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Marzo 23, 2009
La sonrisa helada - José Luis Brea
Hace unos años, un conocido catedrático de estética y teoría del arte nos contaba en petit comité cómo entre sus alumnos más espabilados había dos de los que, y pese a sus indiscutibles cualidades, no había forma de hacer carrera (carrera académica, se entiende). Con un criterio que pronto se demostró certero les sugirió dedicarse a la gestión. Ahora, algunos años después, los encuentra a ambos dirigiendo algunas de las instituciones más poderosas y reconocidas de Europa.
El que conduce la Tate tiene bien asumido que su mejor cualidad es su proverbial simpatía campechana, y que dirige aquello ni más ni menos que porque siempre ha sido capaz de tomarse la última copa con quien había que tomársela (artista, curador, galerista, coleccionista, feriante, político, financiero o gestor).
El que en cambio dirige nuestro Reina lleva peor aquel apartamiento de lo universitario, y -aunque sabe igualmente que todo su know how se traduce en una parecida mera habilidad para hacer pasillo, mucho pasillo- anda siempre revenido de su propia frustración "sabiente": cuando no vendiendo impenitente que la única universidad legítima es el museo –santo cielo, será que ha leído a Rancière, más que ignorante maestro, aunque también, maestro para ignaros autocomplacidos- o viniendo ahora a inventarse una operación de historiador pedestre que no sólo haría palidecer –todavía- a nuestro catedrático, sino que realmente nunca obtendría el apto en una comisión medianamente rigurosa de un doctorado en arte, en ninguna universidad del mundo, ni googleliana.
La verdad es que estaría bien que se decantaran un poquito las noticias del planteamiento “museológico” que se está pergeñando para el Reina, porque las que están llegando a los papeles estos días son tan sandias e inconsistentes (eso de la España negra y la blanca, lo del Potosí y la Modernidad …) que uno sólo puede imaginarlas puestas en muy pocas –y realmente muy ignorantes- bocas: la más probable de todas, la de su mismísima antecesora, acostumbrada a hacer siempre de voz de su amo.
¿Será que aquí, y se elija a quien se elija, acaba siempre organizando el cotarro el mismo? –porque para ese viaje nos hubiéramos ahorrado las alforjas.
O será que, en realidad, deberíamos habernos tomado mucho más en serio la cosa de las buenas prácticas.
¿Qué les parecería en ese sentido a vds –y a todas las asociaciones profesionales promotoras del documento- si a partir de ahora empezáramos a exigir no sólo que haya concursos, sino que los programas que los candidatos defiendan sean –por lo menos los ganadores- públicos? (Y me consta que lo que aquí propongo es poco más que una obviedad: todo el mundo sabe que lo que hace "democrático" a un concurso cualquiera es su carácter público, sin el cual no pasa de puro paripé resoluble "a dedo").
Ello además tendría múltiples ventajas.
En primer lugar, alejar un poquito el fantasma de la sospecha de que todo esto no ha servido sino para que un cierto grupo de influencia se haga con el poder y tome para lograrlo el control de todos los concursos habidos y por haber –y está al caer el del MUSAC, veremos si continúa la racha de oligopolio a que atufa la totalidad de los hasta ahora resueltos.
En segundo: porque, bueno, eso sí que sería transparencia y respeto político a la ciudadanía -qué menor derecho de todo ciudadano que el de saber con qué programa ha sido elegido quien lo ha sido para ejercer alguna responsabilidad gubernamental: puesto que la legitimidad del poder que en ese cargo se detenta viene siempre por delegación del entrecruce de las voluntades colectivas por su expresión en la esfera pública, que llegue a ésta el programa seleccionado y se haga en efecto público, para que el propio tejido de la sociedad civil tenga realmente la capacidad de conocerlo, discutirlo, y verificar o reclamar por su cumplimiento.
Y tercero, y ya puestos, para que podamos quitarnos un peso de encima: para asegurarnos de que ante gente tan fiable como la que le eligió para dirigir el principal museo del país no pudo realmente atreverse a exponer y defender mandangas y ruedas de molino tan intragables como las que ahora parece dispuesto a sacarse del morral burriano … (y esperar que todos comulguemos con ellas).
