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Septiembre 08, 2007

Ibon Aranberri: "He estado enfrentado al sistema expositivo. No lo veía necesario" - Javier HONTORIA

Originalmente en EL CULTURAL.es

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El trabajo de Ibon Aranberri es profundo y complejo. Las dos cosas. Recurre a referencias y temas de carácter histórico, geopolítico o artístico y los altera para reflexionar sobre cómo entendemos el imaginario colectivo. Habla desde una estética objetual, desde la escultura (“sólo desde un estado de crisis puedo defender la idea de escultura”), que deconstruye en múltiples partículas que luego rearma para ofrecer nuevos mensajes. Su presencia en Madrid no ha sido todo lo continuada que se podría esperar sobre todo si atendemos a su curriculum, prolijo en alusiones a una intensa trayectoria internacional. Participó en la Manifesta de Fráncfort de 2002, es un habitual de exposiciones colectivas europeas y ahora está presente en la Documenta de Kassel, que se puede ver hasta el próximo día 23.

– ¿Qué veremos en Pepe Cobo?
–La exposición es una continuidad del trabajo que vengo realizando en estos últimos años. Es una reflexión sobre algunos de los elementos utilizados por el poder en la construcción de obras públicas, como monolitos u obeliscos, que se utilizan para comunicar o conmemorar, para identificarse con las masas. Hay un tipo de monolito que aparece en varios pantanos y en algún acueducto y puente. Es un estereotipo de carácter propagandístico que puede tener sus orígenes en Egipto y en Grecia y que no es muy distinto a algunos monumentos levantados durante la guerra civil bajo un contexto bien distinto. Lo que hago es reutilizar materias anacrónicas propias de la escultura totémica. He desmontando un monumento-escultura sobre un paisaje de fondo ruinoso de obras públicas en los alrededores de Madrid.

El lugar de la escultura
»Todo tiene que ver con mi interés por ciertas formas de representación del poder, iconografías totalitarias que adoptan una imagen relacionada con lo artístico. Fotografías de obras civiles [que ha presentado en Kassel], monolitos conmemorativos, etc...

–Usted se ha venido definiendo como escultor. ¿Cuál es el lugar de la escultura en el arte de hoy?
–Ya no podemos sostener la idea de la escultura como la forma vanguardista que fue. Sería demasiado romántico. Por otro lado, incidimos una y otra vez en el fin de las disciplinas. Diría que, por definición, la escultura tiende a su propia aniquilación, a un estado negativo que ofrece pocas garantías. Aún así, este estado opaco puede abrir vías indefinidas.

–En su trabajo hay una importante carga de recuperación de la memoria histórica. ¿Hay en esta actitud algo político?
–Las referencias a capítulos de la historia reciente se repiten en varios de mis trabajos. Aunque no lo parezca, es accidental, ya que casi nunca parto de una motivación temática. No hay que identificar estas referencias localistas como un ejercicio de recuperación de la memoria histórica. Para ello hay tácticas bastante más eficaces, alejadas del lenguaje del arte. Y habría que determinar el significado de lo político; más allá de la ilustración del conflicto, deberíamos hablar de la responsabilidad del artista en la sociedad. Es un cuestión de fondo.

–¿Cuál es esa responsabilidad?
– Los artistas de mi generación nos hemos acostumbrado a un modelo de artista que se ha potenciado en los noventa. A mí me interesa una idea más múltiple, de mayor alcance, en la que el artista es capaz de actuar de muchas formas distintas en función de los diferentes contextos. El formato exposición es algo anacrónico, como lo es también el cliché del artista encerrado en su estudio que sólo se acerca al público a través de sus exposiciones. Hoy el artista es un individuo integrado en la sociedad donde puede cumplir labores múltiples desde una mayor conciencia política.

– ¿Y cómo entiende el concepto de “exposición”? Usted habla de deconstrucción y en sus exposiciones se suele ver una constante acumulación de objetos e ideas...
–He estado enfrentado al sistema expositivo, no lo encontraba necesario. Sólo enfrentándome a la violencia del propio acto, tanto como al dictado del cubo blanco, era capaz de generar algo. A la larga resultaba castrante, así que he desarrollado mis propias estrategias. De ahí, esa apariencia deconstructivista, de material acumulado. En este sentido, entiendo el acto de exponer casi como una forma de edición, digamos tridimensional.

Formas de la Documenta
–¿Tiene ésto algo que ver con su inclusión en la Documenta? Los comisarios subrayaron repetidamente la idea de que una exposición de arte contemporáneo no debía tener forma...
–El motivo de mi inclusión habría que preguntárselo al director. Esa idea de la “no-forma” puede parecer contradictoria sobre todo al hilo de la presencia reiterada de algunos artistas (John McCracken, Juan Dávila o Kerry James Marshall), cuyas obras, que se repiten en todas las sedes que albergan la exposición, casi se convertían en módulos. Yo decidí no enfrentarme al espacio, no actuar en función de la arquitectura. No tomé decisiones previas y confié en el propio acto del montaje, como si fuera una performance que se resuelve con un simple gesto.

– La tesis planteada por los comisarios está dando mucho que hablar...
–Esta edición está siendo polémica. Tiene un toque romántico, propio de Roger M. Buergel y Ruth Noack, que han constituido un discurso con una fuerte correspondencia personal. Todas sus fortalezas y debilidades han quedado explícitas. Personalmente, he pasado por todo tipo de estados, y todavía no me atrevo a lanzar un juicio objetivo.

–¿Cree que la figura del comisario queda un poco en entredicho tras este “Grand Tour” de 2007?
–El Grand Tour se lo han montado los americanos, como una excusa para darse un peregrinaje por Europa. El comisario se ha convertido en el maestro de ceremonias, cobrando a veces excesivo protagonismo. Más que de curators, habría que hablar de estrategias curatoriales. En los noventa se implementó la figura del mediador, en gran parte como figura de legitimación institucional. Por eso, habría que diferenciar entre el comisario-creador y el comisario funcionario, aunque luego las posiciones siempre resulten más híbridas. No hay que olvidar que históricamente, han sido los propios artistas quienes se encargaban de articular exposiciones. No radica tanto en la figura de poder, sino en el rol de mediación.

–Roger M. Buergel situaba su Documenta en “las antípodas del mercado”. ¿Cuál es la sensación al salir de esta Documenta y entrar en una galería?
–Es la manera que tiene Roger de mitificar. Ahora que la diferencia entre las ferias y bienales cada vez se difumina más, la Documenta todavía tiene que marcar cierta ortodoxia. Aunque sólo sea metáforicamente. Hay una necesidad de reforzar espacios de pensamiento crítico, más allá de las relaciones de oferta-demanda ancladas en la vieja economía. En cuanto a mi entrada en la galería, soy consciente de las limitaciones que impone y las consecuencias que ello conlleva. A veces, hay que hacer malabarismos. Intento negociar entre la sobreconsciencia del sistema del arte y otras actividades más altruistas.

Enviado el 08 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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