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Octubre 10, 2008

Payasos y bufones - Antonio Weinrichter

tropic_thunder_movie_image_ben_stiller__robert_downey_jr_and_jack_black.jpgOriginalmente en abc.es | ABCD

En un pionero estudio dedicado a la comedia cinematográfica, Brian Henderson se lamentaba de que no nos hubiera llegado la parte que Aristotéles dedicó en su Poética a la comedia (si es que llegó a escribirla). A este lamento, heredado de los estudios literarios, cabe añadir otro que atañe a un fenómeno específico del cine: no se ha hecho un estudio de la llamada comedia gamberra que la saque del ámbito de la parroquia friqui: su forma de defenderla, con modos de fanzine y actitud de agresiva autodefensa, apenas satisface a muchos otros que reconocemos la indudable vitalidad de esta variante escatológica de la comedia clásica.

Pese a los también pioneros esfuerzos del W. Paul de Gross-Out o, entre nosotros, C. Deleyto, M. Labayen o J. Costa, falta quien escriba un análisis con vocación de manifiesto tan elocuente como el que Susan Sontag dedicó al camp. Viene esto a cuento por el estreno entre nosotros de un especimen mayor de comedia gamberra, Tropic Thunder. Una guerra muy perra, cuyo explícito subtítulo español puede alejar a cierto tipo de espectador ilustrado.

El payaso.
Su guionista, director y protagonista es Ben Stiller, que ha hecho carrera en cine después de darse a conocer en televisión a principios de los años 90 con The Ben Stiller Show. Su personaje es una inversión del tipo cómico habitual: en vez de ser un inocente que esparce la destrucción a su alrededor poniendo en solfa ciertas convenciones sociales (de Chaplin a Jerry Lewis, de Harpo Marx al M. Hulot de Tati), Ben Stiller se especializa en personajes que sufren de forma intransitiva todo tipo de indignidades. Es el payaso que recibe las bofetadas. Véase el famoso gag en el que se pilla con la cremallera en Algo pasa con Mary, las que le hacen pasar su futuro suegro De Niro en Los padres de ella o su flamante mujer-trofeo en Matrimonio compulsivo, o su mismo atuendo en la más moderada Los Tennbaum, por no hablar de su agente Starsky en Starsky & Hutch o del icono de la pasarela que se reservó en Zoolander, un descerebrado de moda.

Stiller no teme hacer el ridículo y cuando acierta lo hace ampliando al máximo el sentido de la expresión «situación embarazosa» (véase su genial conversión en espalda mojada en Matrimonio compulsivo). Al mismo tiempo es un director reincidente: su estreno con Bocados de realidad no gustó a los comisarios de la generación X, de la que era sin embargo un honesto retrato.

Su ejercicio de estilo, y de mal rollo, Un loco a domicilio, donde jugaba con el lado menos risueño de Jim Carrey, tuvo mejor fortuna entre la friquicrítica; pero su verdadera personalidad como autor cómico asomó primero en Zoolander y se solidifica ahora con Tropic Thunder, no por casualidad las dos únicas películas suyas que ha escrito (ésta última en colaboración con un Etan Cohen, cuya «h» bailada confirma que no es el hermano de Joel Coen), y en las que se reserva un papel similar de estrella venida a menos que busca recuperar su estatus anterior.

Dado que en su faceta de actor Stiller no ha desdeñado hacer cine infantil (oide) o comedias románticas «blandas» tan del gusto de Hollywood, y que también ha aparecido en taquillazos de órdago, lo primero que sorprende de Tropic Thunder es su virulencia contra los vicios de esa industria que le fabrica vehículos a medida y cuya mano parece ahora morder con perruno entusiasmo.

Tono plañidero.
La película, en efecto, no es sino de manera nominal una sátira del cine bélico, subsección Vietnam, pese a contar el rodaje de una superproducción con ese tema. Realizada en plena escalada de 1969, M.A.S.H. sí era una renovadora comedia que por omisión apuntaba a la política exterior de la Administración. Tropic Thunder no deja de aludir al modo plañidero-épico con que Hollywood ha solido tratar la intervención en Vietnam, en ese gag inicial en el que el malherido Speedman (Stiller) ensaya una escena en la que debe aflojar las lágrimas, sin conseguirlo.

Pero el referente del filme no es ése Altman sino otro, el de El juego de Hollywood: su objetivo es la política interior? y no del Pentágono, sino de Hollywood. Ese tipo de escena lacrimógena es la que luego te consigue un Oscar, como el papel de borderline (piensen en Rain Man) que antes había acometido el mismo Speedman para redimir su imagen de actor de acción con un film de prestigio? sólo que erró el tiro y lo hizo totally retarded.

El boicoteo puesto en marcha contra Tropic Thunder por los grupos que defienden la imagen de los discapacitados yerra también el tiro: el chiste no va contra ellos sino contra la imagen que Hollywood da de ellos. La lista de boicoteos contra esta película podría multiplicarse (veteranos de guerra, comisarios que vigilan estereotipos étnicos, por no hablar de la -inexistente- brigada del buen gusto) pero los principales damnificados seguro que no van a hacerlo, dado el éxito que está teniendo. Hollywood lo soporta todo menos el fracaso: las películas de las que se burla Tropic Thunder en esos inspirados trailers falsos iniciales, y en el resto de su metraje, son las que mantienen a la industria.

Caballo de Troya.
El gran mérito de Stiller es que esta sangrienta sátira es un caballo de Troya que monta uno de la casa, no un resentido independiente, y lo bien que sabe reirse del ego, insaciable y disfuncionalmente frágil, de actores como los que la protagonizan, capaces de seguir en carácter en plena jungla sin darse cuenta de que no puede haber cámaras ocultas en cada rincón de la espesura. Pedir además que fuera una película respetuosa sería ponerle un bozal al bufón.

Enviado el 10 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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