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Febrero 18, 2008

Las mamás de Blancanieves - ÁNGELA MOLINA

Originalmente en EL PAIS

Las mujeres somos cuerpos, y lo somos más que los hombres. A más cuerpo, más texto, más escritura, más placer. Voladoras-ladronas -voleuses-, hadas, parcas, sacerdotisas y profetisas, planeamos sobre el límite que nos frena socialmente. Los hombres, por el contrario, juegan a muñecas. Son ellos, y no las niñas, quienes disfrutan sintiéndose príncipes al galope por los bosques de la infancia a la búsqueda de un objeto práctico: un ataúd de cristal en cuyo lecho duerme, inviolada, una madre que nunca acaba de morir. Es el viejo sueño de Pygmalion.

Pero no es ningún pecado que el hombre se dedique a su vocación. Ni que, aún hoy, la mujer no se disculpe por sus esfuerzos artísticos. La teórica feminista Linda Nochlin cita en Why are there no great women artists? (¿Por qué no hay grandes mujeres artistas?) el caso de la pintora del siglo XIX Rosa Bonheur que utilizaba ropas masculinas para visitar mataderos e hipódromos y estudiar a los animales que pintaba: "Mis pantalones han sido mi gran protección. Muchas veces me he felicitado por haberme atrevido a romper con las tradiciones que me habrían obligado a abstenerme de ciertos tipos de obra, debido a la obligación de arrastrar mis faldas por todas partes".

El modelo de historia del arte es abrumadoramente masculino por necesidad. Describe la evolución de las formas como una guerra crucial de padres e hijos y define el proceso creativo desde el punto de vista metafórico de un encuentro sensual (cuando no sexual) entre el pintor y su musa. Ocurrió hasta Picasso -con un pequeño paréntesis con Duchamp/Rrose Sélavy-, continuó en el expresionismo abstracto, se camufló durante los setenta para dejar espacio al arte conceptual y performativo, regresó con fuerza en los ochenta; y así parece seguir hoy, cuando la creación llamada "de mujeres" ha acabado convirtiéndose en un fetiche de las multinacionales museísticas (la araña de Louise Bourgeois como eterno femenino amenazante y a la vez protector) o como lema subrepticio y falso consuelo de una bienal de arte (Venecia 2005).

Algunas revisiones recientes sobre la lucha por la igualdad en el arte -en 2007, en el Brooklyn Museum de Nueva York y en el MOCA de Los Ángeles- han servido para ilustrar esa desposesión y degradación histórica del principio femenino y analizar una cultura cuyas definiciones de la autoridad creativa son encubiertamente patriarcales, en el sentido no sólo de autor/padre del texto, también dueño de los sujetos de su texto, el tipo espiritual de un patriarca tal y como se entiende en las sociedades fundamentalistas, católicas e islamistas.

Xabier Arakistain, comisario de Kiss, Kiss, Bang, Bang (Museo de Bellas Artes de Bilbao, 2007), una colectiva que hacía hincapié en cómo la vanguardia feminista se había incorporado a la historia del arte, propone ahora con Maura Reilly un recorrido actualizado en torno a las prácticas que denuncian la desigualdad social entre los sexos. Pero -reconozcámoslo así- el gran mérito de esta exposición descansa en su (sana) capacidad de "ofensa" al espectador, dado el contexto en el que se exhibe, una ciudad, Vitoria, profundamente conservadora, cuya máxima satisfacción artística ha sido colmada hasta ahora por la blanda y poco penetrante programación del Artium.

