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Noviembre 19, 2005

La experiencia como bienal - JOANA HURTADO MATHEU

Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

No es el mismo el tiempo vivido que el que marca el reloj. La experiencia del tiempo es siempre relativa y aun así buscamos su representación objetiva, para medirlo, llenarlo, convertirlo en productivo, lejos del tiempo muerto o perdido. Pero a veces el cronómetro se para o va hacia atrás aunque la vida continúe.

Echar un vistazo al retrovisor sin bajarse del coche, sin dejar de ir hacia delante es lo que plantea la octava edición de la Bienal de arte contemporáneo de Lyon. Lejos de las retrospectivas a las que nos han acostumbrado los museosbaúl, lejos también del virus bienal que todo lo renueva, ésta es una muestra difícil de etiquetar. Bienal, sí, pero no a la manera de las monumentales exposiciones internacionales, amantes del zapping de lo más raro, joven y desconocido del panorama global. Comisariada este año por los directores del Palais de Tokyo de París, Nicolas Bourriaud y Jérôme Sans, se presenta con el título Expérience de la durée. Vistos los tiempos amnésicos que corren, acelerados hacia un futuro desprovisto de cualquier meta esperanzadora, Bourriaud y Sans han echado mano del pasado para analizar el presente y quizá sólo así abrir una puerta al futuro. Herederos de las teorías del pliegue y el rizoma de Deleuze y Guattari, el tiempo deja de progresar como deja de ser irreversible. Las viejas raíces vuelven a ser de actualidad: todo es contemporáneo.

Así es como esta Bienal de Lyon revisita aquellos maravillosos años de 1965-1975, cuando dudas y reivindicaciones creaban movimientos (feminismo, hippismo, underground), pero sin nostalgia, sin jerarquías. Un diálogo transgeneracional que permite aunar artistas de Fluxus, del arte conceptual o del Pop Art y otros que han permanecido al margen de la historia oficial del arte (Robert Malaval, Robert Crumb), junto a la más tierna hornada, ya que dos terceras partes de las obras han sido creadas para la ocasión. El tiempo tiene lugar en un espacio y en Lyon se reparte entre la Sucrière, un antiguo almacén de azúcar donde se concentra el mayor número de piezas; el Musée d´Art Contemporain, que sólo presenta a siete artistas, los -supuestos- pesos pesados de la bienal; el Institut d´Art Contemporain de Villeurbanne, un tibio espacio intermedio; el centro de arte Le Rectangle, enteramente ocupado por Wim Delvoye; y, finalmente, Le Fort Saint-Jean, una fortaleza del siglo XVI concebido como un archivo de la contra-cultura con las colecciones gráficas y fílmicas de Alain Weill y Jean-Marc Chapoulie.

La conciencia del tiempo va implícita a la idea de experiencia, y ésta involucra tanto a la producción como a la recepción. El acto de creación puede ser el instante fotográfico, magníficamente representado por Douglas Huebler, que saca a relucir esa fracción de segundo en que un paseante mira a cámara, o el trabajo de diez años de Delvoye para su On the origin of species, que recopila las etiquetas de La vaca que ríe y analiza su evolución, cada vez más humanizada, más falsa. Pero lo que dura la obra no siempre es cosa del artista. Kader Attia, por ejemplo, crea un patio de niños devorados por palomas, un nido de vida y destrucción que con el tiempo cambiará.

Aunque es el espectador quien tiene la última palabra, encargado de observar y participar físicamente para que la obra se realice. Y cada obra requiere su tiempo, de la pintura al cine, pasando por infinitud de instalaciones a cual más chocante: Ann-Veronica Janssens nos pierde en una niebla espesa; James Turrell nos propone un recorrido en la oscuridad más absoluta para terminar sentados en un balcón sin vistas; Martin Creed, más jovial, nos hace luchar por un espacio propio en una habitación llena de globos. Solos ante el peligro, la pérdida de todo referente ralentiza nuestros gestos exigiendo más concentración: aunque angustiosa, la ceguera nos activa. Pero la ausencia de dirección no forzosamente desorienta. Para Tom Marioni, el tiempo se mide en la barra de un bar, por el número de birras bebidas en buena compañía; para Jonas Mekas, es lo que queda de 24 horas en familia.

Las doce pantallas de Mekas dialogan con las siete del vídeo de Melik Ohanian, quizá la obra más impresionante de la muestra. Siete miradas que deambulan durante los siete minutos anteriores a un accidente en medio de la nada, cuando coinciden desde diferentes puntos de vista. El final de los grandes relatos ha dado paso a la pluralidad de escenarios: hay tantas lecturas como proyecciones. De ahí la importancia que se le da a los ambientes sonoros y luminosos de Terry Riley, Brian Eno o La Monte Young. Mientras, las seis horas del Sleep de Warhol se exhiben sin asientos. De la experiencia de la idea a la idea de la experiencia.

El arte entendido como evento y no como objeto plantea numerosas preguntas sobre el lugar que ocupa. Porque apreciar el tiempo también significa experimentar con él. Para cuestionar nuestra manera de ordenar la realidad: las fronteras (Pascale-Marthine Tayou), la fe (Valérie Mréjen), el otro (Santiago Sierra). O, simplemente, para parodiar las órdenes del mundo: Agnès Thurnauer feminiza los grandes nombres del arte, Sophie Calle se pone en manos de una pitonisa, y Erwin Wurm dirige al espectador para crear sus one-minute sculptures y demostrar como Adorno was wrong with his ideas about art.

Menos nombres y más obras, menos artistas y más ideas. Valorar la experiencia por encima del habitual consumo del arte ha llevado a los comisarios a exponer sólo sesenta artistas y obras que no suelen quedar bien en las postales. El resultado quizá se acerque más al sampling musical o a un parque infantil -no temático, porque no hay un tema sino problemáticas, interpretaciones-, que a una bienal en el sentido estricto del término. Pero ya hemos dicho que de estricto el tiempo y la experiencia tienen poco.

Puede que el reloj del mundo se avance o se retrase, escribe Yoko Ono en uno de los muros, pero si nadie se da cuenta, todo continuará como antes.

Enviado el 19 de Noviembre. << Volver a la página principal <<

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