« Y a ti te encontré en la calle - Javier Montes | >> Portada << | Mover conciencias- Ruth Estévez »

Diciembre 10, 2008

Más cine que novela - Carlos Yushimito del Valle

Originalmente en Hoja por hoja

Yerba americana
Pablo Soler Frost
México, Era-Conaculta, 2008, 187 p.

peyote-725752.jpg Después de su trilogía de los Jensen, novelas históricas de aventuras en que se narra la saga de una familia de marinos daneses, y de 1767, sobre el destierro de los jesuitas novohispanos, Pablo Soler Frost presenta Yerba americana, historia de un triángulo unido no por el sexo sino por el deseo, en un viaje de búsqueda hacia Estados Unidos.

Yerba americana, sexta novela de Pablo Soler Frost, fue antes de transformarse en novela un guión cinematográfico. Este dato no pertenece simplemente a la biografía íntima del texto; define también sus propios rasgos genéticos, y lo hace con tal transparencia que termina por convertirse en el primer e insalvable desperfecto de su estructura. Recuerdo a propósito de este hecho (la de los frecuentes intercambios entre las narrativas del cine y de la literatura) la siguiente frase de Ricardo Piglia: la única semejanza entre la imaginación literaria y la cinematográfica se halla en el relato; el cine depende de las ideas; la literatura, en cambio, de las palabras.

Dicho esto, vayamos a la primera conclusión: Yerba americana es un libro que posee muchas (y excelentes) ideas; pero que adolece de prosa. Sus diálogos revelan un gran oído “coloquial”, pero en la narrativa literaria (concordaremos) esto no basta. Pese a su mudanza, el libro de Soler Frost sigue perteneciendo al imaginario cinematográfico, a un mundo esencialmente visual, del que no acaba nunca de irse.

El resultado es un simple y plano trasvaso del relato original; un remiendo verbal que delata en exceso las costuras del disfraz que lleva puesto. Insistiré, pues, en lo que dijera Piglia: las novelas se escriben con palabras, no con ideas. Son las palabras las que dotan de atmósferas a las escenas, y de profundidad a los personajes, y de complejidad al texto. Las palabras, no limitadas a enhebrar diálogos, estructuran una lógica formal en que la estética (rupturista o no) se moldea para sensibilizar a un lector ideal, alejado de las convenciones de narrar que le son propias a la cinematografía.

Como natural consecuencia de lo anterior, en Yerba americana no hay atmósferas sino sugerencias de imágenes; no hay personajes, sino subjetividades dispersas y fragmentarias. Al negarles el desarrollo psicológico a sus tres protagonistas (Andrés, Pato y Ecuador), el narrador termina abandonándolos en el reflujo que ha creado con su propio ritmo. Son incapaces de salir a flote ante la velocidad y ubicuidad vertiginosa que le ha impuesto a su lenguaje. No obstante el atrevimiento formal, resulta insuficiente la apuesta técnica delegada a un narrador en segunda persona, esa voz deliberadamente apostrófica, más próxima a la poesía dialógica que a la prosa novelesca de una road novel. La tensa lucha por la expresión de lo objetivo y lo subjetivo (la omnisciencia y la intimidad) acaba no por dar un reflejo, una mímesis adecuada del lenguaje audiovisual, sino por debilitar el discurso mismo, incluso en su sintaxis. Los tiempos verbales padecen momentos de antinaturalidad, y el ritmo adquiere sonoridad difícil y por momentos poco afortunada. Las alusiones a románticos y modernistas en cada capítulo-escena traslucen una intención, pero no se justifican: el exceso de ideas traiciona aquí, nuevamente, a la palabra.

Pero si formalmente Yerba americana se pierde en su estructura, en el nivel del relato esboza en cambio muchas cosas interesantes. Personalmente creo que la historia puede leerse (para no escapar del diálogo intertextual) como el reverso de Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón. Al color local mexicano lo sustituye ahora el color local estadounidense. Hay un pliegue hacia fuera: los tres héroes (dos muchachos y una chica de clase media-alta) viajan a Nueva York y luego a California en un aprendizaje de rutas. Se trata de un escape en el que coinciden aunque por distintas biografías: un desplazamiento en busca de sentido, de madurez, de identidad, de afectividad y posiblemente de religiosidad (sea éste el peyote, el licor, Morrison o el padre Toribio Romo). Hay, en su aparente deambular sin brújula, física o emotiva, una búsqueda de fe que llene vacíos, y que la muerte repentina de uno de los protagonistas, al final, no resuelve. No hay una anagnórisis ni un aprendizaje, acaso moral, de la experiencia, sino una búsqueda que se reinicia como significado esencial de la vida.

A diferencia del relato de Cuarón, el sexo no es el eje en la novela de Soler Frost, aunque sí lo es el deseo. Un deseo triangular, complejo, menos adolescente. Frente a los cantos de sirena del imaginario estadounidense, es sugestivo el planteamiento que hace Soler Frost de esta juventud descolocada para la que no existen fronteras físicas y, quizá, ya ni siquiera ficticias. Es esta otra mirada (distinta a la efusiva producción del border writing mexicano), permeable y adaptativa a la influencia de la cultura popular audiovisual (cinematográfica, musical, televisiva) de Estados Unidos, y gran unificadora de sensibilidades a través del consumo, el espacio donde Andrés, Pato y Ecuador se mueven como peces en el agua.

En algún momento de la novela, citando a Monsiváis, Pato se refiere a Andrés como un miembro “de la primera generación de norteamericanos nacidos en México”. Quizá Soler Frost sea, si no el primero, sí el más honesto escritor mexicano en haberle rendido un homenaje a dicha sentencia.

Enviado el 10 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: