ir anotando esas ideas que queremos tener a mano cuando toque repasar las huellas, las sensaciones que han dejado novelas como las de Chejfec. Pero, por esas casualidades de la vida, perdí esa libreta y ahora siento la ausencia del que carece de esas notas para reconstruir esa lectura de cara a la escritura del texto. Otra posibilidad sería volver a la biblioteca donde me hice con el libro para su lectura. Pero las multas provocadas por los retrasos en las devoluciones me impiden recurrir a esa opción.

Me parece especialmente paradójico que, mientras el protagonista de la novela, Barroso, deambula por una ciudad fantástica haciendo patente la ausencia de Benavente, su pareja, yo me dedique a deambular por esas líneas haciendo patente la ausencia de esas notas. Los dos, de alguna manera, intentamos recuperar la materia y nos encontramos apenas el hueco de ese abandono y el aire que ha pasado a ocupar ese espacio. De alguna manera, Chejfec ha logrado algo más que encapsular una experiencia para mí como lector, me ha convertido en sí en un personaje de su novela, en alguien que persigue el rastro de esa ausencia.

DOS. Disfrutemos del placer de poder trazar un resumen argumental de una novela de Chejfec. No es algo que suceda a menudo. Nunca vemos a Benavente, que es el verdadero centro de la novela. Presenciamos a Barroso, el protagonista, solo en casa, que ve como meten por debajo de la puerta una carta. Su mujer se va a Uruguay y le pide que no la siga. Apenas la ve por la acera desde la terraza. Desde ese momento, la novela sigue el deambular de Barroso por su casa, por las calles de la ciudad, intentando entender por qué se ha ido su mujer mientras la ciudad se va degradando como un exacto correlato del progresivo deterioro del mismo Barroso. Ya no hay dinero como tal, el nuevo patrón de cambio son las botellas. Botellas vacías. Aire encapsulado. Nada. Tampoco sale agua de los grifos, de los que ya tan sólo mana aire. Nada. Barroso va recibiendo cartas de su esposa en las que le va indicando su huida a Uruguay y donde le pide que no la siga. Constantemente Barroso va sintiendo las marcas de la ausencia. Cada vez se hace más patente el aire, el vacío, que lo rodea. Y tan sólo a través de los recuerdos de terceros con los que se encuentra puede apenas palpar el recuerdo de su mujer, y comprobar perplejo y dolido que su mujer, Benavente, era mucho más que lo que él pudo imaginar, que él, en verdad, apenas tuvo casi nada de esa mujer mientras la disfrutó a su lado. Aquel que desee saber cómo termina la novela deberá pasar por el placer de leerla.

TRES. Beatriz Sarlo, en un acertado texto sobre esta novela señala dos referentes cinematográficos para acercarse a ella. Habla de Antonioni, en particular de La aventura, en la imagen de los itinerarios del abandonado en su intento de remontar la ausencia de la amada. Por otro lado menciona a Tarkovsky y su Stalker en la utilización del campo degradado como imagen. Y, sin embargo, quizás sea en otra cinta de Tarkovsky, que nace del relato de Lem, donde se encuentre el pariente más cercano a la narración de Chejfec. En Solaris, ese planeta que recrea los sueños y deseos de los que lo pueblan, se encontraría quizás el paraíso que Barroso anhela a medida que van pasando los siete días en los que transcurre la novela. Si, por un lado, contemplamos la misma narración de un hombre solo a la deriva si más objetivo que esperar las noticias de la mujer que lo ha abandonado, hay que tener en cuenta que Chejfec construye la ausencia. Frente al desplazamiento de la misma de la novela de Lem, donde las imágenes la enmascaran, en la de Chejfec vamos presenciando una disolución que se nos presenta de un modo palpable frente a la utilización de los tres estados de la materia por parte del autor. Al inicio de la novela vemos que lo sólido, Benavente, desaparece. A continuación el lector irá contemplando toda una serie de realidades asociadas con lo líquido. El agua que no sale de lo grifos o las botellas sin relleno, que progresivamente van marcando la presencia de la nada, apenas el aire, un gas inasible que no logra llenar la ausencia.
Ahí está, sin duda, la gran virtud de esta novela –y por extensión de toda la obra de Chejfec-, en lograr la ardua labor de hacer visibles, presentes, ideas y conceptos que nos imaginaríamos, en principio, como algo inasible. Curiosamente logra hacer tangible lo etéreo, la ausencia, el amor, la angustia, el desasosiego y la enfermedad se ven no metaforizados, o simbolizados, sino encarnados en esos paseos sin sentido, en esos objetos carentes de función, en ese hombre abandonado que no anhela ya tanto a su mujer como tener noticias de ella, que es capaz de imaginarla y hacerla real a través de una simple carta. Ese hombre que vive en un mundo de estímulos de bajo voltaje, de sucedáneos, de imágenes, que con el pasar de los años va tornándose, cada vez más, en un ejemplo irrebatible de en qué nos estamos convirtiendo.

Enviado el 15 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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