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Junio 25, 2008
Bruckner: «La paz a cualquier precio esconde cobardía» - Carmen Rodríguez
Originalmente en abcd
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Con obras como La euforia perpetua, Miseria de la prosperidad o El nuevo desorden amoroso -en colaboración con Alain Finkielkraut-, Pascal Bruckner (París, 1948) se ha convertido en una voz imprescindible para comprender la compleja época postmoderna.
¿Cómo se ha generado ese masoquismo donde parece que Europa batalla contra sí misma?
Comienza con el examen de conciencia, con la autocrítica, heredada del cristianismo, en parte, sin olvidar a Descartes, en el sentido de un «dudo, luego existo». Pero sobre todo se desarrolla en la Ilustración. Los filósofos se oponen al orden feudal y Europa cuestiona sus principios. Y, después, el culmen de esto sería el comunismo, el socialismo, e incluso un cierto cristianismo de izquierdas. Se pasa todo por el tamiz de la razón, y Europa se va convirtiendo en una juez implacable de sí misma.
¿Estados Unidos está en la misma actitud de autoflagelación?
No. Es diferente. Hay grandes movimientos de duda, de autocrítica con el esclavismo, la segregación, el comportamiento hacia los indios nativos? O recuérdense las fuertes protestas contra la guerra de Vietnam. Pero, a la vez, existe una enorme confianza en su propio proyecto. Su proyecto, a pesar de la autocrítica, es como el ave fénix, que siempre renace de sus cenizas. En Europa no pasa lo mismo. Parece como si esa autocrítica la inhibiese. Se queda cautiva de las páginas negras de su historia. En Estados Unidos hay autocrítica, pero siempre existe una mirada al futuro, se pregunta siempre cómo relanzar su proyecto una y otra vez. Obama sería un ejemplo de cómo el sistema da a luz a un hombre que, en vez de regodearse en los males pasados, plantea un proyecto de reconciliación entre negros y blancos, un proyecto de retomar la autoconfianza, y eso en Europa es difícil. Aquí tenemos tendencia a revolcarnos en los propios errores, mientras que en Estados Unidos se ve más claramente que se diagnostica un problema, se aborda y se le da una solución. En Europa nos dedicamos mucho más a especular, a darle vueltas y vueltas al error, frente al pragmatismo que enarbolan los norteamericanos.
Y se da ese masoquismo pese a todos los logros conseguidos por Europa.
Efectivamente. Resulta si cabe más incomprensible si pensamos que Europa es un continente que ha bordeado el abismo muchas veces y se ha apartado de él, que ha sido capaz de resurgir del Apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial. Un continente así no tendría que avergonzarse de sí mismo.
Pero se avergüenza, y se autoinculpa de todos lo males del Tercer Mundo, que serían el resultado de la colonización. Sin embargo, ese anticolonialismo es muchas veces una coartada para sátrapas y dictadores?
Claro, naturalmente. Muchas dictaduras del Tercer Mundo se han hecho fuertes con esa lucha anticolonial, que han utilizado a fondo para alcanzar y mantenerse en el poder. Cualquier crítica a esos regímenes se veía como una nostalgia del colonialismo y quienes alzaban la voz contra esas dictaduras eran acusados de defenderlo. Pero, en todas las décadas de postcolonialismo transcurridas, muchos de esos países han cometido los crímenes más atroces: Sierra Leona, Camboya, el régimen maoísta? Por lo tanto, esa supuesta inocencia del «buen salvaje» ha sido derrumbada por la realidad. Algunos intelectuales, como Sartre, con ese concepto del tercermundismo, acabaron siendo cómplices de esos crímenes. Al final, muchos intelectuales se han dedicado a elogiar regímenes sangrientos. Así, una idea en un principio generosa se transformó en una pesadilla. Y en esto puede encontrarse un paralelismo con lo ocurrido con el comunismo y cómo muchos intelectuales acabaron justificando, cuando no directamente apoyando, regímenes atroces como el de Stalin, el albanés?
