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Mayo 22, 2008

ARTISTAS CALEÑOS EN BOGOTA: ARTE DE ENSAYO - Jorge PEÑUELA

0003.jpgLa Galería Valenzuela Klenner muestra en sus instalaciones tres propuestas de artistas contemporáneos caleños, las cuales podemos comprender como arte de ensayo. La escritura de estos artistas no está interesada en pensar y elaborar argumentos de la misma manera que operan los ensayistas filosóficos o literarios. Igual que éstos últimos se diferencian de los primeros, esta escritura artística toma distancia respecto a los dos, aunque conserva su vocación subjetivista.

El Arte de ensayo despliega una voluntad de arte crítico, por lo tanto incorpora palabras, frases y de cuando en vez algún aforismo, ya sea dentro del texto o al margen, como citas. El Arte de ensayo corrobora la idea tradicional de que la palabra es una instancia privilegiada para establecer maneras de pensar el mundo, para introducir diferencias, o, como dicen los filósofos, determinaciones. Los signos relacionados de esta manera y con propósito crítico, tienen la virtud de propiciar un choque en nuestro sistema anímico; éste le resulta favorable cuando el artista elige con cuidado los signos que construye o moviliza, y a los cuales confía su angustia por pensar. Abro un paréntesis. La angustia surge con la huida del pensar que ha caracterizado a nuestra época. Cierro el paréntesis.

El video-emplazamiento Cali Choreography dancing show de la Liga femenina de Baile, recibe a los transeúntes en el primer nivel de la Galería. Leonardo Herrera emplaza el Ojo del Diablo en el segundo; Wilson Díaz reflexiona sobre la represión de la libertad de expresión a propósito de Displaced, en el tercer nivel. Junto con su colectivo, Mónica Restrepo y Ana María Millán registran unos fenómenos locales que se manifiestan como gesto, algunas veces como mueca, otras como angustia mal reprimida; –nos muestran las adicciones de la vida, sus cegueras corporales, sus compulsiones mecánicas y cómicas, con el propósito de resaltar las cursilerías que constituyen las sub-culturas femeninas; las parodian para quitarles su influencia sobre la psicología femenina, –para tratar de arrancarle a Popea el velo con que se oculta y muestra a la mirada masculina. Herrera reflexiona sobre una problemática nacional que ha sido tematizada por otros artistas, –asume el riego de volver a pensar lo ya pensado y que ha pasado a engrosar nuestro voluminoso expediente de clises impuestos. Díaz trata de comprender y pensar los acontecimientos estético-políticos de 2008, la obstrucción de la libertad artística, condición indispensable para pensar iluminaciones mediante signos; y la consolidación del diálogo y la crítica virtuales como una de las características de las prácticas artísticas contemporáneas.

Restrepo y Millán relacionan lenguajes diversos de manera aparentemente espontanea: música popular, pseudocoreografías, arquitecturas interiores privadas y exteriores públicas. Algunos de sus signos son compilados y expuestos en una vitrina. Las cosas-signo dispuestas balbucean las adicciones y las frustraciones del cuerpo: un aparato de televisión, una botellita de ron; collares, manillas, zarcillos, construidos con tapas de cerveza –unas son nacionales, otras internacionales–; propaganda de granos de café embalado en un saquito típico; algunos platicos decorativos; tres casetes pirateados, uno de Joe Arroyo y dos del grupo Niche; un LP de los Speakers y otro de Ana y Jaime, entre muchas otras cosas-signo. Sobre el mostrador de vidrio, en el extremo izquierdo, un perro rottweiler modelado en una fibra sintética, vigila la entrada a este hotel, al que, como dice una vieja canción, todos podemos entrar, pero del cual nadie puede salir. Sobre la parte central de la vitrina, el televisor reproduce unas pseudocoreografías que nos muestran cómo domesticar el cuerpo en nuestro tiempo libre.

Las letras de la música que reproduce el televisor, expanden el entorno que abren las pseudocoreografias que constituyen este emplazamiento, –simulan el ambiente de feria exposición llevado a una sala de exposiciones simulada, –convierten la misma galería en un receptáculo de carnes pulpas y jugosas. Sobre la parte inferior de la vitrina cuelgan unos banderines con reflexiones filosóficas, sugiriendo, quizá, que el pensamiento puede liberarnos de las adicciones mediante las cuales nos vemos obligados a socializar el cuerpo. Pegados sobre la pared, dos carteles con arengas políticas, y otros cinco que simulan la promoción del colectivo. En una estancia adyacente, un video reproduce canciones de los años setenta, algunas de ellas pseudocoreografiadas paródicamente en espacios claustrofóbicos. La mayoría de las dieciséis canciones evocan la opresión psicológica que padece el cuerpo en las arquitecturas.zip para hogares contemporáneos.