La mirada iracunda, que abre la programación del nuevo centro Montehermoso, demuestra indirectamente que el feminismo, como ha ocurrido con otros movimientos sociales, ha sido desplazado por las nuevas políticas sociales del presente. La mitología del feminismo nace en el momento que se queda atrás, pero eso no debería llevarnos a un pesimismo estratégico, al contrario, debería servir para exigir a la obra una dignidad estética que se aliara con su propia capacidad para superar unos condicionantes históricos. La mayor parte de los trabajos incluidos en esta exposición usan los formatos menos tradicionales, y por discutibles que puedan ser algunas propuestas (los vídeos de Pilar Albarracín, la instalación de A. L. Steiner) consiguen someter a crítica el "relato" oficial. Lo importante del "gesto" de autoras como Lida Abdul, Mireia Sallarés, Lara Favaretto, Yurie Magashima, Cristina Lucas, Caron Geary, Loulou Cherinet o Coco Fusco es que son capaces de articular momentos de estrategia sentidos; los suyos son gestos diacríticos: a la vez que crean el momento de visibilidad de la crítica a la tradición lo destruyen, ya que la (buena) formalización de la obra es solamente una premonición finalmente no confirmada. Excepciones son las películas de Alice Anderson (Londres, 1976) y Sophie Whettnall (Bruselas, 1973); la primera construye una atmósfera onírica en torno a una niña que desea construir con el lenguaje; el trabajo de Whettnall se acoge a la autocrítica, las ansiedades y antifeminismo femeninos.

Inalterablemente femeninas, estas artistas de "mirada iracunda" bailan para salirse del espejo de la autoridad masculina, pero no lo suficiente para superar la ansiedad por jugar en el mismo marco de representación. Puestas a jugar dentro de él, ellas han de desfilar por la misma ventanilla. Y si no, regurgitar la manzana envenenada, levantarse del ataúd de cristal y bailar otra danza. Una danza de autoridad.


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Esta crítica lo es de a exposición "La mirada iracunda". Centro Cultural Montehermoso. Vitoria-Gasteiz.

Enviado el 18 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

A ver, caballeros. Me parece alucinante que la discusión de un artículo que plantea de forma más que interesante la cuestión del genero y la historia de la representación derive sin solución de continuidad en otra acerca de las instituciones museísticas y políticas.

Es obvio que el comentario de la Molina acerca de Vitoria y Artium es una pura sandez, pero más sandez es que se le responda a ello eludiendo entrar en la materia que el artículo plantea, una materia más interesante mil veces.

¿Residirá el problema en que los que se pronuncian sean hombres todos? ¿Habremos de concluir que tiene en parte razón la Molina al decir que son "ellos" los que juegan a las muñecas? Y aunque todo parezca evidenciar que el juego que de verdad les importa no es ese presumido por ella con la imagen de su mamá "inviolada" en un ataúd de cristal -pero qué brutita eres, Ángela- , sino más directamente la cuestión del poder y la lucha por él en las instituciones.



No soy un fan de Artium. Creo que los Centros de Arte deben de ser gestionados de una forma más horizontal -llámese "trabajo en red"- o transversal. En definitiva: deben de ser más "contemporáneos" en su gestión. Porque un Centro de Arte o un Museo, si quiere crear "pensamiento" o "sociedad" debe de intentar generar espacios reales de participación implicando a ciudadanos, artistas, colectivos... Pero sólo hay participación real cuando se gestiona en común. En ese aspecto tan criticable es Artium como Montehermoso. Tan jerárquico es el funcionamiento de uno como otro. Y tan patriarcal uno como otro.
Pero, de verdad, cualquier opinión debe de ser apoyada con argumentos. Si no, no es válida. Si no, no avanzamos. Tildar a Artium de "blando" me parece tan absurdo como tildar el trabajo de Arakis como "duro". ¿Por qué? ¿Por qué la programación de Artium es blanda si la cotejamos con la de Montehermoso? Argumentos, por favor.