Hoy parece sin embargo que existe otro tipo de intelectual -Glucksmann, Lipovetsky, Finkielkraut, Hans Magnus Enzensberger, usted mismo-, que no se amedrenta por ser considerado «políticamente incorrecto», y cuestiona los tópicos al uso. Unos intelectuales que, por cierto, en Francia, parecen haber influido en Sarkozy y contribuido a su triunfo?
Bueno?, eso es concederles demasiado poder. Hay que tener en cuenta que los políticos apenas leen; a lo sumo, fichas o resúmenes que otros les preparan. Los políticos muchas veces se codean con los intelectuales por cortesía, pero es como quien toma aceite de ricino. Creo que más debería señalarse una influencia indirecta a través de la prensa, de los medios de comunicación. Un movimiento de conjunto, más que un movimiento específico de los intelectuales. Y en Francia, cuando se menciona a los intelectuales, es más que nada para hacer hincapié en sus errores, para vaticinar su muerte?, aunque también es verdad que siempre acaban renaciendo.
En «El sollozo del hombre blanco» ya trataba usted sobre la mala conciencia europea...
Sí. Y en un momento dado pareció que había terminado. Pero no fue así. Especialmente a partir de 2001, se recrudeció. De ahí la necesidad de esta nueva reflexión.
En este sentido, ¿qué le parece la Alianza de Civilizaciones? ¿Se relacionaría con esa autoinculpación?
La Alianza de Civilizaciones responde a un deseo piadoso. Hablar de una alianza parece positivo. Pero es más bien poner una escayola en una pierna de madera. La idea es buena, pero es un concepto vacío. Las civilizaciones, las culturas, siempre han dialogado entre sí: Oriente-Occidente, Islam-Cristianismo? Pero lo que hoy se plantea es sesgado: un diálogo entre una democracia y un régimen autoritario. Es en cierta forma lo que decía Stalin: «Lo mío es mío y lo tuyo es negociable». El diálogo resulta positivo y es necesario. Pero hay cosas que no son admisibles. Podríamos establecer un paralelismo con el pacifismo. Nadie quiere la guerra, pero ¿qué paz queremos?, ¿a qué precio? Por ejemplo, con las caricaturas de Mahoma, asunto que viví en primera línea, se traspasó un límite. Se llegó a una línea roja con la quema de embajadas. Se puede debatir si era adecuado o no publicarlas. Pero hay una línea clara que no se puede atravesar. Europa tendría que haber afirmado su postura con claridad y contundencia. No lo hizo. La paz a cualquier precio a veces esconde una cobardía. Y, de hecho, los extremistas no respetan a los cobardes. Es algo que se comprueba cada día. Y no les respetan porque esa cobardía no es respetable. En suma, la Alianza de Civilizaciones viene a ser una palabrería para congresos internacionales.
Esa falta de firmeza casa muy bien con la sociedad-cuna, según su certera expresión, en la que vivimos. Con el alegre y confiado infantilismo postmoderno?
La infantilización es una de las primeras enfermedades del individualismo. El individuo piensa que la sociedad le debe todo porque ha luchado por la independencia como valor supremo. Pero esto genera una paradoja: la presencia de un gran conformismo. El individuo se comporta como masa y necesita asistencia constante. Pedimos al Estado providencia que nos solucione todo. Que la sociedad-cuna nos meza continuamente. Vivimos en una sociedad-cuna en la que se asiste a una banalización del concepto de madurez, a una exaltación de la juventud, a un dejarse llevar, a una reivindicación continua de que somos seres dotados de derechos pero sin deberes ni responsabilidades. Y todo esto tiene unas consecuencias especialmente perversas en el sistema educativo. Es difícil luchar contra la idea de la vida como fiesta permanente. Pero también está claro que la realidad pondrá las cosas en su sitio. Una sociedad no puede sobrevivir sin valorar el trabajo, el aprendizaje, la experiencia, el esfuerzo.
Enviado el 25 de Junio. << Volver a la página principal << |
