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Mayo 18, 2008

HAY QUE LIQUIDAR MAYO DEL 68 - Bruno Marcos

Se cumplen cuarenta mayos desde el mayo del 68 sin que nadie sepa dar una ajustada interpretación a aquellos sucesos. La verdad es que comparados con los de la revolución francesa de 1789, en la que los ciudadanos, entre otras cosas y por ejemplo, dispararon a los relojes de las plazas de París para detener el tiempo del antiguo régimen e hicieron pasar por la guillotina a sus actores principales, esta otra de los muchachos del mayo francés resulta un poco inane.

Lo que perdura es la sensación de una erupción poética desatada espontáneamente, una nostalgia de la juventud y sus valores pasajeros. Pero, ¿qué pedían aquellas movilizaciones? ¿Ante qué se rebelaban esos niños de papá que luego han continuado sus vidas como perfectos burgueses de toda la vida? Probablemente iban contra nada, probablemente querían eclosionar sobre sí mismos, exorcizar los fantasmas de un futuro sin belleza ni intensidad.

Dani el rojo, ahora verde, Cohen-Bendit, ha confesado que el detonante principal de las revueltas fue la prohibición de entrar en los dormitorios de las chicas en el campus universitario y, hace poco, nos ha contado que él, con menos de veinte años, era ya huérfano y vivía solo en un apartamento. ¿Cómo pudo entonces encabezar esa revuelta que en parte suponía un cambio de las relaciones familiares, una desautorización del cabeza de familia? ¿Acaso pretendía universalizar los beneficios de la orfandad que él ya disfrutaba?

La ausencia de realismo, el deseo de ensoñación, de placer, y la falsa discusión, la falta de una emergencia nítida para sentirse en comunidad, unidos por algo, son características de aquellos hechos.
Una de las imágenes más curiosas de las que se reponen estos días es una secuencia en blanco y negro que muestra a un hombre de mediana edad, con el gabán abierto, las manos en los bolsillos, las cejas enarcadas y los ojos achinados por el humo de la colilla que sostiene en la comisura de los labios, parado en medio de una plaza con los adoquines desbaratados, escuchando a dos jóvenes exaltados que gesticulan a su vera explicoteando todo aquello. El buen burgués asiente perezoso, cabeceando una vez y otra, arriba y abajo, en gesto afirmativo, con escepticismo y ternura, a aquellas exigencias quiméricas.

Para quienes vivimos el 68 como la resaca institucionalizada de la generación precedente a la nuestra es imposible no pensar en aquellas pintadas callejeras como parte una obra coral más significativa de lo que seguramente fue. Las frases que redecoraron los muros de París y que aparecieron, como exabruptos históricos, con la ingenua pretensión de cambiar lo real, de crear realidad, efectivamente deslumbran aún hoy incluso a quienes no habíamos nacido por entonces.

Seguramente siempre fue tarde para consignas como esta de Nanterre: "Mis deseos son la realidad". O la de Censier: "Sean realistas: pidan lo imposible". Sólo el candor más invadido de acné intelectual puede provocar otras como esta que apareció en el Liceo Condorcet: "Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierda.”

El caso es que hoy en día muchas de esas frases resucitan en forma de eslóganes que, de vez en cuando, los spots televisivos redescubren no con pocos beneficios. El propio graffiti en sí es una enfermedad formal de las ciudades que, en su versión más estetizada, pretende maquillar la indigencia urbanística o poblar los museos más cínicos, aquellos donde el diseño gráfico de baja intensidad sustituye a cualquier ambición de contenido.
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Hay que liquidar mayo del 68”. Lo ha dicho el ciudadano Sarkozy, defensor de la cultura del esfuerzo y del mérito, del respeto a la autoridad del maestro, principios que habían combatido los jóvenes de la revuelta. Sarkozy se ofrece como sepulturero oficial de las propuestas estudiantiles de entonces que considera un mal enquistado en la izquierda. "Sí, la moral –dijo en un gran mitin antes de las elecciones–, una palabra que no me da miedo. La moral, algo de lo que después de mayo de 1968 no se podía hablar (...). Los herederos de mayo del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo; habían intentado hacer creer que el alumno vale tanto como el maestro (...), que la víctima cuenta menos que el delincuente (...), que no podía existir ninguna jerarquía de valores (...), que se había acabado la autoridad, la cortesía, el respeto; que no había nada grande, nada sagrado, nada admirable; ninguna regla, ninguna norma, que nada estaba prohibido".

Las palabras de Sarkozy, de primeras, deberían convencer a cualquiera persona medianamente sensata, pero, si las ponemos en el contexto actual, la verdad es que parecen tan antiguas, o más, estas premisas de vuelta al orden como aquellas fantasiosas de una -si se quiere- izquierda cromañona.

Efectivamente fenómenos como Mayo del 68 han de ser, al menos, digeridos críticamente. El verdadero problema del presente no es que no podamos traer a la esfera pública un concepto como la moral sino que el espacio que le teníamos asignado aparece desierto y donde estaba el bien tan sólo habita el beneficio.

Para volver al orden hay que garantizar de una forma legítima la autoridad y esa autoridad legítima sólo se consigue con el discurso, no acudiendo a las revueltas de los arrabales a llamar chusma a la chusma.

Enviado el 18 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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