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Octubre 28, 2008
La casa, el viejo y el faro: Del sendero de la certidumbre al extravío de lo real - Píter Ortega Núñez
(Un acercamiento a la obra de Jorge López Pardo) (1)
I
Un avión se despeña en paraje desconocido, un sitio donde nadie alcanza a presenciar el cataclismo. Mientras, el viejo, calado por un ininteligible haz de luz directamente en la frente, proyecta su mirada al vacío, al infinito, para luego darnos la espalda, cabizbajo y taciturno, en un acto que insinúa abandono, orfandad, consternación. Los faros parecen haber extraviado su misión, su sentido último: el de guía o salvamento que ilumina el sendero de la certidumbre. Han dado la espalda a su gestión emancipatoria. Simbolizan más bien un augurio oscuro, dudoso, un llamado de alerta a los «navíos» sobre el carácter incierto del embarcadero que se les encima. Son una incitación al alejamiento más que una señal de bienvenida. Se muestran erguidos pero su funcionamiento es exiguo, decadente: no son capaces de irradiar otro efecto que no sea el de su propia sombra. Su lente desconoce los favores del alumbramiento. Una cerca se empeña en obstruirnos el camino, al tiempo que numerosas viviendas se revelan inhóspitas, en un estado constructivo que no tolera la presencia del hombre. Parábola del encerramiento, de la clausura: ventanas y puertas han sido suprimidas.
II
Silencio, soledad y estatismo son las tres categorías que mejor definen a los paisajes de Jorge López Pardo. En sus obras el tiempo y el espacio están sometidos a una indefinición perpetua. Las coordenadas del pasado, presente y futuro han sido despojadas de su lógica habitual, dando paso a un cronotopo que pone en crisis toda perspectiva histórica u horizonte cultural concretos. Poco importa si es de día o de noche, o en qué momento transcurre lo representado, como también intrascendente resulta el discernimiento del escenario geográfico que sirve de sostén a la escena expuesta. Las imágenes de López habitan la insalvable angustia del mutismo y la ambivalencia, están como detenidas en medio de una coyuntura temporal que trasciende nuestra capacidad de raciocinio. Son un golpe bien fuerte al sentido común y a las estrategias consensuadas de asociación semiótica tempoespacial. Su referente no es lo real, sino un sustituto bastardo, impostado, un sistema de signos que opera en los niveles de la suprarrealidad. Son en este sentido metafísicas. De ahí que recuerden en alguna medida la imaginería de Giorgio de Chirico y algunos otros de los llamados «pintores metafísicos» europeos, salvando las distancias de la gama cromática, claro está.
El empleo del color –o mejor, la ausencia de este– juega un papel determinante para lograr esa atmósfera enrarecida potenciada por el creador. Ya sea en el caso de los dibujos a grafito sobre lienzo, o bien en los óleos y acrílicos, la paleta es casi siempre acromática, a golpe de blanco, negro y grises, lo cual acentúa aun más el desapego con respecto a lo real y el halo místico y ensombrecido de las propuestas. En algunos ejemplos puntuales, la perspectiva y el punto de fuga también se indefinen, apoyando la dramaturgia de las piezas. En relación con el rubro de la perspectiva, hay un cuadro en el que se observa una línea de ferrocarril en vista frontal donde destaca especialmente el efecto de prolongación del icono más allá de la superficie del lienzo, sensación de virtualidad que pone de manifiesto el altísimo dominio técnico del artista y su habilidad en la administración del espacio representacional.
Si bien estilísticamente los paisajes de López Pardo evidencian una filiación al minimalismo y la síntesis visual, el empleo de la luz en sus cuadros le debe mucho a los principios de la pintura barroca. Se trata de una luz artificial, que cae sobre los objetos como una aparición divina, sobrenatural, desafiando cualquier esquema de verosimilitud imaginable. Si algún patrón de credibilidad la sustenta es el de lo aleatorio y lo fortuito. Su procedencia y destino pueden adquirir las connotaciones y configuraciones más impensadas, y se debaten entre posiciones cenitales, frontales, laterales, oblicuas… Hay una obra en la que un intenso plano de luz se proyecta desde el horizonte convirtiéndose en el protagonista casi absoluto de la imagen, solo dejando margen a un área más pequeña de sombras. Esta es probablemente la pieza más depurada del artista, al punto de colindar con los dominios de la estética abstracta.
III
El mercado ha sido un factor decisivo en la obra de López Pardo. Por más que algunos pretendan satanizarlo, la inserción de un artista en los circuitos comerciales del arte internacional suele resultar muy provechosa en términos de promoción y reconocimiento a escala macro. Tal es el caso de Jorge López Pardo. Casi sin proponérselo, y sin antecedente alguno en materia de ventas, a partir del año 2004 el artista comienza a beneficiarse de un acelerado proceso de aceptación y demanda en numerosas ferias internacionales de arte como Art Forum (Berlín), Arco (España), Art Miami, Arte América (EE. UU), Balelatina (Suiza), la Feria de Arte Contemporáneo de Monterrey, y ha firmado desde el 2006 varios contratos de trabajo con galerías extranjeras. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de un joven de apenas treintiún años de edad, no cabe dudas de que el mérito –y la suerte, no nos engañemos– son aun más palpables.
Todo parece indicar, pues, que la carrera del artista continuará en un período de ascenso vertiginoso dentro de los ámbitos nacional y foráneo. Ojalá el mercado le sea siempre productivo, y no merme nunca su auténtica voluntad de creación. Por lo pronto, sirva esta pequeña nota como reconocimiento a tan loable comienzo en los complejos predios de la Institución Arte.
Notas:
(1) Publicado originalmente en Artecubano (La Habana), nº 1 / 2008.
Enviado el 28 de Octubre. << Volver a la página principal << |