Me quedé atónito (que no escandalizado), cuando el sábado 16 de febrero, leí el comentario de Ángela Molina en el suplemento Babelia de El País sobre “Las mamás de Blancanieves”, en el que incluía una jugosa frase sobre Vitoria-Gasteiz y Artium. Según ella, es Vitoria una ciudad “profundamente conservadora, cuya máxima satisfacción artística ha sido colmada hasta ahora por la blanda y poco penetrante programación del Artium”.
Así, con esta brillante y sugerente definición de un coito insatisfecho, arroja Molina unas cuantas palabras, como piedras para herir. Palabras que denotan un hondo desconocimiento del proceso de transformación de esta ciudad en los últimos treinta y pico años (sería interesante conocer cuáles han sido sus fuentes, si humanas o divinas) y muy poco interés por lo que Artium ha hecho hasta ahora. Todo ello aderezado con la satisfacción insuficiente, según sugiere Molina, que resulta del amor entre la caverna (Vitoria-Gasteiz) y la disfunción eréctil (Artium).
No voy a entrar a discutir una opinión, aunque ésta se escriba sin argumentos, sobre la “blanda y poco penetrante” (tiene huevos la expresión) programación del centro-museo, que dudo conozca bien, porque es una norma asumida por el sistema del arte no enzarzarse en responder a la crítica (uno debe aguantar o celebrar lo que le echen).
Tampoco voy a defender a Vitoria-Gasteiz como el supremo paradigma de la modernidad ya que, en mi opinión, le sobra autosatisfacción y le falta autocrítica. Pocas veces me he visto en la tesitura de tener que amparar a esta ciudad, objeto de mis críticas en público y en privado, a causa del creciente deterioro de sus valores progresistas y actitudes contemporáneas en aras del pujante espectáculo social. Pero ahora no tengo más remedio.
Da grima comprobar cómo aún, sin querer saber lo que se dice, se reproducen y aplican esquemas de la profunda España negra a una ciudad que si ha de sobresalir por algo, es por cualquier cosa menos por lo de “profundamente conservadora” (¡cuánto daño hacen los adverbios mal utilizados!). En todo caso, es y sigue siendo precursora y líder en muchos de los avances que hoy, en este país, se consideran asumidos y normales por quienes ya los tienen (para quienes no los posean aún, desgraciadamente, son una utopía): sostenibilidad (gestión de residuos, ecología), desarrollo social (primera ciudad en crear un registro de parejas de hecho en 1994), tolerancia, integración solidaria (el 49 % nacidos fuera), calidad de vida, solidaridad exterior, urbanismo, estructuras culturales (la extinta Sala Amárica, Trayecto, Montehermoso, Artium, Krea) en fin, para no aburrir, una nadería que nos inmuniza contra el escándalo provocado, pero no contra la denuncia de la infamia.
Evidentemente, esto no es un paraíso, pero lo que parece insultante es que todo el esfuerzo de una comunidad, desde el 3 de marzo de 1976 (por poner una fecha clave a partir de la transición) hasta hoy, en el que se ha procurado el avance compartido y no el retroceso endogámico, se defina de esa manera. Frases indocumentadas como éstas son un mal síntoma para el rigor obligado, incluso, para una crítica de arte cuando tiene que hablar de algún museo. La más letal deslegitimación es la que se provoca uno mismo.
Daniel Castillejo


Demoledor el primer párrafo, hermana. El resto, después de esas líneas, casi sobra. De hecho es bastante evidente que no te interesa tanto la crítica de la exposición como hacer tu pequeño statement sobre la cuestión del género, de los sexos, y el particular lugar de unos y otros en relación con la historia de las formas (y ahí, todo hay que decirlo, te pasas unos cuantos pueblos con tu simplificador resumen de los siglos y las décadas).

Pero déjame volver a tu primer párrafo, realmente el bueno de tu escrito. ¿No crees que, si lo piensas bien, es tremendamente sexista? Y ni siquiera lo digo en sentido invertido (en el de que un hombre que lo leyera en una condición histórica hipotética distinta a la que hay, con otras relaciones de dominación que pudieran darse en el sentido inverso, podría con todo derecho decir "pero qué escritura tan tendenciosa") sino en directo.

Quiero decir que en realidad ese statement podría perfectamente haberlo escrito un hombre, podría ser típico de esos elogiadores del "eterno femenino" y la "femme fatale" como el nietzscheano-derridiano-lacaniano del poseer ellas la verdad o el único acceso al gozo (lo que al mismo tiempo les proscribe, recuerda, ser enteramente).

En tu caso, y con esa afirmación del tener ellas -vosotras- más cuerpo, más texto, ser más "sacerdotisas y profetisas" (si un hombre escribiera algo así hoy estaba crucificado) ¿no estarás directamente cayendo en un discurso implícitamente "machista"? ¿No puede ser que tu cantinela -propia del sujeto que fetichiza-mitifica a su objeto- reescriba a la mujer que tiene al otro lado, como su puro y reificado objeto de deseo --exactamente en el mismo lugar en el que tanto tiempo quisieron tenerla los "hombres", cuando menos algunos de ellos?


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