¿O será que –y como le ocurría indefectiblemente a nuestro catedrático cuando iba llegando al final de la anécdota, y se obigaba a repensar dos veces lo de su certero criterio- también a todos ellos se les está empezado ahora a helar la sonrisa …?
Enviado el 23 de Marzo. << Volver a la página principal << |

Comentarios
José Luis Brea araña el mapa del silencio
A finales de marzo y a través de diferentes páginas de Internet especializadas en cultura —esas que bajo los post incluyen el apartado “comentarios” y nunca nadie comenta nada— como salonKritik, a-desk*, e-limbo*, e-madrid.org…, aparecía en circulación un pequeño texto de José Luis Brea titulado “La sonrisa helada” que básicamente es un fortísimo ataque a los nuevos tiempos del MNCARS personificados en la figura de su director.
La verdad, cuesta imaginar a qué responde, a qué intereses sirve y a quiénes beneficia semejante entrada en la cacharrería del mundo hispano del arte. Si se trata de un mero posicionamiento personal e intelectual ante una situación confusa, sólo queda admitir y admirar la enorme valentía de alguien que osa romper el inmenso, silencioso, falso e irresponsable consenso en el cual está subsumida la institución arte en España.
Parece que Brea maneja las mismas informaciones que el grueso de los interesados en el arte actual, aquello que los medios de comunicación se encargan insistentemente de hacernos llegar. Pero él debe saber bien que las noticias de los periódicos no son en caso alguno datos serios y fidedignos para analizar y enjuiciar con seriedad asuntos que requieren cierta especialización. Que El País, ABC, El Mundo, La Razón y La Vanguardia —por citar los más notorios— den siempre las mismas noticias y opiniones sobre el MNCARS es un dato inquietante sobre el preocupante estado de salud del arte en nuestro país, pero poco más. Ruido y más ruido propagandístico, hasta llegar al punto justo, es la meta cultural del actual gobierno, mal que les pese a muchos.
El seco y saludable arañazo de Brea a nuestro silencioso y adormecido mundo del arte está teniendo una respuesta tendente a cero, lo cual le carga de razón. No obstante, contiene pasajes que merecen cierto detenimiento. Empezando por el Código de Buenas Prácticas, algo que el autor del referido escrito ha defendido en consonancia con la inmensa mayoría de las organizaciones gremiales/profesionales del sector. A nuestro entender, el código de marras, presentado y gestionado como panacea, al carecer de eficacia jurídica, no pasa de ser un instrumento de buenas intenciones, es decir, papel mojado. Pero es más, su pretendida generalización trata de olvidar que los medios, instrumentales y normativos, para elegir a los mejores o los más adecuados son variables en el tiempo y variados en los fines propuestos. El código es igualmente clasista, segregador, corporativista y de difícil encaje en/con la batería de leyes, decretos ley, ordenanzas y reglamentos por los que se regulan las actividades de los órganos de las administraciones públicas, los titulares de la mayoría de nuestros museos y centros de arte. Resulta ridículo elevar a categoría el hecho de elegir a un director de museo mediante un código de buenas prácticas cuando un ministro, un director general, un jefe de exposiciones, un conservador o una secretaria son designados a dedo.
En donde “La sonrisa helada” quema es en el, cabe suponer, lapsus analítico de la conformación grupal de los jurados electores de directores. Hacer referencia a “un cierto grupo de influencia” en el ejercicio de actividades oligopólicas es sencillamente falso. No, no son así las cosas: o se desconoce o se oculta que la estructura de poder en el mundo del arte está compuesta por un número creciente de grupos de perfiles difusos, relacionados también de forma difusa en uniones, intersecciones, acuerdos y acercamientos tendentes a la obtención de recursos públicos por las vías más rápidas, legales e ilegales.
Respecto al alegato final sobre el jurado que eligió al actual director del Reina, “gente tan fiable como la que le eligió para dirigir el principal museo del país” sólo cabe preguntarle al autor si está seguro de semejante afirmación. Y otra pregunta más: ¿qué más te da (nos da) quién dirija el MUSAC? En base al éxito obtenido y al consenso institucional, lo suyo sería que lo heredara y dirigiera Agustín Pérez Rubio para no interrumpir el proyecto; claro que también podrían dirigirlo Alaska, la Terremoto de Alcorcón, Tarzán o Los Simpson.
