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Diciembre 31, 2006
Joan Morey: «El artista y su trabajo son objetos fácilmente reemplazables en este sistema» - Javier Díaz-Guardiola
Originalmente en abc.es
Así define Joan Morey (Mallorca, 1972) Postmortem, el trabajo performativo que le lleva a Barcelona y que continuará su desarrollo en Galicia dentro del ciclo «Proyecto-Edición»: «Quizá no sea adecuado hablar de un programa de performances o de un work in progress, sino de una pieza que mutará con la intención de configurar un corpus teórico. Así, la exposición se construirá durante tres meses desde el magma de acciones y a partir de los satélites que giran en torno al proyecto: la web www.elmalejemplo.com, las diversas piezas gráficas e, incluso, los vestigios que vayan apareciendo». El artista sigue poniendo en entredicho los mecanismos de producción y gestión artísticos, que introduce, literalmente, en un ataúd, set de estas actividades. Aquí huele a muerto, y Morey es el responsable.
«Postmortem» no es su forma de «enterrar» diez años de trabajo asociado a la marca STP, sino una oportunidad de hacerles una autopsia.
Postmortem no es una obra al uso instalada en un espacio expositivo, sino que responde a un site specific concebido para el claustro renacentista de un edificio convertido en centro de arte. El proyecto se desarrolla de forma expandida en el espacio del CASM y durante todo el tiempo que dura la «muestra». Conmemorar diez años de trayectoria en los que numerosos proyectos fueron armados bajo las directrices de una marca no es más que una excusa mercadotécnica. Pocos son mis intereses actuales por algunos de los patrones que impulsaban mi obra, aunque es inevitable que mi trabajo mantenga estéticas y estrategias. De ahí que Postmortem se manifieste como una autopsia, un examen a la búsqueda de los motivos por los cuales mi labor como creador se encuentra en permanente stand by, en una deriva continua hacia lugares inciertos y expectativas inadecuadas. Quizá esto tenga que ver más con una desconfianza en el medio del arte y la cultura provocada por la inestabilidad del panorama nacional, y la dificultad de acción y relación profesional, que, en la mayoría de los casos, roza el límite de lo absurdo y la ignorancia.
Ya que hemos mencionado «STP», ¿cuáles fueron sus primeros incentivos y cómo han evolucionado hasta hoy?
STP, siglas de Soy Tu Puta, nació como marca ficticia en 1997 como fórmula para ubicar un proyecto creativo en el contexto del arte sin la necesidad de producir obra acabada, sino depositando el interés en lo procesual, en el colaboracionismo, la apropiación de estrategias y la contaminación entre campos. STP se forjó como necesidad moral para con los colaboradores que iban participando en cada proyecto, y poco a poco fue intercalándose en el ámbito artístico, factor positivo para el reconocimiento de algunos proyectos, pero que lentamente hizo que la marca-concepto fuera desplazándose a un segundo plano en pro del dominio del «autor-productor». Actualmente de STP tan sólo quedan residuos y desencantos.
El CASM le reencuentra con Frederic Montornés, que comisarió uno de sus primeros trabajos. Ahora, ¿quién buscó a quién?
Lamentablemente, suelo respetar demasiado las estructuras de poder bajo las que se rige el arte contemporáneo. No es mi estilo buscar a un comisario para proponerle ningún proyecto, aunque tal vez debiera aprender a hacerlo. En este caso, Montornés forma parte de la mesa curatorial del CASM, y fue quien decidió volver a apostar por mi obra. De todas formas, he necesitado que tanto el comisario como el equipo del centro depositen mucha confianza en mi propuesta, puesto que ni una vez inaugurada se sabe por qué caminos puede desviarse durante su desarrollo. Postmortem requiere serenidad, confianza y apoyo, aunque hay que tener en cuenta los múltiples elementos a mi favor, como la facilidad de trabajar en mi contexto con el centro de producción Hangar en el que soy artista residente y con colaboradores habituales, y desde un espacio privilegiado en el que poder manipular a mi aire la infraestructura .
