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Diciembre 11, 2007

Globalización y metástasis… Andrés Isaac SANTANA

Todo refrán tiene un mayor o menor rendimiento discursivo según su uso social y el alcance lapidario de su sentencia. Dicen los que saben que: “A la tercera va la vencida”. Y en efecto, y al margen de que no abdico frente a la sugestión propia del refranero popular ni al fanatismo adictivo de la hipocresía celebratoria tan común en el gremio del arte, he de advertir que en esta oportunidad el comisario de la muestra Iberoamérica Glocal: entre la globalización y el localismo, ha conseguido unos índices, aún modestos pero atendibles, de coherencia curatorial. Esto, claro está, en el caso hipotético de que decidamos, por pura benevolencia e ironía no escamoteada, ignorar el marco conceptual diseñado por el comisario en el que se advierte una impropiedad en el uso del aparato teórico y una sintomática confusión ideológica francamente alarmante. Éste, sin dudas, es un proyecto sobre la violencia y sus recorridos, no así sobre presuntos efectos globalizadores ni respuestas localistas a favor de la identidad iberoamericana y de sus narraciones estéticas. Una vez más, un proyecto expositivo organizado por Casa de América se haya, por desgracia para muchos, en el peligro de estar a la deriva: en las agudas turbias de la improvisación y la falta de rigor. Paradoja e incongruencia argumental, son los signos más visibles de esta muestra.

Por ello, cuando hablo de índices de coherencia, es porque -sin dudas- ésta es una excelente exposición temática si se quiere bien orquestada, que propone unos itinerarios por el tema de la violencia, junto a alguna que otra digresión inteligente en el ámbito de la problemática urbana como el caso de Jorge Macchi. Pero, en modo alguno, ni la exposición en sí misma ni el cuerpo de obras escogidas (por más que se apele a ardides retóricos persuasivos y delirantes), ilustran el conflicto complejo y urgente acerca de cómo los artistas de las periferias del mundo activan discursos estéticos orientados a disentir, cuando menos cuestionar, el modelo de globalización hegemónica difundido desde los centros internacionales del poder simbólico. Lo que en el plano discursivo parecía que iba funcionar como un marco teórico orientador, haciendo la suerte de guía para esta especie de paseo, no haya su correlato ilustrativo en la exposición misma, e introduce en cambio una confusión lamentable que desde luego afecta la recepción y lectura de los reales contenidos que habitan en estas obras. No existe una sola pieza en esta muestra que someta a discusión, o que en cualquier caso certifique, los conflictos culturales que entraña el diálogo vertical y desfavorable entre los efectos de la globalización y las respuestas estéticas -de índole reactiva- a cargo de los artistas cuyas producciones de sentido se hayan enmarcadas en un contexto cultural y geo-político de signo periférico. Si en lugar de estas obras, el proyecto hubiera incluido –ahora sí- la nómina de artistas que antes integraron la muestra, igual de errática, Arte, sátira y subversión, entonces sin temor a dudas, estaríamos en presencia de un tipo de discurso estético que se ocupa de polemizar y desestabilizar el paradigma globalizado de la cultura, justo a partir de obras que apelan a sus herencias contextuales y acervos artístico-culturales (en clave paródica), para leer el presente de imposición y vejaciones articuladas desde los centros emisores de poder.

En cambio, insisto en ello, las obras aquí reunidas son estupendas, superadas sólo por su propia elocuencia. Con la excepción de Juan Iribarren, todas, en su autonomía discursiva, resultan auténticos abrevaderos conceptuales de rigor donde se revisa desde una postura abiertamente crítica el drama de la violencia y los altos índices de paranoia, así como sus irreparables consecuencias en los órdenes de la antropología y las subjetividades colectivas, en un contexto socio-político harto estratificado y complejo.

El peligro de este tipo de propuestas expositivas, algo en lo que he insistido hasta el cansancio, radica en el hecho mismo de que sus enunciados rectores suelen moverse por un paisaje conceptual de presunción teórica, con cierta desidia e ignorancia, lo que a ratos, no hace sino peligrar un discurso que en principio se desea (de)constructor y revisionista, excusando entonces planteamientos esencialistas y burdas fetichizaciones de los modos y enfoques distorsionados tan frecuentes en las aproximación crítica a un espacio cultural como el Iberoamericano que escapa, con extrema soltura y disidencia camaleónica, a toda pretensión teorética deseosa de rentabilizar en un texto autoritario la vastedad de su mundo referencial y de su ¿esencia?

La incoherencia de este proyecto, en el que el discurso curatorial aborda unos tópicos muy específicos al tiempo que las obras viajan en otra dirección y se desentienden del primero, diagnostica un conflicto bastante serio: el de la improcedencia y el intrusismo en las parcelas de las prácticas intelectuales y artísticas. Afecciones, en estado de metástasis, que están poniendo en crisis a toda una estructura de saber. Luego entonces, y frente a la seriedad de quienes piensan los procesos culturales y sus desvaríos más fronterizos, está esa otra postura patética que desea denostar el valor de la crítica apelando a nimiedades excesivamente burdas, que buscan demostrar una presunta irreconciliación de intereses entre comisarios y críticos. En este juego, demasiado obvio y un tanto más ridículo, se busca evadir la responsabilidad y ejercer de mercenario. En lugar de ello se aplaudiría la convocatoria al debate y el deseo manifiesto de la corrección sobre un ejercicio de fondo capaz de advertir otros modos, quizás posibles, de ejercer la compleja labor de comisario de arte contemporáneo. Por error, y en parte también por ingenuidad desenfrenada, muchos diletantes creen estar en condiciones de pensar los procesos culturales y estéticos contemporáneos, desde el formato cada vez más complejo de la exposición. Después del momento de gloria del “Todo Vale”, aún persisten los ánimos desproporcionados y peligrosos de quienes no consideran la coherencia y el sentido común como virtudes de la vida misma. No estaría mal y sería mucho sensato y profiláctico prestar mayor atención a la máxima del refrán popular cubano que reza: “si no sabes de hierbas no te metas a santero”, Iberoamérica Glocal ha equivocado sus enunciados, ha visto a bien ensayar desde la ligereza una reflexión mayor. Justo ahí se localiza su desacierto, su peligro, su énfasis demencial. Poéticas sólidas, aquí reunidas bajo un falso reclamo de “anti globalización”, como las de Laura Belém, Juan Fernando Herrán, Teresa Margolles, Francis Naranjo, Noé Senda, Wilger Sotelo o Gaston Ugalde, consiguen movilizar el consenso colectivo en función de una lectura seria y comprometida sobre aquellas cuestiones de urgencia cultural y política, que a penas muchos intelectuales del arte y la cultura son capaces de discernir con la coherencia y la enjundia que ellas demandan. Ya es hora de abandonar la miopía, porque como bien advirtió Celia Cruz en una de sus auténticas letras, “aquí el que no corre vuela”.

Enviado el 11 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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