Se quiere decir con ello que se le está dando una importancia desmesurada a los museos y centros de arte. Quizás, y la crisis puede ser un acicate, sea el momento de pensar más en lo que sucede fuera de los mismos. Pero dentro y fuera, en la institución, reina el silencio, la nada vestida de pretensiones, donde opinar está penado: que se lo pregunten a César Antonio Molina.
El presidente José Luis Rodríguez Zapatero, después de no escuchar a nadie y con la firme convicción de que el Ministerio de Cultura es una unidad administrativa de propaganda, tan útil como perversa, decidió que, entre el cuarteto de nombres que pululaban en su cabeza —Ángeles González Sinde, Manuel Borja Villel, Miguel Bosé y Blanca Portillo— la primera de la lista era la más indicada. ¿Por qué? Porque era la más netamente de izquierdas (según la Cosa Nostra de perfiles variopintos que conforman SGAE, La Sexta, Mediapro, Público…).
Por si fuera poco la que está cayendo, la Omertá perfuma el ambiente ministerial.
comentario de: brumaria enviado el Abril 10, 2009 10:29 PM
Estimado José Luis:
Acabo de leer, con interés, tu artículo “La sonrisa helada”, y sobre él me gustaría hacerte llegar algunas consideraciones.
Pienso que el ejercicio de la crítica sobre los programas o actuaciones de los museos, o demás aspectos del universo de la cultura, es plenamente legítima. No entro, por tanto, a valorar tus opiniones sobre la nueva presentación de la colección del Museo Reina Sofía, aunque quizás fuera prudente esperar a poder visitar y conocer directamente esa nueva presentación.
Lo que quiero sobre todo aclarar es lo referente al concurso para la selección del Director del Museo. Después de un proceso previo de selección, el Jurado eligió a los finalistas, y para tomar su decisión final tuvo en cuenta tres elementos: la trayectoria profesional de los candidatos, la memoria-proyecto presentada, y los planteamientos expresados ante el Jurado en la entrevista que tuvo lugar con los finalistas. Ya en otras ocasiones se ha planteado por qué no se ha hecho pública esa memoria-proyecto: en el Ministerio de Cultura decidimos que no era procedente su publicación, dado que es un texto cuya autoría pertenece a su autor, que es quien debe decidir si lo publica y cómo. Yo mismo así se lo comenté a Manuel Borja-Villel, quien me respondió que por su parte no tendría ningún problema en publicarlo. Quizás sea bueno que dicha publicación no se demore ya más.
Por otra parte, quiero indicar que la aplicación de un código de Buenas Prácticas en las instituciones culturales fue una decisión del Gobierno de España, adoptada formalmente por el Consejo de Ministros. En mi opinión, se trata de una importante conquista democrática, que se aplica en la formación de los patronatos de los museos, en la selección de los directores de los mismos (adecuando en cada caso la fórmula que resulta viable desde un punto de vista administrativo), y también en la formación de los jurados que otorgan premios oficiales del Ministerio de Cultura. Ojalá podamos seguir avanzando en esa dirección, y perfeccionando todo lo que sea posible el funcionamiento democrático y profesional de las instituciones culturales, sin que éstas dependan de los cambios políticos. Pero lo conseguido hasta ahora, gracias a todos los agentes institucionales y a las personas implicadas, me parece de un gran valor. Y ya que estamos en ello, creo que es la primera vez que un cambio en el responsable del Ministerio de Cultura no abre la más mínima posibilidad de plantearse siquiera una sustitución en las direcciones de los museos del Estado. Lo que no es poca cosa, si miramos hacia atrás…
No tengo inconveniente, si lo consideras oportuno, en que traslades estas opiniones en los foros públicos que consideres más adecuados.
Te envío un abrazo,
José Jiménez
comentario de: José Jiménez enviado el Mayo 2, 2009 10:03 AM