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Julio 12, 2007
La familia y Münster - Fernando Castro Flórez
Originalmente en abc.es
Tal vez los melancólicos terminaran peor de lo que estaban tras el «Grand Tour». El único consuelo que podían recordar es el de haber visto espléndidas ruinas y, si la suerte les había acompañado, algún naufragio ajeno. También sus colecciones, con toda seguridad, habían aumentado con la introducción de algo aberrante, por ejemplo, una cárcel piranesiana. Al completar la gran paliza de Venecia-Basilea-Kassel-Münster la sensación es de completa desazón. Como los antiguos sabios, he llegado a saber que no sé nada o, por lo menos, que no soy capaz de entender el calamitoso estado contemporáneo de lo que llegó a denominarse «práctica curativa».
En la Bienal -ya lo he escrito hace poco- tan sólo se manejaban nombres de referencia para complacer tanto al galerismo como a esa franja del público que adora lo que está consagrado por el mero de hecho de que ya está perfectamente enmarcado. Aunque Storr ha realizado un guiño -bastante patoso por cierto- a la retórica de la guerra y del conflicto, en realidad, lo que le interesa es formular un canon con el que hay que comulgar o declararse apóstata, y colaborar -aunque sea de mala gana- con los que tiran piedras contra la sacrosanta institución del Arte. Entre algunas de las perogrulladas que este comisario ha desgranado destaca la siguiente: «Las exposiciones no son como las ferias, porque hay mayor selección y concentración. No es sólo que el dinero no cambie de manos. Ni que haya tanta fiebre, tanta especulación. Es, simplemente, que alguien coge las riendas y dice: "Vamos a ver estas cosas en estas circunstancias y de este modo". Una exposición se hace, precisamente, para que el arte pueda verse en circunstancias que favorecen lo que el arte puede realmente mostrar».
¿Quién lleva las riendas?
Los adictos que partieron desde la ciudad de los canales a Basilea comprobaron lo desacertado que estaba este «demócrata del arte», que, acaso sin darse cuenta, había preparado un Salón de one-man-shows, sin orden ni concierto, esto es, sin que nadie -por emplear la metáfora vaquera- llevara las riendas. En la feria suiza, como es sabido, la selección es precisamente la divisa. ¿Qué diferencia podemos encontrar entre Art Unlimited con piezas extraordinarias como la ciudad nocturna vista desde el aire de Carlos Garaicoa o la magia del humo de Pierre Huyghe y lo que de los planteamientos actuales se filtra en la mentalidad retrógrada de un comisario interesado principalmente en «pensar con el sentimiento»? Desde el arte de vanguardia a lo último de lo último, el mercado, con su ordenado desorden, masacra al bienalismo, sobre todo cuando éste ha renunciado a lo reflexivo.
«Algunos de mis colegas -apunta Storr-, a quienes respeto pero con quienes estoy en desacuerdo, han decidido que las exposiciones no son situaciones dedicadas a agradar e instruir de manera clásica, sino que están pensadas para instruir. No se permite que el arte hable por sí mismo, sino que se le empuja a representar otra clasificación de discurso, fundamentalmente literario, filosófico o teórico; se obliga a las obras de arte a convertirse, como en los libros, en las ilustraciones de un texto más amplio, el texto de la exposición». Podríamos pensar que este sujeto que abraza encantado de la vida la misión de agradar al público está en las antípodas del estricto Roger M. Buergel, responsable de Documenta XII.
Lecciones deslavazadas.
