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Enero 16, 2009
La verdad - Andrés Hoyos
Originalmente en Malpensante.com
El peligroso coctel de la juventud y la efervescencia política puede conducir a errores irreparables. Cincuenta años después de haber cometido uno muy grave, la vida le pasa factura a Milan Kundera.
Que los regímenes totalitarios se basan en la mentira es algo sabido; mucho menos lo es que a veces convierten la verdad en un arma brutal.
Caído el Muro de Berlín, el escritor checo Milan Kundera empezó a aparecer cada vez menos en público. Él, que hasta entonces había cultivado el estatus del refugiado político de alto perfil, en forma paulatina dejó de dar entrevistas y se fue volviendo cada vez más recluso.
Kundera había nacido en 1929 y en su juventud fue un ferviente comunista al igual que muchos checos después de la Segunda Guerra Mundial. En 1950, un año crucial para todo lo que sigue, lo expulsaron del Partido Comunista, siendo readmitido en 1956 y vuelto a expulsar, esta vez en forma definitiva, en 1970. En el interregno murió Stalin, surgió la Primavera de Praga, en la cual Kundera desempeñó un papel muy destacado, y los tanques soviéticos la aplastaron. Las puertas de ahí en adelante se le fueron cerrando al escritor disidente. Por eso, a nadie le extrañó que emigrara a Francia en 1975 cuando por fin pudo, ni que adquiriera la nacionalidad francesa en 1981 después de que lo despojaran oficialmente de la checa en 1979. La inserción de Kundera en su país de adopción fue tan completa que un buen día dejó de escribir en checo y se pasó al francés.
Llegados los días de la Revolución de Terciopelo en 1989, el ya célebre Kundera acogió con entusiasmo la elección de su amigo, Vaclav Havel, como primer presidente del país liberado, pero ni siquiera este desarrollo espectacular impidió que el escritor le diese la espalda a su país de origen. Las pocas visitas que Kundera ha hecho a tierras checas a partir de 1989 han sido en condición de incógnito, como si quien regresara a la Praga democrática no fuera él mismo, sino un fantasma. Su creciente aversión por todo lo checo es obviamente conocida por sus compatriotas, quienes la corresponden con creces, de suerte que la mutua animosidad no ha hecho más que crecer. No sé si alguien haya detectado que la actitud de Kundera a todo lo largo escondía un misterio. Yo no: siempre pensé que era un autor neurótico de la escuela clásica.
Arrastremos ahora a escena a Miroslav Dvoracek, el guapo y enigmático preso de aire desafiante y fatalista cuya foto publicamos en estas páginas. Nacido un año antes que Kundera, en 1928, Dvoracek fue piloto militar durante la guerra, pero al tomarse el poder los comunistas en 1948 lo licenciaron, como hicieron con muchos compatriotas. Una vez le informaron que debía alistarse en la infantería, Dvoracek desertó, y pasadas no pocas peripecias fue a parar a Munich. Allí, aparentemente sin pensarlo de a mucho, se ofreció como espía a una organización presidida por el general Frantisek Moravec, un héroe checo de la guerra contra los nazis. Lo primero que le pidieron a Dvoracek fue que viajara a Praga a contactar a un importante dirigente de Chemapol, la industria química del país. La misión fue un fracaso que casi termina con su arresto. Al año siguiente Dvoracek intentó por segunda vez la misma misión, pero en esta ocasión tampoco le fue fácil contactar al bendito funcionario. Como no lo hallaba, se puso a vagabundear por Praga, y en un puente sobre el río se cruzó con Iva Militka, una muchacha conocida de la infancia, a la que acompañó a la residencia de estudiantes en la que vivía. Allí dejó un maletín a su cuidado. Tras salir al día siguiente a buscar una vez más al elusivo funcionario del emporio químico, de nuevo con resultados nulos, quiso volver al dormitorio de Iva, donde pensaba recobrar su maletín y pasar la noche antes de regresar a Alemania. A la entrada los agentes de la STB, la policía política de la época, le cayeron encima.
