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Noviembre 05, 2007

Jonathan Hernández, registro y resistencia. David BARRO

Originalmente en EL CULTURAL:

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Comenzaré a partir de una curiosidad: una vez incluido en uno de esos proyectos editoriales donde todos quieren estar, concretamente en esa guía de artistas internacionales editada por Taschen bajo el título Art Now, que está directamente relacionada con el universo de las cotizaciones artísticas, Jonathan Hernández, artista mexicano, joven (1972), ironizó con esa condición de arte emergente enviando, para la biografía, una foto de cuando era niño. Ese simple gesto podría desvelarnos las claves de un artista que trabaja la memoria a partir del ensamblaje y del collage, del humor y la ironía crítica, del apropiacionismo de objetos y situaciones próximas, pero sobre todo desde la aprehensión del espacio entre las cosas, entre obras, y entre distancias.

Jonathan Hernández es el encargado de presentar en sociedad un nuevo espacio: la Fundación RAC (Rosón Arte Contemporáneo), impulsada por el coleccionista Carlos Rosón en Pontevedra. Así, dentro de su programa de residencias, el artista se estableció durante los meses de junio y julio en Pontevedra para realizar un trabajo específico para el nuevo espacio. El pensar para un programa de residencias en alguien como Jonathan Hernández es, al tiempo, un acierto –siempre ha trabajado el tema del turismo o del viaje, pero también del entorno en el que se mueve– y un riesgo –siempre podrá parecer que sólo ha ido para hacer turismo–. Pero en este caso, los presupuestos de su trabajo se invirtieron al abandonar la idea inicial de trabajar en el exterior (el movimiento) y hacerlo en su propio alojamiento (el tiempo detenido), un piso en el centro de la ciudad.

Será por tanto la memoria, más que nunca una mirada tensa, la que conforme esta suerte de paisaje emocional capaz de tornar un tiempo vacío (como el de las prisiones) en tiempo pleno. En apariencia, esto puede ser una pérdida de tiempo, su destrucción por rutina. Pero esa elasticidad, esa ralentización contraria a cualquier programa de residencia, resulta en este caso fructífera con obras como El tiempo (del 3 junio al 8 de julio de 2007), donde 36 mapas del tiempo funcionan como diario personal, eso que pudo haber sido y no fue, como ese tiempo volátil de los presos marcado con rayas en la pared a modo de concreción simbólica de lo no vivido. Posiblemente, ahí radique ese juego de palabras (tan característico de la trayectoria de Jonathan Hernández) que da título a la muestra: Tiempo perdido, ganado y empatado. Y aparentemente sin haber jugado, habiendo desaparecido del contexto de lo que llama irónicamente su tsunami gallego.

En el fondo, el trabajo de Jonathan Hernández es un problema de registro, de reconstrucción (y deconstrucción) de un presente ya reconstruido, como en uno de sus collages. Pero también de imposibilidad, o más concretamente de fisura de las expectativas. El reverso, la duda; otra vez la pérdida de tiempo como resistencia al progreso. Jonathan Hernández piensa el texto como temporalidad y, posteriormente, toma decisiones, casi siempre de tintes románticos. Al fin y al cabo, es una fortuna que, por momentos, haya personas que nos permitan perder el tiempo.

Enviado el 05 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

cuando yo era pequeño sin querer mate a un pollito para ver que era la que tinia por dentro


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