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Septiembre 20, 2008
Horror en serie - Anna Maria Guasch
Originalmente en abc.es | ABCD
El pasado mes de febrero Alicia Framis nos sorprendía con la serie fotográfica y la performance cultural Not for sale (No está a la venta), presentada en la Casa Encendida de Madrid en el marco de Madrid Abierto 2008 en la que un desfile de niños portaba sobre su pecho desnudo un collar con las frase «not for sale» (cada muchacho lucía un collar distinto de un conocido joyero o diseñador) y buscaba reflexionar y llamar la atención sobre la anómala situación de la «venta de niños» alrededor del mundo, junto a otros temas relacionados con la explotación del trabajo infantil o la pornografía. Framis había iniciado este proyecto en Shanghai, su actual lugar de residencia (con anterioridad lo habían sido su Barcelona natal, París y Ámsterdam) y su razón de ser obedecía, como ocurre en el resto de la obra de la artista, a una doble problemática: una artística (en este caso su interés es el retrato como un instrumento de propaganda, fascinada, sin duda, por el impacto mediático de algunos ilustres retratos como el de Mao Zedong) y la otra social y contextual. Porque, como afirma Montse Badía, Framis parte siempre de los conflictos, las contradicciones que ve a su alrededor (la violencia, la seguridad, la convivencia, la comunicación, la soledad) para, a partir de ellos, plantear nuevas situaciones a menudo en relación con los lugares donde son expuestos.
Cosas para olvidar.
También en Madrid, en la galería Helga de Alvear, Alicia Framis presentó la primera parte del proyecto que hasta el 30 de septiembre se puede ver en el Centro de Arte Santa Mónica de Barcelona. Con el título Bienvenidos al Museo Guantánamo y, a través de maquetas del futuro museo, de dibujos y de distintas estructuras, ya en aquella primera presentación de este work in progress, Framis señalaba sin ambigüedades el núcleo duro de la misma: un fenómeno cultural de notables proporciones designado con el nombre de «musealización», o en otras palabras, una sensibilidad museística por la que, en su pretendida reconciliación con las masas, el museo se sale de su estatus como institución única de fronteras estables para apropiarse de viejos centros históricos o cargados de memoria (la alusión a Auschwitz o Alcatraz es obvia) e incluso de pueblos y paisajes enteros hechos museos.
Un teórico tan reconocido como Hermann Lübbe había ya mostrado cómo, desde principios de la década de los años ochenta, la «musealización», más que estar ligada a una institución en sentido estricto, habría impregnado todas las áreas de la vida cotidiana, siendo un elemento central para la cambiante sensibilidad temporal. A partir de esta idea de que nunca un presente cultural ha estado tan obsesionado por el pasado, Alicia Framis plantea su proyecto sobre el Museo de Guantánamo, que en esta segunda entrega en el Centro de Arte Santa Mónica, de Barcelona, se concreta en una instalación objetual y sonora en el claustro central, The Guantanamo Museum: The List, acompañada de dos sub-instalaciones como sub-capítulos, Guantanamo Museum: Sketches, a base de dibujos en tres dimensiones (o maquetas) con los que la artista reinterpreta, inspirada por las lecturas de Michel Foucault, los espacios propios de la prisión, y Guantanamo Museum: Workshop, una suerte de «gabinete de curiosidades» en el que se presentan toda suerte de objetos y vídeos (en este caso diseñados y concebidos por los alumnos de Framis, pero también arquitectos y diseñadores en los diversos talleres que ella organiza) con un único fin: olvidar Guantanámo. De ahí el subtítulo de la obra: Things to Forget (Cosas para olvidar).
Una letanía sin final.
Pero, sin lugar a dudas, la gran protagonista, tanto desde el punto de vista visual como discursivo, la constituye la instalación en clave minimalista Guantanamo Museum: The List, concebida a modo de memorial con 274 cascos idénticos de moto cortados transversalmente, en clara alusión a la desprotección y al horror serializado a los que la artista confiere, además, el don de la parresia: cada casco corresponde a un preso, a un nombre que una voz de fondo (la del músico Blixa Bargeld, que lee en voz alta los nombres de los presos según una lista ordenada por el escritor Enrique Vila-Matas) recitará una y otra vez como una letanía en un loop sin fin.
Pero quizás lo que llama más la atención de esta pieza, en relación con las otras dos mucho más efímeras, es la espectacularidad, la escala, la grandilocuencia o incluso el carácter «aurático» del que Framis ha querido explícitamente dotarla. Y si está claro que aquí se utiliza el horror como reclamo turístico de la sociedad de consumo, también lo es la reflexión implícita: a saber, que el museo sólo puede cosechar grandes éxitos de publico a través de una mise-en-scène espectacular en la que la necesidad de objetos con aura, de la experiencia de lo fuera de lo común, se proclama como el factor esencial de la creciente «museofilia».
Enviado el 20 de Septiembre. << Volver a la página principal << |
