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Septiembre 23, 2006

¿ Cuál es mi cámara ? - Jorge Lozano

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Al hacer referencia al fin de la intimidad, esa zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, que así lo define el Diccionario de la Lengua Española, se podría hacer mención, otra vez, cómo no, a Anthony Giddens (La Transformación de la Intimidad) para quien «la posibilidad de la intimidad implica una promesa de democracia», al siempre citable Habermas y su esfera pública, o a las difusas fronteras entre lo público y lo privado (por ejemplo, Non sense of place, de J. Meirowitz, aún inédito en español). O evocar con nostalgia el clásico right to privacy; o entroncarla con la Sociedad de la Información que para acercarse al tema que nos ocupa adopta otros epítetos acaso más pertinentes. Por ejemplo, Sociedad del Control, para hacer resaltar, es un caso, cómo sobre todo después del 11-S, cualquier información, cualquier dato privado, o íntimo, puede ser usado por los poderes públicos.

Desaparición de los cuerpos.

También cabe hablar de Sociedad de la Vigilancia, que por señalar una sola característica, tal como sugiere David Lyon en Surveillance Society (2001), supone la desaparición de los cuerpos (sic). En una Sociedad de la Vigilancia, el cuerpo se convierte en password; o en prótesis de control y de información. Incluso dentro de esta sociedad asistimos a la proliferación de cuerpos a los que se les implanta un chip para poder localizarlos en detrimento, parece obvio, de privacidad e intimidad.

Podemos referirinos asimismo a una Sociedad de la Clasificación en la que se nos provisiona de datos constantemente, enviamos otros y somos víctimas del spamming, que nos procura ingentes datos que no queremos. Una sociedad en la que podemos afirmar que nosotros somos nuestros datos hasta tal punto que habría que invocar, como ha propuesto -brillantemente como siempre- Stefano Rodatá, el Habeas data, indispensable consecuencia de aquel Habeas corpus del que históricamente se ha desarrollado la libertad personal.

El gran hermano.

Todo ello ha permitido desde hace tiempo utilizar la metáfora benthamiana (y foucaultiana) del panopticon (otros más modernos, con o sin prefijo post, prefieren denominarlo synopticon), que trasladada al campo de los medios de comunicación ha consentido sustituir aquella visión decimonónica, stendhaliana, de ventana sobre el mundo, con la que confortablemente se describía la televisión. Como ejemplos de esa metáfora podemos recordar el Show de Truman o, incluso, el tan cacareado Gran Hermano, del que hay que insistir que, si en los orígenes del Big Brother (y del panóptico) se trataba de un dispositivo que permitía a algunos pocos ver a todos (los presos), ahora, se ha invertido y pervertido, para que todos (gran audiencia) vean a unos pocos. En esas jaulas electrónicas, la pérdida de intimidad, de privacidad, da paso a un cierto juego (fácil) etimológico de lo obsceno; ob-scena: lo que está fuera de la escena, como lo sucio -según Lord Chesterfield- es lo que está fuera de lugar.

Habrá quien diga que asistimos a nuevos regímenes de visibilidad, donde todo debe ser visto, todo debe ser conocido, que se entonen loas a la transparencia y que se acabe con aquella «gran conquista de la humanidad» (Simmel), que es el secreto. Y de paso, establecer nuevas pasiones colectivas, como por ejemplo el contagio de lágrimas, la inducción a la delación, el regodeo en lo abyecto, el placer por la doméstica venganza. También habría que considerar lo que Daniel Dayan ha denominado felizmente la «dictadura del testigo», que cualquier teleespectador puede reconocer fácilmente. Y, en fin, esa extraordinaria performance donde casi, milagrosamente, deviene pública la experiencia de un individuo singular.

Aplausos en directo.

Frente a viejas concepciones en la comunicación que atendían etnográficamente al público de la televisión, esta neotelevisión, en directo, inmediática, ha introducido en el propio programa al público. Hasta el punto, que son los aplausos del público en directo, los que marcan el ritmo y la secuencia del propio programa. Y son signo de confianza (Fabbri) que permite, además, no atender a ciertos valores de lo que se aplaude (por ejemplo, se aplaude a quien va a entrar en el set antes de que se pronuncie el apellido, da igual si bajo el diktat del regidor), puesto que se aplaude, lo plausible.

Fin de la intimidad sí, pero también fin de la Sociedad del Espectáculo. Para que haya espectáculo tiene que haber, fuera de él, a distancia, público. Pero, sin incurrir en consideraciones patafísicas, podemos sostener que fuera del espectáculo no hay nadie o, si se prefiere, todos formamos parte, al menos virtualmente, del espectáculo.

Ejemplo empírico: En alguno de esos programas clónicos donde no se respeta el siempre aconsejable turn taking, pletórico de decibelios y cacofonías, seudofiscales de la moralidad justamente íntima, con tintes de barracón de feria, en un admirable ejecicio de ironía (objetiva) de masas, convierten en atendible y relevante a un impresentable virtual personaje del todo irrelevante. Y en un momento dado, este fugaz personaje, en alta definición, profiere el siguiente enunciado: «¿Cuál es mi cámara?». Este sorprendente ejercicio indicial, lejos de ser un acto de vulgar narcisismo, este enunciado performativo aunque interrogativo, provoca, sin embargo, un gran efecto de «ilusión», cumpliendo los más escondidos anhelos de Vertov, el cine-ojo, mirando a su cámara. Y consigue irrumpir amenazante y entrometerse en nuestra más modesta y cotidiana intimidad.

Acta de defunción.

En ese preciso momento se puede levantar el acta de defunción de la intimidad. Pero también se puede levantar el acta de defunción de la Sociedad del Espectáculo, que acaso pudiera ser sustituida, si quisieramos darle la razón a R. Debray, por la Sociedad del Contacto. (Un autoservicio sin ceremonia). Una sociedad virtual que pareciera que más que confirmar el tan repetido ad nauseam «dictum» de Warhol sobre los 15 minutos de gloria quisiera tararear aquel lamentable «we are the world». Así las cosas, no debería extrañar a nadie que más que de relaciones intersubjetivas con su mayor o menor grado de intimidad, se comience a hablar de relaciones interobjetivas. En ese caso, ¿se podrá hablar, más que de sujetos, de objetos íntimos?

Enviado el 23 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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