Critica el papel del artista y lo rebaja a la categoría de sujeto que se prostituye por y para el sistema. Sin embargo, si no fuera por «su marca», ¿le habría sido más o menos sencillo ser acogido en el ámbito artístico?
Siento ser soez, pero me importa muy poco que mi trabajo se entienda o no, y menos aún que sea del gusto o disgusto de nadie. Tengo otras prioridades en las que confío plenamente, y, aún así, debo admitir que todas ellas continúan subyugadas a intocables estructuras de poder. El artista y su obra son sólo objetos fácilmente reemplazables dentro de las dinámicas culturales, por lo que sigo pensando que es mejor asumir el papel de productor-prostituta que negarse a ello. Es aquí donde probablemente se inscriba la crítica: el artista no debería ser ningún genio, sino que debe ser un profesional de la cultura con los privilegios de manejar información desde su trabajo de investigación y procesarla según cierta imaginación estratégica, descubriendo nuevas formas de comunicación, incitando a la reflexión y, con un pelín de suerte, modelando la opinión pública.
En «Postmortem», el público tiene que ser previamente invitado. Eso denota interés en el que asiste, cierta predisposición. ¿No anestesia los resultados?
Tras una larga y tortuosa experiencia con multiplicidad de espectadores, creo estar cada vez más seguro de que el arte necesita de un agente especializado, y que, sin menospreciar a nadie, debería tratarse de un agente adecuado. Actualmente el circuito está poblado de impostores que no hacen más que deteriorar la intencionalidad de muchos discursos o avalar con su estupidez la sencillez de numerosas obras, proyectos y/o trayectorias mediocres, para así consensuar un espacio a la medida de sus posibilidades, y, me atrevería a decir, intelectuales. Que yo intente predefinir un tipo de espectador «interesado» o, por lo menos, curioso por lo que va a ver, no creo que sea anestesiar el resultado, sobre todo cuando las expectativas sobre tal cuestión son prácticamente nulas. Casi preferiría que muchos de ellos entrasen en un profundo coma profesional para dejar vía libre a otros.
El fracaso es un tema recurrente de sus últimas citas. ¿No queda nada que salvar?
No suelo manifestar demasiadas dosis de optimismo. Tuve que superar la autoexigencia para poder optar a un poco de relajación. Ahora lo veo todo desde otra óptica. Llevo tatuado en mi muñeca derecha lo que probablemente sea mi mantra diario, el título de una canción de la banda Vómito Negro: No hope, no fear (Si no hay esperanza, no puede haber miedo).
¿De qué forma funcionan como catalizadores los ingredientes relacionados con el lujo, el «glamour» o el divertimento en su trabajo?
Mi obra siempre ha tenido como capas principales la estética y la moda, convirtiendo esos elementos en una particularidad que conduce al trasfondo más oscuro de la relación entre amo y esclavo. Partiendo de matices estéticos múltiples -tanto propios del fetichismo como de la alta costura-, los proyectos adoptan una apariencia muy cuidada, casi conservadora, con la finalidad de reducir amablemente al espectador a un rol subyugado. Asistir a un performance se convierte en privilegio, y compartir el glamour que deriva de alguna de las piezas arrastra al asistente hacia un poder fáctico dentro o en los perímetros externos de la obra. Cabe insistir en que no hay amo sin esclavo, ni esclavo sin amo. Aplíquese entonces esa bipolaridad al espectador y a la obra. Y si algo tiene de divertimento mi trabajo es porque continúa existiendo el placer y la frustración del «acto masturbatorio». Aunque de mi obra aflore apatía, desgarro, perversión, obediencia, tedio, miedo, sumisión, inconformismo o decepción, eslabones de un posicionamiento ideológico, es muy placentero saber que tus pajas mentales son estimulantes para algunos pocos.
Enviado el 31 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
