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Enero 28, 2006

Retrato del artista como feriante - Fernando Castro Flórez

Originalmente en abc.es

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En el texto De la esencia de la risa y en general de lo cómico en las artes plásticas, Baudelaire sostiene que el católico, al reír, tiembla porque sabe que su convulsión es un gesto de rebeldía contra la divinidad. Los que se dedican a hacer reír a los demás suelen ser descreídos de melodrama, malditos, condenados, fatalmente marcados por un rictus que les llega hasta las orejas: el desclasado, al reírse, marca su desdén. En una justa observación subraya el autor de Las flores del mal que no hay nada de regocijante en el espectáculo de un hombre que cae en el hielo o en el pavimento, «que tropieza al borde de una acera, para que la cara de su hermano en Jesucristo se contraiga en forma desordenada; para que los músculos de su rostro se pongan súbitamente en movimiento como un reloj al mediodía o un juguete de cuerda». Eso es precisamente lo que hacen los payasos: imitar esos accidentes cotidianos, convertir en patética la risa explosiva y cruel de la calle.

No cabe duda de que Enrique Marty tiene una imaginación perversa que le lleva no tanto al mundo de los payasos cuanto hasta el de los freaks que ha ido presentando de manera fragmentaria hasta que ha tenido la ocasión de construir una descomunal feria en el MUSAC. Desde el principio, este artista ha girado obsesivamente en torno a la noción de lo siniestro, de lo inhóspito que Freud caracterizara como lo extraño manifiesto en el seno de lo familiar. Las duplicidades, el retorno anómalo a la infancia, las maquinaciones, la morbosidad con lo cadavérico e, incluso, la apertura de lo repugnante emergen en un universo de una singular densidad, caracterizado por el horror vacui.

Reírse para dentro. Marty, impávido, se ríe para adentro, convierte su mirada vampírica (esa compulsión de pintar como si hiciera polaroids) en un desmadre inquietante. Cuando la madre se ha adiestrado en raros ejercicios de tiros y el padre ruge como una fiera en el cuarto de baño, puede llegarse casi de forma silogística a un hijo que fabrica simulacros de vísceras y personajes horrendos.

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La feria destartalada que ha montado Marty es un desgarrón de la memoria, un intento por materializar la ansiedad por entrar en una caseta en la que se anunciaba lo mágico. Atrás quedan el tiempo de la fascinación en la feria y en el circo, los carromatos, los cacharros. Las casetas están a punto de desaparecer en un mundo que tiene ?en directo y sin pausa? a los gladiadores del sinsentido y la náusea de la banalidad en el imperialismo del reality show.

Tampoco podemos añorar desde la impostura nostálgica aquellas polvaredas y esas frituras infectas. Recordamos que al sobrepasar el intimidatorio umbral de la caseta que anunciaba cualquier «prodigio», lo que aparecía era la cutrez monumental. Se producía literalmente una derrisión; nada era lo que se esperaba: el forzudo era patético; el hombre más alto era un pobre enfermo; el rictus del presentador era tremendo. Contemplando a los animales del circo en sus roñosas jaulas rebozados en su mierda, con una mirada en la que se mezclaba el abandono y la locura, el niño se adentraba en un terreno pantanoso, buscando no tanto lo mágico cuanto la parte de atrás del decorado, la escombrera de los sueños. Marty es ?valga una vez más la analogía baudeleriana? el pintor de la vida moderna de esos arrabales de la memoria.

Enrique Marty es uno de los grandes artistas de lo sublimemente trágico mezclado con una comicidad grotesca. El nacimiento del concepto de lo cómico está asociado a la catarsis y, en buena medida, es el sentimiento de lo ridículo purificado, situado en sus justos límites y llevado a la inteligibilidad. Si ha llegado a presentar a Nietzsche en pijama, sifilítico y desquiciado, es porque para él lo dionisiaco no es la carnavalización gozosa, sino una asunción del fracaso, un impulso a jugar con los restos.

Un escenario sin actores.
Las casetas entreabiertas están llenas de ropas sucias, de cajas de cartón, de muñecotes; por una ratonera entran y salen excitados a más no poder los chiquillos que unas maestras no pueden de ningún modo domar; el escenario de una sala con cuatro sillas destartaladas no será ocupado por nadie; un poco más allá están las repugnantes dentaduras postizas. El centro de ese mundo alterado es un carrusel de caballitos en el que nadie puede montarse, iluminando precariamente unos inmensos cuadros-cartelones. Allí vemos y leemos de todo: «La mujer más pequeña del mundo», «Gemelos monstruosos», «The Airiost Man», «El hombre que lo ha trascendido todo»...

A veces el circo carece de cualquier forma de esplendor, es sólo un barracón, sórdido y deteriorado. En las últimas páginas de su ditirámbico libro sobre el circo, Ramón Gómez de la Serna dirige la mirada al purgatorio de los payasos que viven en las últimas barracas. En la entrada de esos lugares, formados con retazos de telas o tablas putrefactas, suele haber cuadros en los que aparece el fuego: «Esos cuadros son también cuadros de muerte, pues están pintados con un color de muerte y todos los rostros tienen la especial amarillez de la muerte. Un Museo menos vano que todos los Museos debería contener esos cuadros para darles la perennidad que merecen».

Atrapa e inquieta.
Esos cuadros los ha pintado magistralmente Enrique Marty como parte crucial de este vertiginoso ferial que nos atrapa e inquieta. En uno de los Poemas en prosa de Baudelaire, El viejo saltimbanqui, la fiesta y el circo se adueñan de un pueblo; la música lo invade todo; los payasos listos y tontos, «convulsionados los rasgos de sus rostros curtidos, resecos por el viento, la lluvia y el sol», los forzudos realizando sus proezas, las bailarinas exhibiendo sobre todo su belleza. Al final de ese mundo de luz, polvareda, gritos y alegría, cuando se dejan atrás las últimas y semi-vacías barracas, el poeta encuentra a «un pobre hombre saltimbanqui, encorvado, caduco, decrépito, una ruina de hombre, adosado a uno de los postes de la cabaña». Entre la mujer serpiente y ese raro hombre que «ha trascendido todo» (cuando parece preparado para presentar el próximo festival de la OTI), Marty ha diseminado sus ensoñaciones obsesivas, transformado en el feriante de la caseta más sórdida, custodiando los detritus de la magia, esculpiendo el freakismo, acotando un territorio siniestro. El último y sombrío feriante es este artista prodigioso que hipnotiza con algo raro, remoto y familiar. Además, con sorna, se atreve a escribir: «No trick» (sin truco).

Enviado el 28 de Enero. << Volver a la página principal <<

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