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Junio 17, 2008

El universo moribundo - Alicia Albares

Originalmente en miradas.net

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(Isabel Coixet, 2008)

Hasta ahora, en las películas de Isabel Coixet encontrábamos siempre unas constantes que, no por repetirse, restaban originalidad y valor a sus argumentos, sino que nos enseñaban a una autora capaz de defender su universo creativo desde la confirmación de que sabe a dónde se dirige porque tiene cosas que contar en cada filme. De ahí que la reiteración de símbolos como la lluvia, la lavandería desierta, los mensajes que se quedan en el camino se convirtiera en instrumento que la directora cargaba de sentido y utilizaba en la construcción de sus historias, sin erigirlos en objetivo final de las mismas. Esta cualidad para narrar con exquisita belleza formal cuentos tristes y románticos, que ahondaban en los recovecos más profundos de las emociones humanas, es lo que le ha permitido a Coixet hacerse con un público fiel y variopinto, consolidado, que ha sabido proporcionarle una reputación (no siempre unánime, polémica en ocasiones), responsable de crear su imagen de autora personal e independiente.

No ha renunciado a esa personalidad propia en esta adaptación de “El animal moribundo” de Philip Roth (ya adaptado en otro filme con Nicole Kidman de protagonista en la decepcionante La mancha humana, Robert Benton, 2003). De hecho, ha transformado a su antojo el texto de partida, con el fin de envolverlo de su atmósfera y embellecerlo a su antojo. Vuelve a sonar la lluvia tras los cristales, los mensajes tardíos se repiten, el frío y la nieve enmarcan nuevamente una historia de amor, esta vez, atípica. Sin embargo, algo no termina de fraguar como ocurría en sus películas anteriores, de ahí que la introducción de esta crítica se verbalice en pasado. Algo se ha perdido en el camino, no se ha tejido en esta fábula la red empática que Coixet solía hilvanar en sus películas, la que nos permitía sentirnos literalmente parte del silencioso universo de una enfermera psicológicamente destrozada en medio del mar en La vida secreta de las palabras (Isabel Coixet, 2005); o de la joven sentenciada a morir y dispuesta a descubrir lo hermoso de la vida en la excelente Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2003). Una frialdad impropia de la realizadora catalana aleja a los personajes del espectador y de ella misma, los protagonistas de este nueva aventura romántica no parecen proceder de sus entrañas creativas. Son marionetas actuando a la perfección en un teatro artificial, dando forma con coherencia a una historia que nada tiene de distinto, que hemos visto, oído y leído una y mil veces, pero que, esta vez, no aporta nada nuevo. Cierto que, a estas alturas, pocas cosas nuevas podemos narrar, pero sí que se puede sacar jugo de los cuentos de siempre. Coixet lo ha sabido hasta ahora y no ha dudado en ponerlo en práctica. Algo ha fallado en esta nueva incursión.

Y resulta sorprendente, pues la historia del profesor Kepesh y la hermosa Consuela contiene los ingredientes preferidos de Coixet para hacer de ella una pieza propia: el amor, siempre subyaciendo en todas sus historias (desde la triste y bellísima A los que aman (Isabel Coixet, 1998) a la curiosa Cosas que nunca te dije, Isabel Coixet, 1996); la enfermedad, como obstáculo en la vida pero también como camino para vivirla; el silencio auto impuesto, que aleja al personaje de su entorno pero que también se convierte en acto de respeto y sacrificio hacia el otro; la fascinación por la belleza, en sus infinitos reconocimientos…Todo ello vuelve a estar en Elegy. Sin embargo, el aroma de lo que ya no es más que ejercicio de estilo vacuo planea sobre todo el metraje: no hay novedad en esta historia. La fascinación del anciano consciente de su propia decrepitud por la belleza de una joven con la que termina obsesionándose se ha convertido ya en un tópico literario y cinematográfico del que resulta difícil desmarcarse. El destino que trunca la historia de amor en el momento en que menos debería tampoco se libra de la enésima reinterpretación. No hay nada diferente en Elegy, nada que otorgue a este cuento la complejidad argumental con la que nos han deslumbrado siempre las películas de Isabel Coixet. Por lo que todo lo que se deriva de esta nueva obra huele a rancio, no conmueve: ahora esa voz en off de Ben Kingsley (perfecto combinando rectitud con fervor adolescente) carece de justificación alguna, apoyando a la imagen para profundizar mejor en los sentimientos de un personaje que debería resultar accesible sin necesidad de ella. Se perdió ya esa vocecita intrigante, desconocida, que durante toda la película hablaba de algo ajeno, convirtiéndose en una sutil sorpresa final, en un canto a la esperanza en La vida secreta de las palabras. Tampoco logra alcanzar la forma perfecta de sus protagonistas femeninas una contenida y soberbia Penélope Cruz, no por el trabajo de ésta, sino por el raquitismo de una Consuela hermética que no logramos entender de verdad, que no nos enseña las marcas que le ha dejado un pasado intuido que la aleje del tópico de la Lolita. Ella parece una obra de arte (como confirma la secuencia en la que el profesor la compara con la Maja de Goya), por su físico y su encanto personal, pero no tiene nada detrás, como sí ocurre con las anteriores heroínas de Coixet, mujeres diferentes, muchas de ellas deformadas por una tragedia que nunca vemos, pero que las modela y las sitúa, haciendo que nos unamos a ellas.

Coixet ha caído en el error más sencillo del cineasta embaucador, pues sabe que la temática que maneja es lacrimógena de por sí: enamoramiento imposible, historia corta y apasionada, final inminente y repentino. Todo ello funciona para conseguir la lágrima fácil, pero más complicado es utilizar las piezas que dan juego para mantener el nivel que alcanzó con sus anteriores obras, donde la profundidad emocional de sus personajes no restaba accesibilidad a historias de amor conmovedoras y personalísimas. Con Elegy, la cineasta se ha quedado en la primera capa, en la epidermis de una historia que corría el peligro de parecer tópica, como así ha sido. No era difícil confiar en el talento de Coixet para moldear a los personajes con el fin de evadir el deja vù, pero esta vez ni ella se ha librado de su propia maldición: su universo se ha imitado a sí mismo, en una especie de autoparodia en la que nunca debió caer. Esperemos que sus constantes recuperen el significado del que supieron imbuirse en la plenitud de su salud creativa, cuando nuevas historias caigan en sus manos.

Enviado el 17 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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