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Mayo 26, 2008
Fotografía de época - Javier Díaz-Guardiola
Originalmente en abcd
De alguna forma, y muy probablemente sin proponérselo, el trabajo fotográfico de Bruno Arbesú incluido en esta muestra resulta totalmente esclarecedor de lo que ha sido la puesta en marcha de esta decimonovena convocatoria de Circuitos: sus imágenes fotográficas, centradas en los mítines de los partidos políticos en plena campaña electoral, con una estética que recuerda a la de Gursky, nos advierten en cierta manera de la necesidad de estar atentos a todos los movimientos de nuestros gobernantes, por muy con piel de cordero que se vistan. Y es que, sin que queramos, una vez más nos vemos obligados a hablar de política al referirnos a una cita artística. Porque sus ocurrencias y desmanes casi convierten esta edición de Circuitos en un cortocircuito sin sentido: aplazamiento de su inauguración, búsqueda infructuosa de nueva sede para su exhibición, reducción de su presupuesto, dudas sobre su itinerancia y su futuro...
Y eso que Circuitos, si alguien no lo impide, cumplirá en su próxima cita (visto su pasado más reciente, aquí no conviene decir «el año próximo») veinte comparecencias, dos décadas en las que se ha convertido en una de las canteras más fructíferas de nuevos artistas cuya base de operaciones se sitúa en Madrid (y ese ha sido uno de sus logros, frente a iniciativas similares en otras Comunidades Autónomas, más procupadas por el «pedigrí» autóctono de sus participantes). Basta con echar un vistazo a las nóminas de ediciones anteriores para confirmar su papel como plataforma de futuras promesas de la plástica nacional: Óscar Seco, Morales Elipe, Alicia Martín, Fernando Sánchez Castillo, Rosalía Banet, El Perro, Belén Uriel, Ángel Masip, Diana Larrea, Cristina Lucas, Jaime de la Jara... Y hasta el mismo comisario, que formó parte del elenco en 1994.
Ha merecido la pena. Sea como sea, los positivos resultados de la exposición actual hacen olvidar todo aquello que pudiera haber empañado sus logros. Nos enfrentamos quizás a una de las ediciones más sólidas, mejor trabadas, sin altibajos y con verdaderas sorpresas en cuanto a nombres muy a tener en cuenta en un futuro no muy lejano.
Dicen sus responsables (Óscar Alonso Molina, la galerista Marta Moriarty y el artista Ciuco Gutiérrez) que tampoco fue algo premeditado quedarse con doce artistas -la nueva «Generación OT» del arte más joven, apostillamos, si se nos permite la broma-, pero que están todos los que son de los 160 dossiers presentados (y viendo como proliferan en la tele los realities y los programas sobre los procesos de selección de sus participantes, en algunos casos, mucho más interesantes que los mismos realities, tal vez sería curioso conocer alguna vez en el ámbito artístico qué fue lo que se quedó por el camino). El resultado final, una promoción muy en sintonía con lo que se hace en otros lugares del planeta (son las consecuencias de la globalización), que ya no se pregunta por las técnicas con las que trabaja -y que desmenuza sin miramientos-, no tan preocupada por lo textual y las estrategias de archivo -que ya tocaba- y que asume lo audiovisual como concepto más que asimilado en relación a generaciones anteriores.
Final abierto. La presentación de los resultados se ha articulado en una especie de colectiva comisariada, por primera vez con un título que engloba todos los trabajos -Partir para regresar-, aunque sin afán de determinar ninguna lectura final. Un sondeo de lo que «suena» en un momento determinado. Y de ese conjunto conviene destacar el trabajo videográfico de Santiago Alcocer (metapintura en imágenes, que tanto vale para ilustrar un vídeo de la MTV como para codearse en una colectiva con las grandilocuentes producciones de Bill Viola, y ahí reside su gracia); las frágiles construcciones de Gabriel Castaño; las acciones sobre la memoria colectiva de Kristoffer Ardeña (de él, la muestra recoge una mesa de documentación de sus proyectos italianos); las animaciones de Raphael Lárre; los falsos escenarios de Amaya Hernández y los paisajes intervenidos de Eva Morales; la pintura «feminista» de Estefanía Martín Sáenz y el dibujo intimista y en primera persona de Belén Rodríguez... En definitiva, la fotografía congelada de un momento de un colectivo que, como grupo, tiene las horas contadas, hasta que una nueva convocatoria le arrebate este privilegio. Esperemos que, de forma individual, sus carreras tengan aún muchísimo más que aportar.
(Imagen: detalle Naturaleza ingrávita, 2007, Gabriel Castaño)
Enviado el 26 de Mayo. << Volver a la página principal << |
