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Diciembre 11, 2007
Una forma de estar. Javier MONTES
Originalmente en ABCD:
Fue un signo de la aceleración de los tiempos (que son más o menos los de Andy Warhol, y los nuestros) que Barbey d?Aurevilly publicase en 1845 Del dandismo y de George Brummel. Acababa de nacer el dandi y ya se etiquetaba la nueva raza: «El dandismo es la fusión del ser y del personaje, de la naturaleza y el destino».
Tenía mérito tanta lucidez a la hora de adivinar la forma por excelencia de estar en el mundo de tantos artistas contemporáneos. Menos de siglo y medio después nosotros reconocemos a partir del Bello Brummel una genealogía que extiende ramas hasta Oscar Wilde y Duchamp, roza a Jean Cocteau, pasa por Salvador Dalí y desemboca en Andy Warhol antes de dispersarse por cientos de esforzados (y a la fuerza) dandis del arte de hoy.
¿«Liberté»?, mejor «egalité». En 1845, las mini-revoluciones burguesas daban la puntilla por toda Europa al mundo pre-moderno. De la Revolución Francesa, más que con la liberté o la fraternité, los burgueses elegían quedarse con la egalité. El dandi aparece con la democracia y con la cultura de masas: con el peso aplastante de la igualdad y la necesidad de desdeñar lo que no puede vencer. El desdén es su arma trágica y silenciosa, y explica el rictus gélido de Warhol tanto como la pose blasé y estándar de sus acólitos de la Factory. A nosotros, que hemos mamado la moral de esas revoluciones, los dandis como Andy Warhol nos fascinan y nos resultan, de primeras, antipáticos. Porque su lucha es contra esa igualdad cuyo mito respiramos y porque no nos consuelan: nos obligan a ver que resulta tan inevitable como letal.
En ese sentido, el trabajo de Andy Warhol tiene que ver con el avejentado camp de Susan Sontag, que planteaba la misma cuestión fundamental: «Cómo ser un dandi en la era de la cultura de masas». Es decir, cómo ser «alguien» cuando nadie es nada, o todos somos ya todo (aunque sea durante quince minutos). Qué queda del individuo tras esa igualación aplastante es la pregunta de cada uno de los retratos de Warhol: «Lo genial de este país es que América inició la tradición por la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo una Coca-Cola en la tele y sabes que el presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola y, claro, tú puedes beber Coca-Cola también. Una Coca es una Coca, y no hay dinero en el mundo que pueda conseguirte una Coca mejor que la que se está bebiendo el pobre de la esquina. Todas las Coca-Colas son iguales y todas las Coca-Colas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el presidente lo sabe, el pobre lo sabe, y tú lo sabes».
Hay ansiedad en la frase, y un aire de letanía, como en todo lo que hizo Warhol (sus series son letanías, y la letanía precede al Prozac): celebrar la victoria de lo que más tememos es un viejo truco para convencernos de que lo hemos derrotado. La igualdad en el consumo que comenta Warhol es, claro, la igualdad al consumirnos. Lo que nos diferencia no es nada comparado con todo lo que nos iguala: la nada misma.
En el catálogo del a exposición de La Casa Encendida, Estrella de Diego recuerda las calaveras tardías que pintó Warhol y el cráneo pelado que se trajo de un viaje a París: «el retrato de todos», lo llamaba. Ni la frase ni la idea son originales. Pero sobra decir que la cuestión de la originalidad está de más aquí. Warhol niega en sus retratos dos veces la posibilidad de ser original (la del retratado; la del retrato). Y ya se sabe que dos negaciones suponen un intento de afirmación, aunque sea a costa de retorcer la gramática.
Al alcance de todos. Y uno se acuerda de lo que decía Kierkegaard: al inventarse la fotografía el retrato está al alcance de todos. Pero al mismo tiempo el aspecto de todos comienza a igualarse, de forma que bastará para todos un único retrato. ¿Es la calavera de Warhol ese retrato de todos, entonces? ¿Idéntica a sus marilyns, sus jackies, sus liztaylors? En ese caso, son retratos también sus latas y sus cajas de detergente: el retrato de todos, y de ninguno. Calaveras, Coca-Colas.
Estrella de Diego ya reconocía en Tristísimo Warhol la sombra del esqueleto sobre el trabajo del artista que murió dos veces. Y volvemos a Barbey, que veía a los nacidos después de la Revolución «atrapados entre dos puertas. En una se lee: Demasiado pronto. En otra: Demasiado tarde». Warhol tiene ese aire atrapado en los autorretratos que realiza entre el tiroteo de Valerie Solanas y su segunda muerte. Cuando perfeccionó su noción del género como performance y de la propia vida como happening: como algo que va pasando, y que le pasa a otro. «Tal vez fuese mejor haber muerto» recuerda De Diego que comentó Warhol después del asesinato fallido: pero era demasiado tarde, o demasiado pronto, para decirlo.
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