Dejando al margen el lamentable affaire Adriá, esa bulliciosa forma de márketing (merecedora de ser puesta, por separado, a caldo), lo cierto es que en Kassel encontramos una serie de lecciones deslavazadas y, en la mayor parte de los casos, fallidas. Algunos han encontrado aquí la panacea de lo que llaman «limpieza verborreica» pero, en mi opinión, es precisamente el delirio visual «interpretativo» lo que ha conducido al naufragio. Ya las preguntas que lanzó (¿a qué llamamos vida? ¿Es la modernidad nuestra antigüedad? y ¿De qué forma educamos?) eran para apretarse el cinturón y poner cara de opositores a la plaza de Metafísica. Con todo, no hay que tener miedo, porque el recorrido por el Friedricianum, el Documentahalle o la Neue Galerie no hacen otra cosa que simular el rigor. Parece ser que Buergel quería, entre otras pretensiones, desmontar el cubo blanco (sin saber que ese Pacífico ya estaba descubierto), recurriendo como antídoto a un montaje que está entre lo pompier y la pura extravagancia. Hay momentos en los que la indignación del espectador es razonable, por ejemplo, al ver cómo se utiliza a Oteiza en vano. Falta de nuevo el discurso curativo (por otro lado, en el catálogo tan sólo se han depositado dos páginas de aliño), y se deja en manos de un espectador estupefacto y carente de herramientas la posibilidad de extraer algún sentido.
Ni mucho menos.
La última estación de la peregrinatio no es, como llegué a soñar, el bálsamo de tanto desbarre. El proyecto de Münster ha derivado, inevitablemente, hacia lo cansino, repitiendo gestos como el de Michel Asher aparcando aquí y allá, una vez más, su roulotte o tirando de artistas sumamente previsibles. Afortunadamente, hay intervenciones excelentes como la plaza piramidal excavada por Nauman o la granja delirante de Mike Kelley. Sin embargo, el tono dominante es el de lo kitsch, donde se lleva la palma Isa Genzken que también se ha columpiado sin red en el Pabellón Alemán de los Giardini. El turista del arte sigue, plano en mano, un recorrido masificado para «encontrar» las piezas que son, en muchos casos, naderías. Es como si se estuviera en un parque temático, soló que con el agravante de que las «atracciones» principalmente decepcionan. La cosa está tan cruda que finalmente adquieren relevancia bromas como las de Dominique González-Foerster, que miniaturiza la historia «escultórica» de Münster, o Hans-Peter Feldmann, que añade un poco de cachondeo a unos urinarios públicos. Blumenberg señaló que hay que tener en cuenta constantemente que se va a la deriva: «Desde hace tiempo, no se trata ya de navegación y ruta, de desembarco y puerto. El naufragio ha perdido su propia acción-marco».
El disco rallado.
Llevamos, como los niños del «mañana-mañana» de Más allá de la cúpula del trueno, un disco rallado como tótem, a la espera de un Mesías que a la postre es un violento vestido de cuero. Por lo menos, Mad Max sabe para qué sirven las cosas, y los que están perdidos escuchan una lección de idiomas en una antigua gramola. Si los comisarios, por la razón que sea -pereza, cinismo, torpeza, neo-hippismo o sobrealimentación con espumas y otras delicatessen-, han decidido que no son necesarias ni voces en off ni textos argumentativos, y, además, el montaje tiene que ser la pura y simple manifestación de que cualquier cosa puede estar junto a otra, deberemos preguntarnos: ¿qué necesidad tenemos de esos visionarios cuando hasta el más pardillo puede hacer la o con un canuto?
Ha llegado el momento de sentir, aprender de las cortinas, merodear en busca de un tesoro que no existe o, si se tiene el suficiente dinero, comprar lo que se desea. Extraña deserción la de aquéllos que tendrían que «organizar» la cosa, cuando, por emplear la fórmula de Storr, el mercado toma, con una energía incuestionable, las riendas. Pero si la experiencia estética -si tal cosa tiene un sentido diferente de la mera inmediatez- adquiere en el curso de este Tour funesto su máxima intensidad en la Feria de Arte de Basilea (rodeada de exposiciones maravillosas en los museos: Munch, Jasper Johns, Robert Gober), ¿qué necesidad tenemos de otro héroe curativo? Como en el circo romano, hay que abandonar toda esperanza y tener claro que estos tipos que «confían en el público», esto es, que le dejan al pairo para que se las apañe como pueda, no tienen ninguna intención de marcharse: llegaron para quedarse y, mientras tanto, dar lecciones parvularias. Si no te enteras, peor para ti. Ahora escribe en el encerado: «Nunca más me aburriré con el agradable arte de perogrullo».
Enviado el 12 de Julio. << Volver a la página principal << |
