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Mayo 22, 2007
Apología del «píxel» - Óscar Alonso Molina
Originalmente en abc.es
Nacido en Francia, residente en Nueva York, Stepeh Dean (París, 1968), celebra su primera individual en nuestra capital en medio de cierta expectación que lo acompaña tras su presencia en la última Bienal de Venecia, la inminente inclusión de parte del proyecto que hoy nos ocupa en el MoMA, de San Francisco, y, en general, un impecable currículum jalonado de los tópicos ya habituales a que nos tiene acostumbrado el perfil medio de artista prometedor de su generación, que Dean representa a la perfección: inquieto, altamente profesionalizado, atendido por el coleccionismo institucional tanto como por el sector privado, con el don de la ubicuidad, facilidad de producción, operando bajo premisas de rápida asimilación en un contexto globalizado, etcétera.
Y, sin embargo, a pesar de que pareciera ocioso tener que recordarlo, lo cierto es que bien poco es lo que se garantiza realmente [sic] en arte a pesar de semejantes preámbulos, aun todavía hoy, cuando parecen irresistibles los manejos del telemarketing mundial que, a la postre, terminan siendo igual de implacables y fungibles para todos: los elegidos, los que no. Total que, para asombro, fastidio o tedio de algunos, a diario nos encontramos con casos como el suyo, donde el éxito alcanzado es directamente proporcional a la capacidad de la obra para ocupar un lugar extensivo y plano en la medida de lo posible; unidireccional si cabe, infalible en su propia evidencia, de mínima conflictividad, y que se mueva con absoluta comodidad en medio del ornamento entendido en su sentido más laso y dudoso: la decoración epidérmica, las lindes de lo banal.
Reflejos irisados.
Entre el minimalismo (el silencio) y el pop (la agria vacuidad del kitsch), en el mundo tardomoderno se abrió un espacio estético de indudable legitimidad, inquietantes perspectivas y enorme potencial estético que Dean no ha sabido cartografiar, no digo ya conquistar. Las escaleras y tarjeteros de kiosco que dan la bienvenida al espectador, animados insípidamente por el juego de reflejos irisados producido por los recortes de vidrio dicroico que sostienen (cuya gracia radica en que su color cambia según el ángulo de incidencia de la luz y los desplazamientos del visitante por la sala), erigen una paupérrima instalación ambiental donde las piezas parecen convocar al espacio circundante sin ser atendidas por él siquiera un instante. No obstante, se supone que tan deslavazada, desfallecida experiencia sensorial hay que disfrutarla con esa misma fascinación algo infantil del artista por las cosas de color y las que brillan: el titilar de los reflejos, las luces que se encienden y se apagan en la ciudad, los escaparates, anuncios, neones, por excelencia los de esos casinos de Las Vegas a los cuales alude el título de la muestra.
Complacencia formalista.
Y en efecto: no va más. Porque son éstos los que protagonizan la segunda parte del recorrido, en un vídeo que es ya pura complacencia formalista, tomando como excusa un repertorio fragmentado hasta el infinito pero que se empuja a sí mismo en su inconsciente discurrir: que por un instante aparece en primer plano una ruleta de juego, pues la cámara gira sin dudar sobre sí misma evidenciando paralelismos con las luces de la ciudad; que el objetivo se concentra en los característicos puntos rojos de los leds electrónicos, pues sin solución de continuidad el montaje los enlaza al deslizamiento desenfocado de una riada de faros de automóvil en la noche... Entenderán ustedes, si se animan a verlo entero, que, en medio de esta apología del pixel, no dejara de acordarme de las magníficas exposiciones que podía estar volviendo a visitar en Madrid: la de los neoimpresionistas y la de Nam June Paik; tan cercanas a todos estos asuntos, tan lejanas...
Fallida presentación la de Dean, que, sin embargo, parece enlazar en última instancia con el espíritu de los tiempos que de la noche a la mañana ha vuelto a poner sobre el tapete aquellos jugueteos hipnóticos del cinetismo y el op-art de los sesenta, un tanto pueriles ellos mismos, la verdad. La vivencia del color que Dean propone radica en el experimento inane, exangüe -¡quién podría acusarle de esteticista, de concentrarse en el orden del ornamento con lo que eso conlleva de crueldad!-, a pesar de su sedicente exuberancia y matización, pues antepone la dimensión lúdica de un arte neutro que exige por encima de todo entretenimiento, gozo en la pasividad intelectual sin ínfulas de «lenitivo cerebral». Esto último se puede comprobar en el par de crucigramas resueltos mediante una carta de color que, sin duda, son lo más emocionante de esta exposición. No se rompan más la cabeza.
Enviado el 22 de Mayo. << Volver a la página principal << |
