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Noviembre 27, 2005
Entra por los ojos (Joana Vasconcelos) - Javier Montes
Originalmente en abc.es
Estaban «los de la tele» el jueves pasado en Elba Benítez, filmando. Claro: Joana Vasconcelos es una escultora brillante que crea obras con muchísimo gancho visual, perfectas para el último minuto del telediario. Por eso roban la función allá donde se exponen. En la Bienal de Venecia de este año, por ejemplo, La novia ?una inmensa lámpara hecha con tampones sin usar? se llevó todas las fotos y se acompañó del indispensable atrezzo de algún que otro ministro berlusconiano enfadado. Y su Burka fue la estrella de la inauguración del MUSAC de León; su director contaba a la Prensa que la mismísima princesa Letizia reconoció la pieza y se interesó por ella.
Vasconcelos trabaja con materiales que todo el mundo entiende y usa a diario: aspirinas, desatascadores, tapetes de ganchillo. Cosas muy vistas, sí, pero no como ella las presenta. Los tampones secretos cuelgan del techo; los valium forman una cama; las aspirinas, un sofá. Destilan, de pronto, un significado nuevo y alumbran objetos contundentes. La artista estudió diseño y joyería ?dos disciplinas que entran por los ojos? y se dice interesada por la «estética del supermercado»: las estrategias de inducción al consumo que lo apuestan todo al primer vistazo. Sabe que el espectador está sometido a una sobrecarga de estímulos, que anda cada vez más escaso de atención y concentración. Y lanza sus obras al corazón de la batalla por conseguir un poco de ellas. Por eso la tele la quiere tanto: es un buen antídoto contra el zapping.
«Y un juicio». ¿La estética del supermercado lleva implícita su propia ética? No para Vasconcelos. Sus obras ?las más logradas, al menos? no son una enésima y chata celebración pop, otro chicle visual de usar y tirar. «Un sistema equilibrado y un juicio»: precisamente así define ella una obra lograda. No es una frase tonta, desde luego, y avisa de la forma en que entiende el trabajo de un artista plástico. Cree en su oficio lo bastante como para no buscarse una jerga intelectual de coartada, y no exige que adivinemos los libros estupendos que tiene en su mesilla de noche; pero sí es verdad que después de agarrar nuestra atención, hace algo más con ella: invita al juicio, y es fácil reconocer la potencia simbólica y reflexiva de su trabajo.
A veces, se desequilibran. Sus «sistemas equilibrados», claro, se desequilibran a veces. En su primera exposición en España (en 2001, también en Elba Benítez) se vio una variante anterior de La novia. Pero la lámpara estaba hecha de pendientes de pasta como los que llevan las folclóricas: las connotaciones eran muy distintas, desde luego; y la obra, aunque interesante, no lograba el gran golpe de efecto de la segunda versión. Quizá tampoco lo hagan las que presenta ahora. Reaparece el tapete de croché de colorines que tanto ha usado: al principio servía de comentario irónico y lleno de ternura mal disimulada sobre Portugal, muy en la vena del humor con que nuestros vecinos ?desde Eça de Queiroz por lo menos? han sabido verse a sí mismos; en Opio (2003) recubría un campo de fútbol, y su mordacidad se volvía universal. Ahora envuelve un urinario, en una cita duchampiana algo cansina que extraña en una artista tan poco pedante; y una jauría de perros de porcelana ultra-kitsch: una especie de chiste privado que no acaba de resultar gracioso.
Las esclavitudes de la moda. En otra sala, el ganchillo recubre un maniquí femenino con su perrito atado a una correa. Detrás, una foto de un hombre desnudo también completamente recubierto de bordado negro, con un inconfundible aire sado-maso. La obra se llama Top Model: ya se imaginan que las esclavitudes de la moda son su tema subterráneo. La verdad es que en trabajos anteriores ?más flemáticos, más distantes? Vasconcelos puso el listón más alto. Ahora decepciona un poco la obviedad de todo esto, aunque el cámara de Telemadrid, que debía tener ya sus tablas, parecía seguro de que a los televidentes les interesaría sobre todo esta obra: lo malo de jugar mucho con el fuego mediático es que todo lo deja oliendo a chamusquina.
Su olfato finísimo a la hora de elegir el material y explotar sus connotaciones reaparece, al final, en Esposas. Un grupo escultórico burlonamente monumental de maniquíes desnudos y ceñidos por esposas de plástico. Hemos visto últimamente mucho en televisión ?de Ceuta a Irak? esas tiritas irrompibles de usar y tirar, atrozmente prácticas, sustitutas de aquellas aparatosas argollas metálicas que ya sólo se encuentran en telefilmes policiacos y sex-shops. No es una alusión enormemente original, se puede decir. Cierto, y también los materiales están ?por desgracia? muy vistos. Pero viene a cuento una frase inteligente de Joao Pinharanda: «Joana Vasconcelos rechaza dos veces la originalidad. Y una doble negación, es, como se sabe, una afirmación». Sólo que otras veces ha sabido negar y afirmar con más eficacia.
Enviado el 27 de Noviembre. << Volver a la página principal <<
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