En la Liga Femenina de Baile apreciamos un grupo de mujeres que tiene muchas inquietudes y que simulan divertirse en el tobogán de nimiedades que ha sido construido para el mundo femenino. Quieren llamar la atención de mujeres y hombres sobre estos clises, aunque no incentivan su reflexión. Relacionan fenómenos que han vivenciado en su cultura, pero se niegan a elaborarlos, a pensarlos, esto es, a transformarlos, a convertirlos en ideas, –en pensamiento, para mejorarlos por medio de una resignificación. No es ésta su pretensión, lo cual es legítimo, como decisión artística. No obstante, la ambigüedad con que es construida su escritura puede inducir a equívocos. Por ejemplo, que se comprenda que su interés es reforzar nuestros clises más machistas.

La Liga es consciente de que los fenómenos culturales de nuestro país son multiversos y que están a la espera de iluminaciones que les proporcionen ideas sobre lo que significa ser ésto o aquéllo, aquí y ahora, en especial todo lo que concierne a las mujeres. No obstante, su escritura es vulnerable por la debilidad de los criterios para seleccionar e intervenir sus cosas-signo, asunto remediable si sometieran sus inquietudes a un proceso de mayor elaboración formal. De no hacerlo corren muchos riesgos, por ejemplo, que sus inquietudes sean simplificadas por alguna lectoría a la ingrata categoría de retro-kitsch. Dejan claro que su propuesta no pretende ser feminista porque las feministas han optado más por lo trágico que por lo cómico, y porque no se han gozado sus frustraciones, entre otras cosas porque las han padecido en carne propia. Tampoco es simulacionismo, pues, los artistas que practican esta modalidad artística muestran un amplio conocimiento de la historia del arte.

Institucional es el ensayo de Wilson Díaz. Mediante una serie de dibujos en carboncillo de coca, trata de comprender ese acontecimiento que animó la opinión y la crítica virtuales, especialmente. Abro otro paréntesis. Lo virtual es el ágora real para la contemporaneidad, simultáneamente en el sentido de existencia y jerarquía. Cierro el paréntesis. Obsesivamente, los dibujos de entes anónimos frente a su computador, vuelven una y otra vez sobre el zarpazo del Estado al arte que no embellece lo imbellecible, que no hace quedar bien lo que se percibe mal, –tratan de cerrar el hueco que dejó abierto la agresión que experienció el tejido frágil de la sensibilidad artística en nuestro país. Cada dibujo ha sido relacionado arbitrariamente, tal y como sucede en los sueños traumáticos, con frases que circularon en los medios electrónicos a propósito de la puesta en escena internacional de lo que son y significan los desplazamientos forzados en Colombia.

Díaz cita textos de Lucas Ospina, de Pablo Batelli, de Carlos Salazar y de otros pensadores de arte habituales de Esfera Pública. Al tratar de reparar los daños a su sistema anímico y estético, Díaz reconoce la importancia que tuvieron los medios electrónicos especializados para equilibrar la información ideologizada que circuló por los medios masivos de comunicación colombianos. Sus dibujos nos muestran que la soledad del pensamiento artístico es aparente, –que el aislamiento a que ha sido sometido se puede burlar con la ayuda de los medios alternos que el mismo régimen económico ha puesto a nuestra disposición, –que el arte puede ser rescatado de la soledad por la que ha deambulado en pos de lo que queda del fantasma de la vida. El artista parece haber comprendido que la calle no es ningún refugio para nadie, que la soledad de aquélla estrangula al más fuerte.

Un dibujo se destaca de manera especial. Universidad nos recuerda las iluminaciones sarcásticas del medievo: la Universidad enseña las sagradas escrituras del neoliberalismo a tres homínidos que sólo quieren bananas, coca, café, aguardiente, fútbol y televisión, –a los que sus adicciones los dejó ciegos, o sordos, o mudos, o ciegos-sordo-mudos. La Universidad contemporánea urgida a participar en la Esfera Pública, con toda su para-fernalia teórica, parece decirnos Díaz, no sabe o no responde.

El ensayo de Díaz tiene un pie de página; las declaraciones registradas en video de Carmen Hernández, quien habla de la polarización estético-política por la cual atraviesa Venezuela. Entre otras cosas, la curadora plantea que el arte venezolano experiencia un vacío; –que los grandes maestros o se han marchado, o, en su oposición al gobierno, han optado por no mostrar trabajos en lugares públicos. Afirma que su ausencia ha dejado a los jóvenes venezolanos sin rumbo, –que los jóvenes se han quedado sin referentes estéticos y que no logran articular propuestas claras.

