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Enero 24, 2009
Cine político impresionista - ESTEBAN HERNÁNDEZ
Originalmente en CULTURA|S
Cuando en 1946, Robert Penn Warren escribe All the king´s men,hacer política significaba ganarse a unas clases populares cuyas aspiraciones se cifraban en términos materiales: querían más trabajo y mejores salarios, más hospitales y escuelas, mejores condiciones de vida. En esas sociedades altamente reguladas, donde predominaba lo patriarcal, lo identitario y lo funcional, el primer deseo era salir de la necesidad y consolidar los procesos acumulativos, de forma que los hijos pudieran beneficiarse del esfuerzo de los padres. Pero, nos contaba Penn Warren, tales promesas incluían un notable riesgo, en tanto suponían el soporte perfecto para que nuevos políticos (el temor a Roosevelt y su New Deal era el telón de fondo) secuestrasen la democracia.
Tal actualización de la vieja idea liberal, según la cual la búsqueda política del bien acaba por llevarnos a la tiranía, estuvo en el centro de la aceptación que obtuvo El político (1949), la adaptación dirigida por Robert Rossen, y fue también la razón del fracaso de Todos los hombres del Rey (Zaillian, 2006), la versión moderna protagonizada por un excesivo Sean Penn. Puesto que después del 11-S ni los mensajes materiales ni la prevención contra los populismos estaban en la primera plana de la actualidad occidental (quedando restringidos a apuestas extrasistema o a contextos como el sudamericano) el público no encontró ningún punto de identificación con la relectura de Zaillian. Yesque la opulenta sociedad occidental, afirman los expertos, ya no está interesada en la redistribución de la riqueza sino en el reconocimiento de derechos.
La génesis moderna de esa perspectiva es la que, con mirada impresionista, nos narra Gus van Sant en Mi nombre es Harvey Milk.La nueva política partía de la convicción de que ya no estábamos ante masas necesitadas que amenazaban la funcionalidad social, sino ante grupos de interés que requerían ser integrados en los beneficios del sistema. La idea cuajó en los partidos progresistas, quienes optaron por abandonar al trabajador como pivote de su acción y lo sustituyeron por la defensa de quienes sufrían situaciones de dominación, víctimas socialmente invisibles de abusos justificados por la raza, el género o la elección sexual. Un proceso que Harvey Milk ilustra convenientemente, mostrándonos cómo estos nuevos colectivos arraigaron en un espacio local, a partir del cual trataban de intervenir en políticas municipales, y en una zona simbólica, especialmente apta para su difusión en los medios, para influir en las políticas estatales.
Con ese propósito documental, Van Sant elige un camino peculiar, apostando por una narración que conserva la linealidad pero que se alimenta más de pequeños momentos que de grandes historias; igualmente, prefiere centrarse en la gestualidad de sus personajes antes que en la descripción de sus motivaciones o en sus contradicciones internas. Quizá porque, para Van Sant, la verdad está en la epidermis: lo que vemos es lo que hay. Y lo que aparece en la superficie, en la primera mitad del largometraje, es tanto el sufrimiento (físico y psíquico) que causa la sociedad a los homosexuales como la lucha de estos por dejar de ser víctimas invisibles, haciendo efectivos unos derechos que les son arbitrariamente negados.
Para la segunda mitad de la película, Van Sant prefiere desviar la mirada del movimiento gay y centrarse en sus oponentes, a quienes el nuevo terreno de juego les resulta intolerable. Un giro con el que, aun de modo involuntario, nos subraya cómo el colectivo gay ha sido para los progresistas la pantalla sobre la que se refleja el verdadero rostro del enemigo. Si para la izquierda fordista el mal provenía de empresarios avariciosos que no encontraban límites a sus ansias de beneficios y poder, para los progresistas contemporáneos el peligro queda encarnado en esos hombres racistas, sexistas, homófobos y profundamente antimodernos que tratan de impedir el progreso en cualquier orden vital.
Por eso la relación entre Harvey Milk y su asesino, el concejal conservador Dan White, se convertirá en el verdadero centro del largometraje, en tanto metáfora exacta de la tensión entre la expresividad, la energía y la vitalidad de movimientos que han sido históricamente oprimidos y la ranciedad, la rigidez y la intolerancia de sus oponentes. Otra cosa es que este marco, que recuerda las críticas de la burguesía a la aristocracia en siglos pasados, yque ha sido discursivamente muy frecuente en el enfrentamiento político, pueda entenderse de aplicación a tiempos como los actuales: el declive de la clase media parece asegurar el regreso de los mensajes materiales...
Enviado el 24 de Enero. << Volver a la página principal << |
