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Diciembre 15, 2008
Yo, es otro - Andres isaac santana
Por convención, las celebraciones hiperbólicas de la identidad del otro, de la cultura del otro, suponen –muchas veces- una peligrosa usurpación del lugar de la voz, un reajuste escamoteado y cínico que rentabiliza su legitimidad en tanto souvenir o fetiche de alto rendimiento en el perímetro de la cultura global. Creo que es justo esta una de las grandes contradicciones en la que se ven atrapados muchos de esos gestos de reivindicación y de activismo sociopolíticos.
El festival VivAmérica, pudiera granjearse un sitio de privilegio en esta nómina de dudosa valía ética; sin embargo, la enjundia y riqueza de su programación, más allá de la recurrencia fútil a un par de tópicos y ardides retóricos que caen por su propio peso, le salva de convertirse en una de esas festividades en las que importa más el botellón y la pachanga, que la verdadera estimación y respecto por el valor cultural de la diferencia. En cualquier caso, siempre cabe la posibilidad de la sospecha, el impulso feroz de la duda: aquí se celebra una cultura que hace la suerte de “adorno” de otra, de otra que además se declara, se jacta y se reconoce inclusiva y democrática; mientras que los hijos de América (detrás de las fronteras) son víctimas de fuertes dramas económicos y políticos. Lejos están ellos de imaginar y comprender esta fiesta, que en principio reivindica la valía de su identidad cultural.
Por fortuna, el arte contemporáneo, al que tanto se le niega la posibilidad de redimir el dolor o de hacer denuncia y comentario crítico sobre la realidad que genera y fundamenta ese dolor y ese miedo, muchas veces logra responder a estos problemas con un estoicismo y rectitud moral poco menos que ejemplarizante. La muestra Camino de santos es, en este sentido, una auténtica ofrenda al espíritu de integración y al rebajamiento de la hegemonía, que no hace sino corroborar la capacidad del arte para solventar los desencuentros humanos.
Esta es una exposición hermosa, robusta, prueba de que existe la posibilidad del diálogo, de la asociación de ideas que no por distintas han de ser antagónicas. Su puesta en escena es de una elegancia poco común en la Casa, pero que se agradece y se celebra. Su trazado museográfico no responde tan solo a una distribución más o menos correcta de las obras, sino que es en sí mismo una pieza, un discurso, un elemento propositivo, una manifestación clarísima de conceptos que viajan desde una sobriedad casi minimalista hasta la epifanía del delirio barroco. Es, con todo, un gesto de integración en el que ninguna de las voces autorales avasalla a la otra, más bien se acoplan en un gesto no disimulado de amistad y de afecto. Hay mesura y cordialidad, ingenuidad y belleza, pero también (y mucho) visceralidad antropológica y cultural. Ambas poéticas traducen estados de ánimos, reverencian posicionamientos culturales y advierte, con pericia extrema, del valor de la “integridad” e “integración” de los mapas y de las cartografías por sobre la dictadura de las fronteras, encargadas de parcelar, de dividir, de coaptar la libertar, en definitiva de matar el sueño a favor de la ideología.
Leirner y Mendes, han sido invitados a construir un texto de reflexiones y de embestidas, de belleza y de estatura cultural. Y justo eso han conseguido, superando la prueba de la proximidad y las barreras del ego, en virtud de una propuesta que mezcla, como el mejor de los ajiacos, ambas fuerzas creativas. El principio fue el cruce epistolar entre ambos. El final, la construcción de un teatro de lo real-maravilloso que descubre la densidad conceptual de los artistas fundidos ahora en uno solo.. La muestra se convierte así en una gran metáfora del mundo contemporáneo, asistido como lo está, por la complejidad en la circulación de los saberes culturales, de un falso espíritu de religiosidad con el que se pretende soliviantar el drama cotidiano, y el culto banal a los desfiles (o peregrinación, al cabo es lo mismo) que sirven para la consumación del poder y de la gloria de los políticos de turno.
Camino de santos, trasciende su mero formato de la exposición al uso para enfundarse a sí misma en el traje de la alegoría. En tal sentido deviene en escenario tropológico en el que la densidad poética filtra numerosas situaciones harto paradójicas del mundo contemporáneo. Así, religión y paganismo, centro y periferia, lo uno y lo otro, el yo y mi doble, hegemonía y subalternidad, peregrinación de fe y marcha política, son algunos de los ejes sobre los que esta propuesta lanza una reflexión al mismo tiempos que un comentario inteligente, audaz y crítico.
Enviado el 15 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
