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Enero 28, 2006

La jerga de la crítica - Miguel Cerceda

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Ahora que Rosa Montero ha acusado a toda la crítica de arte en general de «parloteo incomprensible, jerga rimbombante y jerigonza por el estilo» (El País, 17/01/2006), a propósito de un comunicado no demasiado afortunado del Consejo de Críticos de Artes Visuales, parece que los críticos, y en particular los que nos ocupamos de arte contemporáneo, deberíamos como réplica hacer simplemente un esfuerzo de estilo, para que nuestro lenguaje se volviese más asequible al público en general y menos críptico. Pienso en estas cosas cuando me enfrento a la tarea de poner por escrito lo que he sentido y percibido al contemplar la doble exposición del escultor Fernando Sinaga en el Domus Artium de Salamanca y en la galería Adora Calvo de la misma ciudad.

Sinaga es un artista que presenta objetos de madera, de yeso o de metal, además de vídeos y fotografías, sobre el suelo y sobre las paredes de las salas. De estos objetos, algunos son bonitos y agradables a la vista (barras cilíndricas alargadas, compuestas de dos materiales diferentes; pequeños cubos de madera); otros presentan una apariencia extraña y un poco desagradable (planchas metálicas corroídas por ácidos); otros, finalmente, son directamente crípticos y enigmáticos (vídeos del artista tomándose lentamente un café ante una máquina tragaperras iluminada).

Ante este tipo de cosas, el crítico tiene la opción de hacerse el tonto y decir simplemente «¡Señor, Señor!, ¡qué cosas más raras!», o tiene también la ocasión de hacer un esfuerzo de interpretación, intentando acercarse al enigmático sentido de la obra. Si las obras de Sinaga fuesen meramente agradables, solamente diríamos «¡qué bonitas!», y, así, en el simple placer, nos sentiríamos redimidos de la necesidad del juicio.

Una pregunta continua.
Pero, como precisamente tienen esa apariencia extraña e inquietante, nos siguen interrogando incluso mucho después de que haya cesado la contemplación directa de las mismas. El crítico tan sólo se pregunta en voz alta «¿qué me llama?». Lo enigmático y lo críptico no es su discurso, sino la propia obra que le interroga. El esfuerzo del crítico es, entonces, como el de los sacerdotes del templo de Apolo en Delfos, el de interpretar el oráculo, a veces ininteligible, proferido por la pitonisa.

Adorno decía que las obras de arte son como enigmas que quieren ser descifrados. A diferencia de las meras charadas o de los jeroglíficos de los pasatiempos, los enigmas que las obras de arte nos plantean tienen ?como los oráculos antiguos? algo de sagrado. Dicen algo acerca de nuestro destino. Ello no se debe a una mistificación de la obra o a una exaltación cuasi-religiosa de la misma, sino al propio carácter del arte, que nos muestra que la libertad (el ideal de la plena realización humana) es posible. Por eso también parece como si nos hablasen desde otro mundo.

Hay artistas que, como Fernando Sinaga, sin querer renunciar al contenido simbólico de la obra de arte, subrayan su doble carácter hermético y hermenéutico. A pesar de que la raíz de ambas palabras es la misma (el dios griego Hermes), su sentido es un poco contradictorio. Mientras que lo hermético designa lo ininteligible e indescifrable, lo hermenéutico sugiere lo contrario. Sinaga, consciente de que las obras de arte son enigmas, ha trabajado sobre los dos significados de esta palabra, jugando con la tradición hermética (incluso con la alquímica) y la hermenéutica en sus obras. Como escultor, trabaja con gran honestidad sobre la tradición de la escultura y el arte en general entendido como un modo de conocimiento.

Voluntariamente explota el carácter oscurantista y simbólico de su trabajo. Sobre él mismo se han escrito ya un buen número de ensayos y de estudios no menos complejos. Presenta ahora, en Salamanca, una retrospectiva de sus últimos quince años, acompañada de un libro con entrevistas y reflexiones del artista sobre su obra. Me parece una exposición fundamental no sólo para la escultura contemporánea, sino también para la consideración del sentido del arte en general.

Labor de traducción.
El trabajo del crítico consiste en el esfuerzo de pensar mediante conceptos, aquello que la obra sugiere. La tarea no es fácil, pues se basa en traducir a conceptos, algo que deliberadamente no se deja subsumir bajo el concepto. Uno podría limitarse a decir «esto me gusta, esto, no». Pero lo que a cada uno le guste, a nadie le importa ni le interesa. Lo que interesa es la justificación de dicho gusto: el modo en que el crítico muestra la pertinencia, la relevancia o la importancia de una obra. Podré decir también «este artista es bueno», o, incluso, «muy bueno» y «su exposición maravillosa», pero este juicio de valor tampoco vale de nada si no está justificado. De aquí tal vez la jerigonza, la jerga y el parloteo.

Enviado el 28 de Enero. << Volver a la página principal <<

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