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Marzo 17, 2007
Detrás de la pantalla - Miguel Cereceda
Originalmente en abc.es
A pesar de que la relación con la imagen es uno de los grandes temas del arte contemporáneo, es extraño comprobar cómo la reflexión sobre la misma se ha producido más en el ámbito de la pintura y de la fotografía, es decir, en el ámbito de las artes de la imagen detenida, que en el de la imagen en movimiento. Tan sólo algunos filósofos como Gilles Deleuze o algunos raros artistas, como el surafricano William Kentridge, han desarrollado una reflexión sistemática sobre los enigmas de la imagen en movimiento, abriendo con su investigación nuevos caminos de experimentación formal. El cine es, sin embargo, el gran arte del siglo XX, y su influencia no sólo en nuestra visión y concepción del tiempo, sino también en la propia comprensión de la realidad es incuestionable. De hecho, la propia evolución de las otras artes, desde la música a la novela, pasando por la pintura y la arquitectura, se debe también y en buena medida a la influencia del cine.
Reticencias escultóricas.
De todas ellas, sin embargo, tal vez ha sido la escultura la práctica artística contemporánea más reacia a las influencias del cine. El propio cinetismo que introdujo Alexander Calder en sus esculturas era despreciado por Oteiza como una especie de infantilismo. Y tampoco la reflexión que propiciaron los grandes escultores de la segunda mitad del siglo XX, como Carl Andre, Robert Morris o Robert Smithson, favoreció mucho las relaciones de la escultura con la cinematografía. Mientras que la escultura parecía aferrarse a la quietud y la intemporalidad, el cine se esforzaba -como enseñó Deleuze- en la construcción de todo lo contrario.
No obstante, con la aparición del vídeo, la escultura se fue reorientando en dos direcciones diferentes: o bien introduciendo la imagen en movimiento como parte de un montaje escultórico ?tal como hacía, por ejemplo, Nam June Paik?, o bien introduciendo la escultura como parte del espectáculo cinematográfico, tal como hace Matthew Barney.
La ambición del joven artista australiano Ian Burns consiste más bien en desmontar escultóricamente la mitología de la imagen, poniendo ante los ojos del espectador toda su tramoya. Con sus ruidosas y atrabiliarias construcciones de madera, cables, luces, altavoces, radiocasetes, rotores y microcámaras, presenta al espectador una especie de chirriante y bullicioso teatrito mecánico de títeres que, en vez de marionetas, mueve ante nuestros ojos tópicas imágenes del cine o de la televisión, parodiando artesanalmente su costosa producción cinematográfica. Complicados planos del enigmático despegue nocturno de un avión son construidos por el artista sobre la pared con unos cables, una bombilla roja, unos clavos y unas cartulinas. Una lluviosa escena de carretera se hace con un ventilador y unas bolsas de plástico. Un avioncito de juguete, suspendido de un hilo de nailon, le sirve para presentarnos un poderoso reactor que sobrevuela por encima de nuestras cabezas, cruzando las nubes. Frente a los alardes de la hi-tech, el juego con la tramoya y con la baja tecnología hacen de sus esculturas paródicos artefactos filosóficos que inocentemente se interrogan acerca de lo que hay detrás de la construcción social de las imágenes.
Cacharritos paranoicos.
Antes de dedicarse al arte, Ian Burns era ingeniero de formación, y es evidente que esa relación con la técnica le ha sido muy útil para la construcción de estos cacharritos paranoico-críticos. Pues, lejos de hacer como otros muchos artistas plásticos que, fascinados por las posibilidades de la técnica, presentan al espectador lo que no son en muchos casos más que meros avances ingenieriles, Burns, por el contrario, quiere que el espectador no sólo reflexione acerca de la producción artificiosa de la imagen, sino que incluso intenta demostrar su carácter ideológicamente tendencioso, al parodiar, con un excelente sentido del humor, algunos de los mitos iconográficos de la cultura norteamericana contemporánea, tales como el western, el deporte o la invasión de Irak. De este modo, sus esculturas no sólo se refieren al cine, sino también al deporte y a la política, deconstruyendo las imágenes asentadas en nuestro imaginario cultural procedentes de los noticiarios, desvelando su trasfondo artificioso y exigiendo al espectador interrogarse por su sentido.
Al poner burlonamente ante los ojos del espectador todo lo que hay detrás de la imagen fetichizada de la pantalla, introduce en el arte contemporáneo un corte epistemológico semejante al que introdujera Lucio Fontana en la pintura, al cortar sus lienzos con un escalpelo e interrogarse acerca de las relaciones de la pintura con el espacio.
Enviado el 17 de Marzo. << Volver a la página principal << |
