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Enero 20, 2008

Los ladrones de cuerpos - Óscar Alonso Molina

Originalmente en | abc.es |

007.jpgA partir del siglo XVIII, momento de un decisivo avance y evolución para las categorías estéticas negativas, el arte en Occidente desplazará progresivamente la prioridad clásica de lograr la representación en un plano de igualdad con la naturaleza para, poco a poco, llegar a convertir a ésta claramente en «imagen». El resultado serán espacios inéditos para lo artístico donde conquistar «otros tantos modos de la experiencia» o, si se quiere, formas de mirar: lo pintoresco, lo sublime, lo grotesco... De entre ellas, será esta última categoría la más ligada al cuerpo, tanto en su dimensión formal como espiritual, hasta el punto de que a menudo sólo es posible emplearla más allá -sobre un mueble, por ejemplo-, mediando una fuerte proyección de las formas de lo humano sobre la cosa -la comparación más o menos inconsciente de sus patas y brazos con los nuestros. Distancia extrañada del mundo, que culmina en el siglo XX su metástasis y llevará a pensar a Wolfgang Kayser en 1957 que «quizá el estudio de lo grotesco en épocas anteriores y la precisión conceptual del fenómeno aporten alguna ayuda para hallar un acceso al arte moderno e, incluso, permitan adoptar una posición más firme como hombres de la actualidad».

Contacto con lo grotesco.

La fortuna crítica sobre Tony Oursler (Nueva York, 1957), ha abundado desde el principio en la enorme importancia de esta dimensión en su obra porque se ha atendido más a los efectos que producen sus piezas, turbadoras, sin duda, que a los procesos que las animan, literalmente. Fue Christoph Martin Wieland, también en el siglo XVIII, quien identificó «las carcajadas, la repugnancia y la sorpresa» como las secuelas en el espectador del contacto con lo grotesco. ¿Y quién que se haya quedado a solas el tiempo suficiente con alguna de las obras de Oursler en cualquier ocasión no ha padecido su influencia? La confusión de la regla es allí norma, y lo orgánico se expande, se adueña del resto de los órdenes, delatando con claridad el impulso barroco de su deriva (grottesco, procedente de la gruta): en origen, semejante amalgama de fragmentos no sólo heterogéneos, sino íntimamente incompatibles, es antes que nada desbordamiento, exceso, inercia proliferante: la confusión esquizofrénica de lo que se hado ya antes de manera distanciada. La banda sonora de las proyecciones de Oursler es en sí misma casi un ejercicio de escritura automática, de parole in libertà, donde gemidos, gritos, chasquidos de lengua, gorgoritos, vocales estiradas hasta el infinito y Dios sabe qué más, se confunden angustiosamente con el diálogo entre personajes que, en las obras recientes, son ya ostentosamente fragmento. Valga como ejemplo este corte de lo que se dicen entre sí un hacha simiesca y la cabeza-huevo en que se haya clavada en una de las esculturas de la muestra: «Símbolos arbitrarios / Cómo sabe la rabia / ¿Sonidos? ¿Imágenes? / No deseo comunicarme / Heurístico / ¿Qué haces aquí? / Fonación / Más de lo que yo fui / vaga idea».


Siete piezas.
A Oursler lo hemos visto abrazar instalativamente espacios de muy variada naturaleza, con estrategias que van desde colocar discretamente, incluso en lugares casi invisibles, alguno de sus característicos muñecos, hasta el despliegue de complejas y gigantescas estructuras, pasando por intervenciones públicas a partir de proyectar sobre la ciudad o el parque sus vídeos. En esta ocasión, con sólo siete piezas da cuenta de cómo su discurso se debate entre la consecución de metáforas visuales de hondo calado espiritual o ético (Mask, Queen, Bomb, las tres de 2007), y la pulsión previsible hacia el encadenamiento de detalles heterogéneos de linaje surrealista (Crutch, Trunk, Frame, del mismo año), donde se adivinan incluso citas, perífrasis u homenajes desde Dalí a Bourgeois.

Dos vías no incompatibles (la última pieza, ésa del hacha que comentábamos, sería la mejor prueba de la síntesis plausible), cada una de las cuales a su manera viene a certificar todos y cada uno de aquellos «procesos de disolución» que Kayser detectara hace tres siglos en torno al corpus de lo grotesco: «La mezcla de los dominios para nosotros separados, la anulación de la estática, la pérdida de la identidad, la deformación de las proporciones "naturales", la anulación de la categoría de cosa, la destrucción del concepto de personalidad, la aniquilación del orden histórico». Tal disolución, en el caso de Oursler, parece siempre la antesala, el paso detenido o el ralentí morboso de un cuerpo a punto de empezar a desmoronarse y licuarse entre el burbujeo de su putrefacción. Ésa infinitamente aplazada.

Enviado el 20 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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