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Enero 15, 2009

Jardín prohibido - Mercedes Monmany

Originalmente en abc.es | ABCD

kaplan.jpg «El mejor libro de viajes de este siglo comienza en la estación de ferrocarril de Zagreb, en la lluviosa primavera de 1937.» Así arranca Fantasmas balcánicos (Ediciones B, 1998), que el periodista americano Robert D. Kaplan dedicaría a una de las mejores y más prolíficas escritoras del pasado siglo, Rebecca West (Kerry, Irlanda, 1892-Londres, 1983). Kaplan se refería a esa magnífica obra enciclopédica, un clásico absoluto en su campo, que era Cordero negro, halcón gris (Ediciones B, 2001), «apoteosis del género de viajes», según The New York Review of Books, y de la que The New Yorker dijo que sólo era comparable a la de T. E. Lawrence. Un libro, aparecido en 1941, que era todo a la vez: saga dinástica de los Habsburgo, psicoanálisis de la mente germana y los totalitarismos, inventario minucioso de avatares en el inextricable mundo balcánico y lúcido análisis sobre los orígenes del fascismo y el terrorismo, ya presentes, de forma ininterrumpida, y con toda ferocidad, en el siglo XIX.

Mezcla de Lilian Hellman, Hannah Arendt y un futuro Kapuscinski, West aunaría una inagotable curiosidad por ahondar en los más diversos debates sociales y políticos de su tiempo, una solidísima formación como historiadora, antropóloga y cronista, y unas refinadas y penetrantes dotes literarias en cualquiera de sus escritos. Mordaz, irónica, aguda, rebelde e inconformista, pocos campos le quedarían vedados a esta ardiente polemista y mujer de letras: periodista de gran influencia, novelista de fama, cronista de grandes procesos -como el de Nuremberg-, viajera, pionera del feminismo y de los movimientos sufragistas, crítica literaria para diversas publicaciones, así como autora de ensayos sobre Henry James, Kafka o James Joyce.

Tiranía Bolchevique.
En aquellos tumultuosos tiempos que le tocó vivir, y a pesar de ser una reconocida intelectual de izquierdas, tuvo la lucidez de ser una de las primeras en denunciar la tiranía bolchevique y en no dejarse arrastrar, como muchos socialistas británicos de su época, por la inmensa trama de mentiras extendida internacionalmente tras la llegada de la Revolución rusa. Conocedora asimismo de las amenazas reales del nazismo desde sus primeros momentos, West también fue muy crítica con los que defendían la no intervención contra Hitler. Compañera sentimental del escritor H. G. Wells durante una década, unión de la que nacería un hijo, también escritor, Anthony West, y habiendo vilipendiado desde siempre la institución del matrimonio, sorprendió a todos casándose en 1930 con el banquero Henri Maxwell Andrews.

La forma de explicar el impulso que le llevó a emprender Cordero negro, halcón gris en los Balcanes es en sí mismo todo un clásico: estando internada en un hospital de Londres en 1934, Rebecca (que en realidad se llamaba Cicely Isabel Fairfield, pero que tomó el seudónimo de una heroína de Ibsen) escuchó en la radio que acababa de morir el rey Alejandro de Yugoslavia, junto al ministro francés de Exteriores, asesinados ambos por un terrorista macedonio enviado a Marsella por ultranacionalistas croatas.

Una ciencia poco conocida.
«De repente me di cuenta -dice West- de que mi vida estaba pespunteada por magnicidios y gritos de vendedores de periódicos anunciando que alguien había empleado un arma determinada para pasar una nueva página de la Historia.» Esos asesinatos tenían origen en los Balcanes. Así que, para «formarse una opinión», emprendería diversos viajes a lo largo de los años 30 con objeto de remediar la incomprensión absoluta de otros compatriotas suyos bienintencionados que, periódicamente, visitaban aquellas tierras «para ver quién trataba mal a quién, incapaces de aceptar la horrenda hipótesis de que todo el mundo trataba mal a todo el mundo».

Una de las primeras obras literarias que afrontaría el tema del psicoanálisis, ciencia aún poco conocida por el gran público de su época, la exquisita y chejoviana joya literaria que es El regreso del soldado, una especie de El jardín de los cerezos ambientado en la campiña inglesa, fue la primera novela publicada por esta autora, en 1918, cuando tenía 25 años. El doctor Gilbert Anderson, el diminuto médico freudiano que aparece en la novela, cuyo físico destartalado recordaba al de Wells, daría en su breve aparición un curso acelerado sobre los mecanismos del inconsciente: «Hay un ser profundo, un ser esencial, que tiene su propia voluntad, por encima del superficial, a través del cual los verdaderos deseos son suprimidos?».

En esta delicada elegía sobre los paraísos perdidos «en rincones lejanos de la mente y del alma», un joven soldado, herido en el frente de Flandes durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, regresa temporalmente a Inglaterra y a su hogar para curarse de una «neurosis de guerra». Pronto, los médicos que le atienden descubren que su amnesia ha cancelado por completo los últimos quince años de su vida.

Primer amor.
Casado con la elegante y fría Kitty, a la que no reconoce, sólo recuerda un pasado ligado a su infancia, a través de su prima Jenny, con la que se crió y, sobre todo, su primer y fogoso amor con una mujer de clase baja, Margaret, cuya presencia «vulgar», pero aparentemente curativa y terapéutica, es vista en la aristocrática mansión campestre de los Baldry como un auténtico escándalo: «Un borrón canceroso en un mundo de belleza». O, si se prefiere, como una especie de revelación perversa del destino que actúa contra el mundo «civilizado» de las apariencias y la contención.

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