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Noviembre 05, 2005

A la mesa con Andres Serrano - J.Montes

Originalmente en abc.es

serrano.jpg«No conozco al señor Andrés Serrano, y espero no encontrármelo nunca. Porque no es un artista, es un gilipollas». En 1989, el senador republicano Jesse Helms, con santa ira milimetrada, regaló así varios millones en publicidad al fotógrafo Andrés Serrano. Y todavía hoy es imposible hablar de él sin acordarse de su Piss Christ, aquel crucifijo sumergido en orina que fue el casus belli de una tremebunda batalla cultural sobre la conveniencia de recortar aún más las ya exiguas subvenciones concedidas en Estados Unidos al desarrollo de las artes. Y se armó el cristo: críticos de la talla de Lucy Lippard asumieron su defensa con textos como su famoso artículo en Art in America; otros senadores conservadores ?como recién salidos de El padrino? se sumaron a la carrera para probar a sus votantes la fuerza de sus convicciones, y el republicano Alphonse D?Amato rompió en el Congreso una foto de la obra en cuestión diciendo que era «basura». El calado o la coherencia de la trayectoria de Serrano ?que los tenía? pasaron, claro, a un segundo plano. Todo el mundo tuvo que tomar postura a favor o en contra de la obra, porque en realidad se discutía acerca de la sociedad ideal que tiene en mente cada uno ?como pasa al fin y al cabo con todas las batallas culturales, desde el estreno de Hernani a la primera proyección de Un perro andaluz.

Al final, las subvenciones se recortaron; el Piss Christ se convirtió en un icono; el propio Serrano adquirió un aura mítica y su obra alcanzó precios astronómicos; los congresistas se aseguraron su voto cautivo; los medios sacaron su tajada; y, pelillos a la mar, en 2001 nuestro artista exponía en la catedral deSan Juan el Divino, en Nueva York.

Con fama de progre.
Es cierto que es un templo con fama de progre que ya antes se arriesgó al colgar en sus naves Christa, la pieza de Edwina Sandys que representaba a Jesús en forma de mujer. Pero en cualquier caso, aquello supuso la señal de que la figura y la obra de Serrano, con el paso del tiempo, habían perdido filo y capacidad de herir la sensibilidad de la Norteamérica más conservadora, siempre alerta y ansiosa de mostrarse magullada (lo que no significó, desde luego, es que esa Norteamérica haya ampliado sus miras: la vieja bronca volvió a armarse en 1999 cuando el alcalde Giuliani quiso retirar la Última Cena de Renée Cox del Museo de Brooklyn. Y se repetirá en el futuro: a mucha gente, de uno y otro lado, le interesa mantener viva esa llama).

Sin firmar manifiestos.
En cualquier caso, la tregua en torno a su figura y su entrada en el mainstream cultural facilita las cosas a quien quiera acercarse a mirar tranquilamente sus fotos sin tener la sensación de estar firmando un manifiesto. Puede hacerse ahora en Juana de Aizpuru, donde están algunos de los cibachromes que componen su serie América. Se expuso por primera vez en 2003, en Nueva York, en la poderosa Paula Cooper Gallery, y ha sido publicada por Taschen en un lujoso libro: lo de la aceptación se decía por algo.

Retratos de personajes característicos ?la dominatrix, el obispo, el boy scout, la miss infantil, la actriz porno? y de celebridades glamurosas ?Arthur Miller, el rapero Snoop Dogg, la actriz de culto indie Chloé Sevigny? componen la serie completa. La idea es ofrecer el retrato colectivo de un país donde caben todos, «aunque no todos se sentarían juntos en la misma mesa», según Serrano. El plan no es deslumbrantemente original. Estas «celebraciones de la diversidad» nos recuerdan a Avedon, a Annie Leibovitz, a Diane Arbus y a muchísimos otros herederos del abrumador archivo humano y social construido por August Sander.

Después del 11-s.
Fotos intensas, casi triunfales, a veces realmente hermosas, a veces divertidas; muchas coquetean con una transgresión chic que a estas alturas a todos resultará simpática. Y acaban armando la imagen de una América post 11-S fortalecida por su multiculturalidad: se olfatea el aroma del optimismo reconfortante y un tanto trivial de las campañas de Benetton y de aquella Family of Man de Steichen. Ojalá fuera verdad todo esto, piensa uno. Y tal vez lo sea: la América de Serrano no tiene por qué ser menos real que la de cualquier otro. En cualquier caso, parece que a estas alturas todo el mundo se sienta muy a gusto a su mesa.

Enviado el 05 de Noviembre. << Volver a la página principal <<

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