Díaz quiere comprender los riegos del compromiso político y explora lo acontecido en un país que ha sido dividido por la disputa sobre lo sensible, como llama Rancière a los reclamos que exigen un replanteamiento para la distribución de los bienes primarios. En cuanto a la ausencia de grandes maestros en los espacios artísticos públicos, Hernández parece hablar de Colombia –salones regionales y nacionales–, no obstante, aquí son muchos los jóvenes que tienen ideas claras sobre lo que quieren como arte, quizá gracias a la ausencia de los grandes maestros en los eventos públicos artísticos: otra paradoja estética. Para complementar, en un friso bajo, Díaz nos ha relacionado unos signos adicionales, los logotipos de las instituciones que estuvieron involucradas o que fueron incriminadas en el juicio a su obra más reciente.

Abro otro paréntesis. Un lector que ejerce de manera privada la lectoría de arte, contrariado argumenta que la técnica de Díaz es deficiente. Un entusiasta espontaneo interviene y le responde que el propósito del ensayo de Díaz no es la técnica, que tampoco es el propósito de ningún artista que se precie de serlo, –que él está más interesado en suturar sus heridas de guerra que en satisfacer la pedantería de los academicistas. El lector escéptico replica que pintar con carboncillo de coca es compulsivamente pueril, y el entusiasta termina diciéndole que los artistas tienen claro que la gracia no es la técnica, y que los dibujos de Díaz albergan gracia, asequible a quien quiera y sepa escucharla. In extremis, el lector alcanza a preguntar: «¿la gracia»? «¿Acaso los artistas contemporáneos, imitando a Rimbaud, no han denostado a la gracia?» «No todos», respondió el entusiasta por Díaz, «no todos», reconfirmó. Cierro este último paréntesis.


El ensayo de Leonardo Herrera es el más denso de los tres textos. Su emplazamiento parece reflexionar sobre una Filosofía de la Historia que ha sido determinada por la mirada universal del diablo. Nos plantea de manera sugestiva un acertijo. Muestra el libro de artista White Lady, dispuesto en un escaparate. En otro entrepaño permite que observemos la portada de un supuesto Trabajo Final de Historia Universal, elaborado aparentemente por Gilberto Rodríguez Orejuela y presentado, supuestamente, en la Universidad Santo Tomás de Aquino de Palmira, en 2001. In situ, sobre el muro del lado en que está dispuesta la vitrina, justo al lado, Herrera parece graficar las rutas filosóficas de una Filosofía de la Historia, aparentemente uno los ojos del diablo. Kant, Heidegger, Marx, Dussel, Nietzsche, Maquiavelo, Savater. Nos hace notar que debemos extrañar la ausencia del cocodrilo de Hegel.

A esta filosofía de la historia centro-europea, Herrera parece plantearle otra: en el origen era el verbo y éste se encarnó en coca. Herrera obvia graficar las rutas de la coca: ¿el otro ojo del diablo? Nos deja la tarea de establecer cómo las rutas de estas dos filosofías han modificado la percepción que Occidente tiene de sí mismo: quizá no sea obvio plantear que la coca ha transformado las formas de vida de los europeos, casi tan dramáticamente como ha desgraciado las nuestras. Este encuentro de filosofías, parece concluir Díaz, ha determinado la historia que padecemos los colombianos y colombianas contemporáneos, pues unas se impusieron como amos y las otras se resignaron a la condición de esclavas. Herrera cita a Lacan, a Wilson Diaz y a Hélio Oiticica. ¿También a Miguel Ángel Rojas? Un enigmático sofá color rojo aguarda la llegada del Diablo. Parece que está ausente porque le ha salido un orzuelo en su ojo universal. El acertijo termina sugiriendo que, como Polifemo, quizá el diablo sólo tiene un ojo. Herrera nos despide con una consigna: say good night to the bad guy.

¿Quién es el chico malo del White Lady Western Colombiano? La respuesta no es obvia, pues, son muchos los que quedan incriminados en el acertijo que ha construido Herrera: ¿Marx, Nietzsche, Heidegger, Lacan? ¿El notable ausente? ¿Hegel? ¿Quizá Maquiavelo? ¿Savater? ¿La noble tradición visigoda que graciosamente ha gobernado a Colombia? ¿Rodríguez Orejuela? ¿Tan obvia es la respuesta? ¡Quizá sí! Pero, entonces, ¿para qué encriptar un pensamiento que no va a suscitar mayores suspicacias?

La propuesta de Herrera despierta algún interés, pero encripta, quizá por seguridad, demasiado su pensamiento. No obstante, si parece mantener alguna afinidad con Oiticica, ¿no podría orientar el entusiasmo de su pensamiento artístico al desmonte del taparrabos de hojas de coca con que nos ha disfrazado la cultura anglosajona en su baile de máscaras globalizado?

Enviado el 22 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

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