Lo que siguió para Dvoracek fue un calvario similar al padecido por miles en la época. Pronto le hicieron un juicio sumario en el que el fiscal pidió para él la pena de muerte por deserción y espionaje. Las fotos que lo muestran desafiante son de ese momento. A la hora de la sentencia, la pena de muerte le fue conmutada por una condena a 22 años de cárcel, de los cuales pagó 14, buena parte de ellos de trabajos forzados en una mina de uranio en Pribram. Una vez lo dejaron libre, Dvoracek se las arregló para fugarse a Occidente, y ha vivido en Suecia a partir de entonces.
Pasaron varias décadas y en febrero de este año abrió sus puertas en Praga el Instituto para el Estudio de los Regímenes Totalitarios (USTRCR), uno de esos organismos públicos que tan sólo surgen en países que han padecido una larga dictadura, a la vez brutal y metódica, como sucedió en la antigua Checoslovaquia. El instituto, parecido en su misión a otros que han ido apareciendo en los países del vecindario, tiene el cometido de investigar y analizar la ocupación nazi y la posterior época comunista en tierras checas. Su lema, que la tradición suele atribuir nada menos que a Lenin, asegura que quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo. No se cita ningún corolario, como aquel que dice que quien se ensaña demasiado con su pasado corre el riesgo de convertirse en rehén de él.
Pues bien, no alcanzaron a pasar nueve meses desde que fundaron el instituto cuando las redes extrajeron de sus aguas a un pez gordo. Dice un informe de la Policía de Praga que el instituto dio a conocer en estos días:
Milan Kundera, estudiante, nacido el 1 de abril de 1929 en Brno, residente del dormitorio de estudiantes Praga VII... vino hoy a las 4 p.m. al departamento de policía local e hizo una declaración sobre Iva Militka, una estudiante que vive en la misma residencia. Ella le contó a un compañero de estudios apellidado Dlask [su futuro esposo] que se había encontrado con un amigo suyo, llamado Miroslav Dvoracek, en el barrio praguense de Klarov. Dvoracek debía darle a guardar un maletín, diciendo que pensaba recogerlo en la tarde del 14 de marzo de 1950. Basados en esa declaración, los agentes Rosickly y Hanton fueron hasta la residencia estudiantil y examinaron el maletín...(1)
El reporte, fechado el propio 14 de marzo de 1950, sigue describiendo con su prosa escueta y exacta el arresto del infortunado espía. La musa, que no suele frecuentar los antros de la policía secreta, tan sólo se hace presente fugazmente cuando el informe describe el contenido del maletín: “dos sombreros, dos pares de guantes, dos gafas de sol y un tubo de crema”. ¡Eran los regalos que Dvoracek pensaba llevar consigo a Alemania!
Al leer uno el informe, la primera conclusión que saca es que casi con seguridad es verídico. Aparte de la apariencia de autenticidad de las imágenes que salen en internet y del origen oficial del informe, hay en su tranquila crueldad burocrática algo casi imposible de inventar o de falsificar. Lo que se sigue de ahí es mucho más complicado: ¿estamos ante el viejo secreto con el que ha cargado Kundera durante más de medio siglo? El escritor, próximo a cumplir 80 años, obviamente lo ha negado todo y amenazó con demandas a la revista Respekt, que publicó la noticia por primera vez, agregando que el proceso busca “el asesinato de un autor”. La verdad, pues, como un arma de efectos devastadores.
Por una asombrosa coincidencia, todo lo que ahora le pasa a Kundera parece una novela de aquellas que apenas se incuban en lugares como los que cobijaba sin piedad la vieja Cortina de Hierro. Un hombre comete una traición y, abrumado por la culpa, da un brusco viraje político que lo convierte en enemigo del opresivo régimen con el que colaboró. Medio siglo después y cuando la vida ya lo ha convertido en un escritor célebre, que incluso figura año tras año en la lista de posibles ganadores del Premio Nobel, la lentísima realidad burocrática alcanza al hombre y se encarga de revelar de un plumazo su complejísimo destino, lleno de horror y de comedia. Lo más escalofriante no es que la trama involucre al recluso autor checo-francés, sino que parece escrita por él.
El caso dista mucho de ser único en los anales artísticos del siglo XX. Mucho se discutió en tiempos recientes sobre el complejo episodio de la militancia adolescente de Günter Grass en los ss hitlerianos, una historia que también permaneció oculta por más de cincuenta años y que también resurgió por accidente. Por su parte, Emil Cioran fue miembro en su juventud de la Guardia de Hierro, una organización fascista de su Rumania natal, y en más de una ocasión declaró su admiración explícita por Hitler. Hoy puede asegurarse que gran parte del pesimismo brutal que cargan los libros de postguerra de Cioran se debió a que no podía con la culpa. Entre los rusos, a Shostakovich y a Prokofiev hace mucho que los académicos moralistas les vienen escarbando la vida durante las turbias entretelas del período estalinista, donde como mínimo ambos compositores fueron serviles con un régimen que, claro, solía asesinar a los orgullosos. Cómo será de inclemente esta curiosidad, que ni siquiera Lech Walesa se ha librado de ella, pues en tiempos recientes los gemelos Kaczynski, reinantes en Polonia, lo han querido enlodar con historias parecidas a la de Kundera.
El imperativo categórico de Kant, según el cual todas las actividades de una persona se deben realizar como si pudieran constituir un modelo para la humanidad, no solo entraña una alucinación, sino una alucinación peligrosa y persistente. Rara que es la mezcla entre las ideas y la culpa, mientras que el cristianismo permite la redención de los pecados (a cambio, eso sí, de un dominio de la fe sobre la conciencia), algunos de los practicantes más extremistas de las religiones kantianas no permiten nada parecido: una vez pecador, dicen, la culpa dura hasta la muerte, y más allá.
Se soslaya en todo este proceso que los pecadores que vienen siendo condenados vivían bajo regímenes totalitarios dados a una fuerte coacción o simplemente eran jóvenes fogosos en tiempos de extrema confusión. Con todo, tampoco puede decirse que quien hizo algo condenable no lo hizo. ¿Cómo solucionar el enredo si en los territorios laicos no existe un Cordero de Dios que quite los pecados del mundo? Yo tampoco lo sé. De cualquier modo, no me parece para nada raro que Kundera hubiera querido erigirse en una suerte de conciencia moral del entorno; ante un obstáculo ineludible hacia el pasado, ¿acaso no tiene sentido proclamar en forma de apuesta casi suicida que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”? Su solución me parece original: apostarlo casi todo a un número perdedor.
Viene aquí una nueva torcedura de la historia: la estética. No es imposible que las duras experiencias de la inmediata posguerra hayan terminado por convertir a Milan Kundera en un gran escritor. Al fin y al cabo, desde Tolstoi se sabe que la literatura se lleva mal con la felicidad, y es bastante raro que las personas trasparentes y sin conflictos internos escriban buenos libros. Ya lo decía el mil veces citado Gide: con buenos sentimientos no se hace buena literatura. Sobra decir que un lío como el que le están recetando a Kundera, de ser cierto, implica llevar por dentro una fuente constante de infelicidad.
Dvoracek, quien en junio de este año sufrió un derrame cerebral que lo dejó semi paralizado, ha pensado todos estos años que Iva Militka lo delató. Cuando en días pasados le fueron con la novedad de que había sido Kundera, dio a entender que comprendía lo que le decían, pero que ya no le importaba pues nadie le iba a devolver el tiempo perdido. La propia Iva, que se ha sentido culpable durante 58 años por cuenta de la posible delación cometida por Dlask, su marido, que entonces era un comunista fiel, dice que tampoco le importa mayor cosa lo que haga o deje de hacer el escritor.
Uno se pregunta: ¿a todas éstas ya caducó la responsabilidad de los policías del régimen?
Yo no voy a dejar de leer a Kundera debido a esta historia, como no dejé de apreciar la sinceridad de Cioran al enterarme de sus andanzas de preguerra. Creo, sin embargo, que si las dolorosas encrucijadas de 1950 sembraron en el novelista unos conflictos interiores que le ayudaron a ser un gran escritor, su posterior fobia por todo lo checo y su paso al francés no han sido la mejor receta de continuidad literaria. Quedan, en la mitad, muchos libros memorables.
Una última torcedura de la historia es que según todas las evidencias existentes Kundera y Dvoracek no llegaron a conocerse. Por lo visto, ya nunca se conocerán.
Nota:
(1) Ver: http://www.ustrcr.cz/en/recollections-of-anti-communist-fighters-and-resistants-miroslav-dvoracek
Enviado el 16 de Enero. << Volver a la página principal << |
